Leer el cuento Primer amor de Emilia Pardo Bazán, publicado en 1883 fue para mí una experiencia reveladora. No por su dramatismo, ni por su romanticismo, sino por su humor. Un adolescente se enamora perdidamente de un retrato que roba a una tía. Suspira, idealiza, sufre, fantasea. Vive su “gran pasión” hasta que descubre que esa mujer perfecta es, en realidad, su propia tía cuando era joven. Y entonces su mundo se derrumba. La escena es casi cómica. Y lo es a propósito.
En aquella época, a las mujeres se les negaba el acceso pleno a la educación, a los espacios intelectuales y al debate público y a pesar de ello Emilia fue una figura excepcional. Nacida en 1851, fue novelista, ensayista, crítica literaria, conferencista y una de las primeras defensoras públicas de los derechos educativos y culturales de las mujeres en España.
Luchó por el acceso femenino a la universidad, denunció la desigualdad intelectual impuesta por el sistema y defendió la autonomía de las mujeres en un contexto profundamente patriarcal. Intentó ingresar en la Real Academia Española y fue rechazada exclusivamente por ser mujer. Aun así, nunca dejó de escribir, de polemizar y de ocupar espacios.

Fue, sin exagerar, una feminista temprana en los tiempos en que todavía no existían palabras para nombrar el feminismo. Y, sin embargo, lejos de escribir desde la solemnidad o el sermón, muchas veces eligió el humor como forma de intervención política.
Hay que tomar en cuenta que en el siglo XIX, una mujer que criticaba abiertamente el orden social era rápidamente etiquetada como exagerada, conflictiva o impropia (bueno, hoy aun es así en muchos lugares, pero antes peor). Emilia lo sabía. Por eso, en lugar de enfrentarse siempre de forma frontal, decidió infiltrar sus ideas en relatos aparentemente ligeros. Primer amor es un ejemplo magistral de esa estrategia.
El protagonista no se enamora de una mujer real. Se enamora de una imagen. De un rostro congelado en la juventud. De una figura muda, perfecta, sin historia ni voluntad. Más que amar a una persona, ama una fantasía construida desde su deseo. Emilia nos muestra así, sin discursos teóricos, cómo el amor masculino suele construirse desde la proyección y no desde el encuentro. La mujer existe solo como objeto de contemplación. No habla. No decide. No actúa. Solo es mirada.
Cuando el joven descubre que la mujer idealizada es su tía ya mayor, la ilusión se rompe y el amor desaparece, porque lo que amaba no era a ella, sino a la imagen que había fabricado en su mente. Descubre, dolorosamente, que las mujeres envejecen, cambian, tienen pasado, tienen complejidad. No son eternamente jóvenes ni decorativas. Ese es el verdadero golpe del cuento.
Lo extraordinario es que todo esto lo escriba una mujer en 1883 cuando la literatura estaba dominada enteramente por hombres. Emilia se atreve a entrar en la mente masculina no para glorificarla, sino para desnudarla, mostrando cómo se forma el deseo, cómo idealiza, cómo cosifica y cómo decepciona. Y lo hace con ironía. Su humor no es superficial. Es inteligencia política.
Reírse del protagonista no es trivial. Es una forma de invertir el poder simbólico. En la literatura de su tiempo, lo ridículo solía ser femenino: la mujer sentimental, exagerada, frágil. Aquí ocurre lo contrario. El personaje ingenuo, melodramático e infantil es el varón. Emilia Pardo Bazán le da la vuelta al espejo denunciando, sin decirlo explícitamente, cómo la cultura convierte a las mujeres en objetos de contemplación.
Además, el humor fue para ella una forma de protección. Le permitió decir verdades incómodas sin ser silenciada del todo. Le permitió criticar sin quedar encerrada en el estereotipo de la mujer “amargada” o “conflictiva”. Fue una estrategia de supervivencia en un espacio hostil.
Más de un siglo después, el cuento sigue siendo inquietantemente actual. Cambiemos algunos elementos: retrato por redes sociales, foto robada por perfil idealizado, fantasía por proyección emocional. Seguimos enamorándonos de imágenes. Seguimos confundiendo deseo con realidad. Seguimos premiando la juventud femenina y despreciando la experiencia. Seguimos ignorando a la mujer real.
Emilia lo vio antes en su Primer amor como prueba de que, incluso en 1883, una mujer podía reírse del patriarcado… y dejarlo en evidencia.
