Este artículo se centra en analizar si efectivamente la belleza es poder, sus consecuencias e impacto en la salud de las niñas y mujeres, porque la belleza se encuentra estrechamente vinculada con la salud física y mental. Quiero reflexionar esta vez sobre el proceso de socialización por el que pasamos las mujeres, que se inicia desde el vientre materno hasta la muerte, recordando las presiones sociales y familiares que se viven para cumplir los estándares de belleza hegemónica.
Lo cierto es que la premisa «la belleza es poder» ha circulado en nuestra cultura como una verdad absoluta, una creencia que se encuentra naturalizada e internalizada en las personas, llegando a pensar que la estética se ha presentado como una divisa intercambiable por estatus, fama, atención, recursos y servicios. Un ejemplo son los padres o madres que les pagan a sus hijas adolescentes cirugías estéticas para el aumento de sus mamas sin valorar ni comprender lo que está detrás, ni considerar las consecuencias, siendo presas fáciles para la violencia estética.
Desde una perspectiva feminista crítica, esta afirmación es una trampa dialéctica que merece ser desmenuzada, permitiendo incentivar la reflexión sobre ¿Es el poder estético una verdadera forma de agencia?, o ¿Es una concesión temporal dentro de un sistema patriarcal?, así como hasta qué punto contribuye a la cosificación de los cuerpos de las niñas y mujeres.
En este sentido, la socióloga Catherine Hakim, popularizó el término «capital erótico», sugiriendo que las mujeres deberían utilizar su atractivo físico, como una herramienta estratégica en el mercado laboral y social (Hakim, 2012). Aunque esta visión parece pragmática, ignora que este «poder» es intrínsecamente frágil y caduco y se encuentra estrechamente vinculado con la edad, la belleza y la juventud, que es lo que se valora patriarcalmente.
A diferencia del conocimiento o la experiencia, la belleza hegemónica tiene una fecha de expiración impuesta por la edad. Como señala Naomi Wolf, el mito de la belleza no se trata de la apariencia de las mujeres, sino de la obediencia institucionalizada, entendiendo que «la economía de la belleza se basa en la escasez y en la creación de una jerarquía que mantiene a las mujeres compitiendo entre sí, en lugar de desafiar las estructuras de poder» (Wolf, 1991/2021).
El poder que emana de ser «bella» o lo que socioculturalmente se considera como bella, no es un poder autónomo; es un poder que depende de la validación externa, de otras personas, es decir, el poder estético comprende la capacidad de ser elegida, mirada o deseada como un objeto.
Cuando aceptamos que nuestra influencia reside en nuestra apariencia, nos sometemos a lo que Sandra Bartky (1990) describe como la vigilancia del panóptico, las mujeres internalizamos la mirada evaluadora y nos convertimos en nuestras propias carceleras, monitoreando cada caloría que comemos, arruga o imperfección, llegando a desvalorizar nuestros propios cuerpos por la presión social.
Pero ¿qué se considera belleza? Los estándares de belleza actuales, están profundamente arraigados en el racismo, el capacitismo y la gordofobia. Tradicionalmente se considera como bella, otorgando el «poder», a aquellas que se acercan a la norma blanca, delgada y cisgénero.
Como bien afirma la filósofa Susan Bordo (2003), el cuerpo femenino es un medio de control social donde se inscriben las normas de la feminidad dócil, obediente; por lo tanto, el «privilegio de la belleza» no es un triunfo feminista, sino una herramienta de exclusión que castiga a quienes no pueden o no desean encajar en el molde impuesto socialmente.
Si bien es innegable que existe una «prima por belleza» en nuestras interacciones sociales, llamarlo «poder» es una exageración peligrosa. En el mejor de los casos, es una estrategia de supervivencia en un mundo que aún se resiste a valorar a las mujeres por su integridad intelectual, creatividad, personalidad y que les limita el acceso a las esferas de decisión política y económica. La estética aparece como un «atajo» hacia la relevancia, siendo un mecanismo de control social, que tiene consecuencias devastadoras para la autonomía y la salud de las mujeres.
Al reflexionar sobre las consecuencias de esta creencia, se pueden destacar las siguientes:
- La fragilidad de la autonomía: comprende la sustitución de la agencia real por la agencia delegada, es el llamado poder prestado, cuando una mujer obtiene beneficios a través de su apariencia, su «poder» no reside en ella, sino en la mirada de quien la observa y la valida. Según Wolf (2021), el mito de la belleza funciona como un modulador de control político; a medida que las mujeres logran avances en sus derechos, las exigencias estéticas se vuelven más rígidas para neutralizar ese progreso. El «poder estético» es una moneda que se devalúa con el tiempo, dejando a la mujer en una situación de vulnerabilidad extrema ante el envejecimiento, por ello, les cuesta decir su edad, o en los cumpleaños dicen que se quedan en 25 o 30 años.
- La auto-objetivación / cosificación de sus cuerpos: es entender el cuerpo como un activo de capital, el denominado capital erótico, las mujeres comienzan a verse a sí mismas como objetos para ser contemplados, mercantilizados. Fredrickson y Roberts (1997) explican que esta vigilancia constante sobre el propio cuerpo genera una ansiedad crónica y una disminución de la capacidad para estados de flujo (concentración profunda), porque si el «poder» depende de cómo nos vemos, la energía mental se desvía de la creación intelectual o el liderazgo, hacia el mantenimiento del atractivo físico, creando una brecha de productividad y bienestar emocional e integral.
- La exclusión interseccional y la violencia estética: al creer que la belleza es poder, se acepta que quienes no cumplen con los cánones hegemónicos carecen de él, afectando desproporcionadamente a las mujeres racializadas, con discapacidad, de edades avanzadas, o que no se “ajustan a los canones de belleza”. La violencia estética es una forma de violencia basada en género, que comprende la opresión de los cuerpos de las personas, afectando principalmente a las niñas, adolescentes y mujeres, para cumplir con cánones de belleza inalcanzables, promoviendo y controlando los cuerpos, a los fines de lograr alcanzar el estereotipo de belleza impuesto socialmente.
- La mercantilización de la salud: bajo la creencia de que la belleza es poder, “que para ser bella se deben ver estrellas”, se llega a considerar una inversión necesaria para el éxito, normalizando las intervenciones físicas riesgosas, las cirugías estéticas sin el control sanitario del Estado. Los trastornos de la conducta alimentaria dejan de verse como problemas de salud pública y se encubren de «autocuidado» o «empoderamiento«. Bordo (2003) advierte que la cultura de la dieta y la modificación corporal son formas de disciplinar el cuerpo femenino, manteniéndolo en un estado de insatisfacción perpetua, que alimenta a la industria global de la belleza, manteniendo toda la maquinaria que opera en la producción de productos de belleza.
Es necesario redefinir lo que se entiende por belleza, que no sirva como un mecanismo de control de las mujeres, una prisión que limita su libertad al pretender medir el valor de una mujer por su proximidad a un ideal estético inalcanzable, y aunque lo logre alcanzar, el poder será efímero, siempre condicional y revocable. Lo cierto es que la verdadera emancipación no consiste en tener el «poder» de ser mirada, sino en el derecho a ser valorada, escuchada y respetada como persona, sin que la apariencia sea el peaje obligatorio para acceder al mundo.
Finalmente, es importante comprender, que el empoderamiento, la verdadera emancipación de las mujeres, no viene por la perfección corporal, como estrategia para navegar mejor el patriarcado, sino de desmantelar la idea de que nuestro valor, nuestro poder, comienza y termina en nuestra imagen.

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Referencias bibliográficas:
Bartky, S. L. (1990). Femininity and Domination: Studies in the Phenomenology of Oppression. Routledge.
Bordo, S. (2003). Unbearable Weight: Feminism, Western Culture, and the Body (10th anniversary ed.). University of California Press.
Fredrickson, B. L., y Roberts, T. A. (1997). Objectification Theory: Toward Understanding Women’s Lived Experiences and Mental Health Risks. Psychology of Women Quarterly, 21(2), 173–206. https://doi.org/10.1111/j.1471-6402.1997.tb00108.x
Hakim, C. (2012). Capital erótico: El poder de fascinar así en los negocios como en el amor. Debate.
Wolf, N. (2021). El mito de la belleza (Original publicado en 1991). Editorial Contraluz.