Por tu abuela María Alejandra Mancebo.
Querida Isabella,
Mientras escribo esto, pienso en tus manos pequeñas. Pienso en la línea de la vida en tu palma, un camino que apenas comienza a dibujarse, virgen de cicatrices y lleno de promesas. Te miro y veo algo más que una niña; veo el futuro respirando. Pero también veo el pasado. Veo en tus ojos el eco de mi madre, de tu madre, y de todas las mujeres que vinieron antes que nosotras, las que tuvieron que caminar en silencio para que tú pudieras, algún día, correr a gritos.
Te escribo esto no como una lista de reglas, porque de reglas ya el mundo intentará llenarte hasta asfixiarte. Te escribo esto como un acto de amor agitador. Te escribo desde mi feminismo, que no es otra cosa que la convicción radical de que tú, Isabella, eres dueña absoluta de tu destino.
Al crecer, escucharás muchas voces. Voces que te dirán cómo sentarte, cómo hablar, cuánto comer, a quién amar y hasta dónde soñar. Esta carta es mi intento de darte un escudo y una brújula para cuando ese ruido se vuelva ensordecedor.
Sobre tu cuerpo: Tu primer territorio. La primera lección, mi niña, es sobre la casa en la que habitarás toda tu vida: tu cuerpo. El mundo allá afuera intentará convencerte de que tu cuerpo es un ornamento. Te dirán que tu valor reside en cuánto agradas a la vista ajena, en qué tan delgada es tu cintura o qué tan suave es tu piel. Como feminista y como tu abuela, quiero romper esa maldición ahora mismo. Tu cuerpo no es un objeto de consumo público. Tu cuerpo es un instrumento para tu propia vida.
No estás aquí para decorar el mundo de nadie. Tus piernas son para llevarte a lugares donde nadie ha ido antes, no solo para verse bien en una falda. Tus brazos son para construir, para abrazar y para defenderte, no solo para ser delicados. Tu vientre, tus caderas, tu cabello; todo te pertenece.
Habrá días en los que te mires al espejo y no te gustes. El patriarcado gana dinero haciéndonos odiar nuestro reflejo. Cuando eso pase, quiero que recuerdes que la belleza es un concepto que cambia cada década, pero tu fuerza es constante. No pidas disculpas por ocupar espacio. No te hagas pequeña para caber en la ropa, ni en la silla, ni en la vida de nadie. Come con gusto, corre hasta despeinarte, y nunca, jamás, sientas que le debes una sonrisa a un extraño. Tu cuerpo es tu soberanía.
Sobre tu voz y el silencio Vengo de una generación a la que se le enseñó que «calladita te ves más bonita». A nosotras nos entrenaron para la complacencia, para suavizar los bordes, para no incomodar. Isabella, quiero que seas incómoda. Si algo te duele, grita. Si algo es injusto, señala. Si tienes una idea, exponla. Tu voz es la herramienta que tienes, y por eso intentarán silenciarla. Te dirán que eres «mandona» cuando lideres, te dirán que eres «histérica» cuando defiendas tus derechos, y te dirán que eres «difícil» cuando no cedas. Cuando te llamen «difícil», sonríe. Significa que no eres fácil de manipular.
No temas al debate. No temas ser la mujer que levanta la mano en una sala llena de hombres. Y sobre todo, no temas decir «No». El «No» es una oración completa. No requiere justificación, ni excusas, ni suavizantes. Tienes derecho a cambiar de opinión, tienes derecho a establecer límites y tienes derecho a que tu palabra sea ley en lo que respecta a tu vida. Y nunca olvides que abra momentos en los que te temblará la voz. A mí me sigue temblando. Pero habla de todos modos. Tu verdad es necesaria.
Sobre el amor y la libertad Ah, el amor. Las películas de princesas con las que crecerás te venderán una mentira peligrosa: la idea de que estás incompleta hasta que alguien más te encuentre. Te venderán la idea del rescate. Quiero que sepas esto: Tú ya vienes completa de fábrica, Isabella. Eres una naranja entera, no una media naranja esperando a otra mitad. El amor, el verdadero amor es un encuentro entre dos libertades, no entre dos necesidades. No busques a alguien que te «cuide» como si fueras una niña eterna; busca a alguien que te respete como una igual. Busca un compañero, no un salvador. Y si decides amar, que sea siempre desde tu propia elección y plenitud.
Y ten cuidado con la trampa de los «cuidados». A las mujeres se nos ha asignado históricamente el rol de cuidadoras universales: cuidar a los hijos, a los maridos, a los padres, a la sociedad, olvidándonos de nosotras mismas. El amor no es mártir. No tienes que sacrificar tus sueños para alimentar los de otro. El amor que te exige que te hagas pequeña para que el otro se sienta grande, no es amor, es dominación.
Sobre la sororidad: Tus aliadas. El sistema intentará ponerte en contra de otras mujeres. Te enseñarán a competir: por la atención, por el puesto de trabajo, por ser la más guapa. Te dirán que «el peor enemigo de una mujer es otra mujer». Esa es la mentira más grande de la historias , amigas , , tus hermanas, tus compañeras, son tu mayor fortaleza. La sororidad no es solo una palabra bonita; es una estrategia de supervivencia. Busca a otras mujeres. Apóyalas. Cuando una mujer sube, todas subimos. No veas a otra chica brillante como una amenaza a tu brillo; el cielo es enorme y hay espacio para todas las estrellas.
Rodéate de mujeres que hablen de ideas, no solo de personas. Mujeres que lean, que viajen, que luchen. Ellas serán tu red de seguridad cuando el mundo se ponga difícil. Cultiva tus amistades con el mismo esmero con el que cultivarías un jardín, porque al final del día, ese tejido de afectos femeninos será lo que te sostenga.
Sobre el éxito y el fracaso. Isabella, vivimos en un mundo que ahora te dice que «puedes serlo todo». Y aunque es un avance, también es una trampa. Ahora se espera que seas la madre perfecta, la profesional exitosa, la amante ideal y la activista incansable, todo al mismo tiempo y sin que se te corra el maquillaje.
Mi visión para ti incluye el derecho a la imperfección. Tienes derecho a no ser extraordinaria. Tienes derecho a ser una mujer común, que descansa, que a veces no sabe qué hacer, que comete errores. No tienes que romper el techo de cristal tú sola todos los días. A veces, el acto más revolucionario que puedes hacer es dormir ocho horas y tratarte con dulzura.
No dejes que te definan por tu productividad. Tu valor no está en tu currículum, ni en tus notas, ni en tu salario. Eres valiosa simplemente porque existes. Si quieres ser astrofísica, sé la mejor. Si quieres ser artista, pinta el mundo. Pero si quieres una vida sencilla, tranquila y pequeña, eso también es un triunfo feminista, porque lo elegiste tú.
Una promesa final:
El camino no será fácil, mi amor. El mundo ha cambiado mucho desde que yo tenía tu edad, pero aún hay muros que derribar. Habrá días en los que sentirás la rabia de siglos ardiendo en tu pecho ante una injusticia. Úsala. La rabia es combustible si sabes canalizarla. No tienes que cargar con todo el peso del feminismo sobre tus hombros. No tienes que ser la «feminista perfecta» que se ha leído toda la teoría y nunca se equivoca. Yo misma, tu abuela, sigo deconstruyéndome cada día, descubriendo prejuicios que no sabía que tenía. Sé paciente contigo misma.
Isabella, mi deseo para ti es simple y gigantesco: Libertad. Que seas libre del miedo. Que seas libre de la culpa. Que seas libre de las expectativas ajenas. Y cuando dudes, cuando sientas que la oscuridad es mucha, recuerda que vienes de una línea de mujeres que sobrevivieron tormentas para que tú pudieras ser el faro. Estoy detrás de ti, siempre.
Vuela alto, mi niña. El cielo es tuyo, y las alas te las hemos estado tejiendo entre todas nosotras. Con amor infinito y rebelde.
Tu abuela Lala
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Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones. Miembro de COMPLIANCE WOMAN ITERNACIONAL. Vicepresidenta del Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ. Consultora y Voz Visionaria. https://consultorias.visionarias.business/project/maria-alejandra-mancebo. Diplomada en Implementación de Sistemas Integrado de Gestión y auditoría Interna
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-0208-0134
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