El reciente informe del Women Economic Forum (WEF), Global Gender Gap Report 2025, arrojó que aunque la brecha de género global se ha reducido al 68,8 % de cierre —lo que implica que queda aún un 31,2 % por cerrar— se estima que, al ritmo actual, la paridad plena tardará más de 134 años en alcanzarse.
Esta conclusión paradójica debería sacudir a las organizaciones y empresas que creen estar “avanzando” simplemente por aparecer en rankings o adoptar una política de diversidad superficial. Porque la realidad es que la igualdad sigue siendo una estrategia pendiente.
El informe analiza 148 economías a través de cuatro dimensiones: Participación Económica y Oportunidad, Logro Educativo, Salud y Supervivencia y Empoderamiento Político. En Educación y Salud la brecha está casi cerrada: más del 90 % en muchos casos, pero en Participación Económica y Oportunidad el cierre apenas llega al entorno del 60 %. Y la parte más crítica: en Empoderamiento Político, la brecha es enorme (cierre estimado 22-23 %).
Según este reporte los países y empresas que integran la igualdad en su modelo de desarrollo muestran economías más resilientes y sostenibles. Pero la desigualdad no solo persiste, sino que se reproduce bajo formas menos visibles y para las empresas que siguen abogando por la equidad como valor agregado, esto no es un dato menor. Si la educación y salud están ya bastante avanzadas, ¿por qué la economía y la política se resisten tanto? Ese es el verdadero frente.
Tres críticas estratégicas desde la mirada corporativa
Primeramente, muchas corporaciones comunican que siguen llevando adelante programas de diversidad e inclusión, usan métricas de plantilla y quizá se suman a rankings. Pero el informe del WEF demuestra que cantidad no siempre equivale a calidad de los cambios. Por ejemplo, tener más mujeres en niveles intermedios no garantiza que puedan ascender, que sean remuneradas equitativamente o que participen en decisiones clave.
Contar con mujeres en directorios es insuficiente si no cambian los criterios y mecanismos de poder, promoción y valoración. Por tanto: la igualdad no es sólo “poner mujeres al frente”, sino alterar la forma en que se ejerce el poder y se reconfiguran las estructuras.
En segundo lugar, uno de los hallazgos menos intuitivos del informe es que, aunque los países de mayores ingresos registran mejores puntajes (por ejemplo, el colectivo de economías de alto ingreso tiene un promedio 74,3 % de brecha cerrada), esa ventaja no se traduce necesariamente en una evolución más rápida. El informe alerta que el ritmo medio global apenas avanza 0,25 puntos porcentuales por año desde 2006.
Por último, aunque se han logrado avances en educación y salud, la brecha en la participación económica y política sugiere otros factores tale como sesgos estructurales, estereotipos de género, redes de poder excluyentes, carga de trabajo no remunerada, responsabilidades de cuidados, etc.
El Global Gender Gap Report es una herramienta valiosa, pero también limitada. Mide brechas cuantitativas —educación, participación, representación—, pero no siempre captura las dimensiones culturales y simbólicas de la desigualdad. No mide, por ejemplo, la violencia política, el acoso en el trabajo, la cultura del silenciamiento o la precarización emocional del liderazgo femenino.
Tampoco mide cómo los avances digitales están reproduciendo sesgos algorítmicos, ni cómo el trabajo remoto ha reconfigurado las cargas domésticas. En ese sentido, el informe puede servir como espejo global, pero requiere una mirada más crítica para convertirse en una brújula transformadora.
Para una empresa, esto implica que las métricas tradicionales (por ejemplo % mujeres contratadas) deben complementarse con análisis más finos: ¿Quiénes son las mujeres que acceden? ¿Cuál es su salario respecto de los hombres? ¿Cuál es su tasa de rotación? ¿Qué porcentaje llega a cargos con capacidad real de decisión?
¿Y en América Latina? Un doble reto
La región latinoamericana tiene una ventaja relativa en algunos indicadores de salud o educación, pero se enfrenta a un reto agudo en la participación económica y en altos cargos ejecutivos. El informe señala que el espacio ejecutivo sigue siendo dominado por hombres y las estructuras de poder siguen reproduciendo desigualdades.
Para empresas con presencia en América Latina, esto significa que deben mirar más allá de la plantilla local y plantear modelos de liderazgo inclusivo que trasciendan el “nivel visible” y redefinan la cadena de valor, la remuneración, los criterios de evaluación y la cultura organizacional. No basta con ser empresa global o tener políticas de RSE atractivas. Debe existir una estrategia diferenciada, que reconozca que ni la educación completa la brecha, ni el desarrollo económico per se la cierra.
¿Por dónde iniciar un giro estratégico real?
Las empresas deben usar indicadores que vayan más allá de “cuántas mujeres hay”. Necesitan analizar brechas reales de talento, ascenso, remuneración, permanencia. Deben revisar los procesos invisibles del poder: Quién convoca, quién decide, qué redes informales existen, qué cargas de trabajo no remunerada limitan la disponibilidad de liderazgo femenino.
Además, deben reconocer que la igualdad es un factor de resiliencia y competitividad. Como sugiere el informe del WEF, cerrar la brecha es una condición de sostenibilidad futura. Las organizaciones que lo comprendan lo verán como un factor estratégico, no solo filantrópico.
Igualmente sería útil fomentar alianzas y aprendizaje regional. En América Latina, compartir buenas prácticas entre empresas, sectores y países puede acelerar la curva de cambio que, de otro modo, será demasiado lenta.
Este Reporte debería ser una alarma para que las organizaciones —empresas, gobiernos, entidades sociales— reformulen su visión de la igualdad: de valor ético a valor estratégico.
Para las empresas lideradas o dirigidas por mujeres, el reto no es solo “romper el techo”, sino transformar el edificio entero, los criterios, las redes, las reglas del juego. Porque la igualdad que importa es la que permite que las mujeres no sólo estén, sino que decidan, remen e impulsen. Y eso, en un mundo en cambio acelerado, es una ventaja que no puede esperar.