Cuando Joanna Russ publicó Cómo acabar con la escritura de las mujeres en 1983, logró describir de manera lúcida y sarcástica los mecanismos mediante los cuales la cultura patriarcal margina, ignora y descarta el trabajo creativo de las mujeres. Ella eligió el formato de “guía irónica” no como un recurso superficial para revelar lo omnipresente y sutil que resulta ese silenciamiento.
Russ identifica once estrategias que funcionan como formas recurrentes de supresión simbólica y material de las escritoras, que funcionan de manera acumulativa y muchas veces invisible:
1) se les niega el acceso a la educación, al tiempo y a los recursos materiales para escribir;
2) se cuestiona o borra su autoría (atribuyendo sus obras a hombres o a “ayudas externas”);
3) se las desacredita como excepciones aisladas (“no cuenta, es la única”);
4) se trivializa su obra, reduciéndola a algo menor, doméstico o emocional; 5) se la clasifica como no universal, sino “literatura femenina”;
6) se la juzga con dobles estándares más exigentes que a los hombres;
7) se invalida su experiencia como fuente legítima de conocimiento;
8) se descontextualiza o interpreta su obra desde marcos que la distorsionan; 9) se las invisibiliza en el canon, en programas académicos y en la crítica;
10) se les exige genialidad constante para ser reconocidas;
y 11) finalmente, se internaliza el silenciamiento, cuando las propias mujeres dudan, se autocensuran o abandonan la escritura.
Russ muestra que estas tácticas no son errores aislados, sino un sistema cultural diseñado para que las mujeres escriban menos, publiquen menos y sean recordadas menos.
Lo que hace poderosa a esta obra es cómo recoge ejemplos concretos. Nombres como Virginia Woolf, las hermanas Brontë, Sylvia Plath, Anaïs Nin, Ursula K. Le Guin o Mary Shelley son invocados para mostrar un patrón persistente de invisibilización histórica.
Russ nos obliga a ver que, detrás de cada canon literario que parece “natural”, hay decisiones culturales concretas que favorecen experiencias y estilos narrativos marcados por una tradición masculina. La superficialidad de afirmaciones como “ella solo escribió un libro” o “su obra no cuenta porque no habla de lo universal” deja de ser una excusa inocua y se revela como un acto de violencia simbólica reproducido por instituciones literarias, escuelas y crítica dominantes.
El tono del libro, irónico, punzante, hace más visible lo absurdo de ciertas objeciones que las propias mujeres han interiorizado. El humor de Russ es estratégico porque nos engancha para que miremos de frente la ironía de un sistema que presume de objetividad mientras delimita arbitrariamente qué voces son “literatura” y cuáles no.
Cómo acabar con la escritura de las mujeres es inventario de injusticias culturales, pero sobre todo, es una invitación radical a reconocer los mecanismos que han invisibilizado a miles de mujeres escritoras a lo largo de la historia y a cuestionar los cimientos de lo que aceptamos como “canon”. Es un texto que educa, perturba y, sobre todo, fuerza a repensar nuestra relación con la palabra como acto político.
A todas las mujeres que escriben —o desean escribir— quiero decirles que su voz importa. Que nadie les haga creer que solo algunas experiencias son “universales”, ni que su forma de narrar es menos legítima porque no está inscrita en una tradición masculina.
Escribir es una forma de existir en el mundo.
Escribir es reclamar espacio.
El silencio que el patriarcado quiere imponernos no es natural: es construido. Y, como todo constructo, puede deshacerse con valentía, palabra por palabra.

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Foto: https://www.newyorker.com/books/under-review/joanna-russ-the-science-fiction-writer-who-said-no