¿Cuántas veces hemos escuchado hablar de las mujeres del proceso? Aquellas que abnegadamente, pasan los tiempos más difíciles, se sacrifican por su pareja, familia, dejando atrás su propio ser, pero cuando llegan los “buenos tiempos”, son traicionadas, siendo reemplazadas, por otras mujeres, porque han sido instrumentalizadas, durante el tiempo que se les necesitaba, fueron utilizadas, ya después son descartadas.
En este sentido, es conveniente recordar el libro La mujer rota (La femme rompue, 2003) de Simone de Beauvoir, en el que se desnuda la crisis de identidad de las mujeres, agrupándose en tres relatos, la edad de la discreción, el monólogo interior de Monique, y la mujer rota, cuya crisis existencial se detona, al descubrir la infidelidad de su esposo, al estar su existencia definida enteramente por su rol como esposa y madre, la figura que podríamos denominar como la «mujer del proceso«, la que se centra en el cuidado de otros u otras, descuidándose a sí misma.
En la mujer rota, la vida de la mujer se reduce y se centra en otras personas, exhibiendo la aterradora fragilidad de una vida construida sobre la negación de sí misma, y la devoción al marido, hijos e hijas, a la familia, al descubrir la infidelidad de su esposo, su mundo se desintegra. Explorando en el libro la crisis de identidad, la dependencia emocional y la desesperación que experimenta Monique, al ver cómo su matrimonio y la estructura de su vida, se derrumban por la traición, mostrando un dolor tan intenso que llega a describir su pasado como colapsado, y su presente, vacío, es lo que Betty Friedan en The Feminine Mystique (1962) llamó el problema sin nombre, la falta de identidad.
Precisamente Monique, al enfrentarse al vacío, describe su colapso existencial tras la infidelidad, con las siguientes palabras «Me parece no tener nada que hacer. Siempre tenía algo que hacer. Ahora, tejer, cocinar, escuchar un disco, todo me parece vano. El amor de Maurice daba importancia a cada momento de mi vida. Es hueca. Todo es hueco: los objetos, los instantes, yo» (De Beauvoir, 2003). En las líneas citadas, se resume la tesis feminista existencialista, de Simone de Beauvoir, cuando la mujer renuncia a su proyecto de vida, a su propia libertad, para dedicarse por completo al «Otro/a«, a su familia, a su matrimonio / pareja, hijos e hijas, se convierte en un espejo del deseo y la necesidad de su esposo e hijas, siendo un ser, dependiente emocionalmente, despersonalizada (De Beauvoir, 2003). Su valía, se mide por la necesidad, que las demás personas, tienen de ella, una trampa que ella misma reconoce “sé muy bien que las palabras dar y recibir son intercambiables y cuánta necesidad tenía yo, y cuánta necesidad tenía yo de la necesidad que mis hijas tuvieran de mí» (Beauvoir, 2003).
La «mujer del proceso» en La mujer rota es la víctima de un sistema social que históricamente ha encauzado la vida femenina hacia el ámbito doméstico, prometiendo la felicidad a cambio de la servidumbre infinita (Campo, s.f.), lo que algunas autoras han señalado como la domesticación de las mujeres. Monique es el resultado de la educación, que inculcó el rol de esposa como el único medio de realización de la mujer, su tragedia no es solo la infidelidad de Maurice, sino la revelación de que ha despilfarrado su libertad y potencial, dejándola incapaz de existir por sí misma. Esa dependencia conyugal, que la despoja de su ser mismo, cuando el amor le es rehusado por la traición (Gualeguaychú, n.d.). Su desesperación no es solo por la pérdida de un hombre, sino por la aniquilación de la única identidad que se permitió construir, mostrando la profunda soledad e incomprensión que resultan de una vida volcada por completo al cuidado de otra persona, cayendo en el olvido de sí (TEPJF, 2022).
El colapso de Monique al descubrir la traición, simboliza la «muerte» de la persona, su cosificación, cuando toda la identidad se ha proyectado en la relación conyugal. La mujer que ha sido educada para «callar y ser paciente» ante el sufrimiento (Beauvoir, 2003, p. 17), siendo despojada de las herramientas para reconvertirse y vivir para sí misma. Simone de Beauvoir, a través de este personaje, critica cómo la sociedad y la propia mujer, al aceptar esta dependencia, anulan su libertad y su capacidad de ser, un ser auténtico y autónomo, como bien resume la filosofía existencialista al señalar que «no se nace mujer, se llega a serlo» (Beauvoir, 1949/1984).
La obra, por tanto, interpela a la mujer para que cuestione su entorno, asumiendo la responsabilidad de su propia vida, buscando sus propias representaciones y su libertad, en lugar, de vivir supeditada a lo que esperan que sea (Aguilar, s.f.). Llegando a la auto-recriminación y el sentimiento de culpa «Si Maurice es un canalla, he desperdiciado mi vida amándolo. Pero a lo mejor tenía razones para no soportarme más. Entonces debo pensarme odiosa, despreciable, sin siquiera saber por qué» (Beauvoir, 2003, p. 153).
Es así, que la «mujer del proceso» se alinea con la mujer que se somete a un constante auto-juicio y que ve su vida como un «proceso de degradación» (De Beauvoir, 1976), una pendiente que conduce a la vejez y a la inutilidad social, una vez que el «sacrificio» no es valorado. Simone de Beauvoir critica cómo la educación y la sociedad, inculcan el rol de esposa y madre, como medios exclusivos de realización, de lo que significa ser mujer, silenciando el ser político, profesional e intelectual de la mujer (Orué, 2017).

Simone de Beauvoir nos advierte que esta mujer, al no asumir un rol individual, dependiendo de lo que esperan de ella, se «complace en su papel de Otro” (Campo, n.d.), haciendo un llamado a la autenticidad, a la necesidad de construir una identidad libre de ataduras sentimentales, prejuicios y convenciones sociales, comprendiendo que debe vivir por ella y para ella, una vez que se destruya la «infinita servidumbre de la mujer» (Campo, n.d.).
La «mujer rota» o la «mujer del proceso» es una condición de alienación existencial, que afecta a mujeres en todas las esferas, donde el patriarcado utiliza el amor y la dedicación como herramientas para silenciar el ser para sí femenino, domesticarla, por ello, como bien lo indica Simone De Beauvoir, es por la libertad de la mujer para elegir su trascendencia, su autonomía e independencia, sin que ello implique la aniquilación de su ser por el «Otro».
Es importante que las mujeres se reconozcan como personas, que no nacen predestinadas a ser esposas o madres, comprendiendo, que se hace a través de sus decisiones y proyectos de vida, estableciendo sus metas, asumiendo la responsabilidad por el propio destino, en lugar, de culpar a las circunstancias o a las demás personas (De Beauvoir, 2003).
El desarrollo de un proyecto de vida, enfocando la energía hacia metas que tienen valor por sí mismas, independientemente de una pareja, familia, permitiendo crecer profesionalmente e intelectualmente, construyendo su identidad en el hacer, la autovaloración, desaprendiendo las creencias que el sacrificio es la clave para la felicidad y el reconocimiento.
También es fundamental valorar nuestro tiempo, sin permitir que la gestión de la vida de la pareja, hijos e hijas, consuma sistemáticamente el tiempo y la energía destinados a las metas propuestas, dedicando tiempo al crecimiento personal. Entendiendo los riesgos de idealizar el amor romántico y la dependencia emocional, comprendiendo que, para amar a otras personas, se debe iniciar por el amor propio.
Reconocer de forma clara y asertiva el valor de su trabajo, exigiendo co autoría, crédito explícito y remuneración equitativa, cuestionando los patrones culturales en los que se glorifica el sacrificio femenino, se presenta a las “mujeres como realizadas” cuando “tienen un hombre”, hijos e hijas, o que han renunciado a todo por el amor.
Finalmente, desde los feminismos se prioriza el «yo» como el centro innegociable de la vida, garantizando que el amor y las relaciones son complementos de la identidad de las mujeres, reconociendo la importancia del proyecto de vida, participando en redes de apoyo entre mujeres, incentivando la sororidad, al conocer las experiencias, compartir recursos y ofrecer modelos alternativos de vida no centrados en los hombres, hijos e hijas.
Referencias bibliográficas
Aguilar, A. R. (s.f.). La mujer rota construir representaciones propias: una dificultad mayor. Repositorio Académico Institucional.
Campo, Y. (s.f.). De tres mujeres, ninguna mujer, en La mujer rota de Simone de Beauvoir. Letralia, 213.
De Beauvoir, Simone (1984). El segundo sexo (J. García Puente, trad.). Ediciones Cátedra. (Obra original publicada en 1949).
De Beauvoir, Simone (2003). La mujer rota. Ediciones B.
Orué, R. (2017, 24 de enero). La mujer rota- Simone de Beauvoir. Crítica literaria y otros escritos. https://roxanaorue.com/2017/01/24/critica-literaria-la-mujer-rota/
TEPJF. (2022, 10 de noviembre). Círculo de Lectura: La Mujer Rota, Simone de Beauvoir – 10/11/22 [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=9_V1hLGpARQ