Por Vanessa Marcano Boos
La idea de los poderes del Estado tiene su origen en la Ilustración del siglo XVIII, cuando Montesquieu formuló la separación entre poder legislativo, ejecutivo y judicial[1]. Más tarde, durante los siglos XIX y XX, la prensa fue reconocida como el “cuarto poder” por su influencia sobre la opinión pública.
Vivimos tiempos marcados por algoritmos, bailes de TikTok, radicalización de posturas, poca tolerancia al disenso y gran empoderamiento personal para emitir juicios públicos, y justamente por todo ello resulta necesario reflexionar sobre lo que podríamos llamar el quinto poder como expresiones de la cultura.
El concepto “cultura” parece algo que existe, etéreo, usado y reusado. Pero ¿qué es realmente la cultura y por qué la llamo el quinto poder? La cultura es, de acuerdo con la UNESCO en su Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural (2001), “…el conjunto de rasgos distintivos, espirituales, materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social. Abarca, además de las artes y las letras, modos de vida, derechos fundamentales, sistemas de valores, tradiciones y creencias.”[2]
Hace poco escuchaba a Miguel Llorente en una exposición diciendo: “el machismo no es conducta, es cultura”[3]. Así de poderosa es la cultura y sus derivados, con una capacidad infinita de transmitir y perpetuar creencias y comportamientos.
Me luce que se hace urgente reenfocarnos en el poder de la cultura y de sus productos derivados. Parece algo que está ahí, convivimos con ella, pero no nos detenemos a pensar cómo funciona y cómo atraviesa la vida de las personas casi sin esfuerzo, sobre todo cuando priva la inmediatez, desesperanza, posverdad, exhibicionismo y sexualización, entre otros. Toma diferentes formas, se va moldeando desde las tecnologías emergentes y genera tendencias que, a través de cantos, bailes, moda o reels fáciles de digerir, captan la atención de masas a lo largo del globo.
Uno de los ejemplos que Llorente menciona es cómo el machismo se ha usado en las últimas elecciones de Estados Unidos como expresión de acción y popularidad en la política. Nos dice: “la idea es usar la cultura y sus diversas expresiones para volver a una situación anterior o transformar una actual y que sea aceptada”. Menciona la ley del aborto abolida, justificándola por sus líderes como una vuelta al orden original (seguramente con un trasfondo de recorte económico, pero transmitida como regreso a lo tradicional). Y cómo todo en torno a esa decisión se vuelve natural o normalizado a través de mensajes que los propios políticos apoyan y difunden como necesarios.
El uso de palabras, conceptualizaciones o frases tipo slogans queda a la orden del día, normalizando ciertas tendencias que apoyan agendas particulares y políticas y terminan transformando creencias en torno a lo que se creía incorrecto o inaceptable.
Por ejemplo, el fenómeno de las trad wifes, un movimiento sociocultural contemporáneo —muy visible en TikTok, Instagram y YouTube— que romantiza y promueve la figura de la traditional wife (mujer tradicional): dedicada al hogar, obediente al esposo, centrada en la maternidad exclusiva y en la división sexual del trabajo basada en roles tradicionales de género.
“Con la aparición de los partidos de extrema derecha, los temas culturales e identitarios alcanzan mucha visibilidad. Estos nuevos partidos han visto una oportunidad de crecer defendiendo una vuelta a los valores tradicionales frente al crecimiento de los valores libertarios y la autoafirmación del movimiento feminista”[4]. Así lo explica Sonia Herrera, profesora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).
¿Estaría el movimiento de trad wifes vinculado a las bajas tasas de natalidad experimentadas en las últimas décadas? ¿Era necesario difundir este mensaje de vuelta al orden tradicional para recuperar “naturalmente” esas tasas, sin mucha inversión? ¿A quién le convienen estos mensajes?
Volviendo a Miguel Llorente, vale la pena rescatar su análisis acerca de cómo Trump ha utilizado expresiones machistas y misóginas en participaciones públicas, haciendo que esta actitud tome visos de normalidad o incluso se interprete como la forma correcta y popularizada de liderar. Estos mensajes son captados por medios masivos de comunicación y redes sociales que se hacen eco de comportamientos que, a base de repeticiones e interpretaciones, alcanzan masas de personas que los reciben sin filtros.
En conclusión, nada es casual. Hay que indagar en el origen, las rutas y los motivos que hay detrás de dichos mensajes, que se incorporan fácilmente a la cultura contemporánea en nuevos formatos de consumo inmediato facilitados por las redes sociales. Preguntémonos por qué se difunden estas aseveraciones desde puestos de poder y qué intentan permear en nuestra sociedad.
¿Estamos realmente conscientes del poder que ejerce la cultura sobre nuestra vida pública y privada?
La noción de poderes más allá de los tres clásicos —e incluso del llamado cuarto poder ejercido por los medios de comunicación— se ha ido ampliando en las últimas décadas para describir nuevas fuerzas que moldean la vida social.
El quinto poder se ha asociado, según distintas corrientes, a las redes sociales y la ciudadanía digital; a la cultura y sus productos[5] —como en la perspectiva que aquí desarrollo—; o incluso a las grandes plataformas tecnológicas y ciertos movimientos sociales. Cabría agregar allí la big data, los algoritmos y las corporaciones tecnológicas que administran la infraestructura digital global. No deben quedar por fuera el cine y la industria del entretenimiento, entendidos como constructores de imaginarios globales con enorme capacidad de influencia simbólica.
La cultura atraviesa todos los poderes, pero cada uno ha tenido diferentes formas y contextos para desarrollarse y apoyar mensajes que buscan fortalecer hegemonías y estructuras destinadas a sostener las desigualdades.
Antonio Gramsci hablaba de la “hegemonía cultural”[6], la idea de que las clases dominantes no solo mantienen su poder por coerción, sino por la producción de una cultura dominante que se normaliza como “sentido común”, natural y legítimo.
Por otro lado, Pierre Bourdieu desarrolló una sociología de la cultura basada en la noción de “poder simbólico”: una forma de dominación que no recurre directamente a la violencia, sino a la imposición de significados, normas, gustos y jerarquías culturales que se interiorizan socialmente[7]. Su obra ayuda a entender cómo determinadas prácticas culturales —moda, educación, lenguaje, consumo simbólico— reproducen desigualdades estructurales y cómo los dominados pueden “colaborar” sin conciencia en su propia subordinación simbólica.
Esto ilumina bien cómo la cultura puede perpetuar normas de género, roles y estereotipos.
[1] https://www.ieb.es/las-grandes-lecciones-de-montesquieu-el-padre-de-la-division-de-poderes/?utm_source=chatgpt.com
[2] https://www.unesco.org/es/legal-affairs/unesco-universal-declaration-cultural-diversity?utm_source=chatgpt.com
[3] https://www.youtube.com/watch?v=2l3rDEZFIzc
[4] https://www.uoc.edu/es/news/2024/fenomeno-tradwives-entre-cocina-redes-sociales-politica-conservadora?utm_source=chatgpt.com
[5] https://forbes.com.mx/las-redes-sociales-el-quinto-poder/?utm_source=chatgpt.com
[6] https://www.ebsco.com/research-starters/political-science/cultural-hegemony?utm_source=chatgpt.com
[7] https://catedracoi2.wordpress.com/wp-content/uploads/2013/05/bourdieu-pierre-sociologc3ada-y-cultura.pdf?utm_source=chatgpt.com
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Vanessa Marcano Boos
Empresaria y Consultora. Co-fundadora de FemData Consultoría : Una Consultora en igualdad de género. Máster en Violencia de Género. Universidad Complutense de Madrid.
Especialista en Políticas del Cuidado, Políticas Públicas con Perspectiva de Género y Masculinidades con Impacto Social. Máster en Medios y Educación. Ganadora de WAYRA, Google for StartUps y Programa IBM-IESA. Autora del libro: «Aliados por la Igualdad. Las 100 preguntas más frecuentes que se hacen los hombres en tiempos de feminismo, igualdad e inclusión». Mamá de Julieta y Venezolana que vive en Ciudad de México