Este año me empujó a lugares incómodos donde a veces sentí que nada encajaba, ni siquiera yo.
Cambiar de idioma ha sido como volver a aprender a caminar. Y aunque siento que avanzo, todavía tropiezo demasiado. A veces me frustro porque mis herramientas comunicacionales —esas que me costó años desarrollar y pulir — aquí ya no las tengo. Con otro idioma me siento como una superheroína que perdió su superpoder. Hay días en los que la incapacidad de comunicarme me hace sentir tonta y puedo ser muy dura conmigo misma cuando la frustración me gana. Pero luego me abrazo, respiro y me recuerdo que estoy aprendiendo. Que es un proceso. Y que, aunque no siempre lo vea, estoy siendo valiente.
También ha sido difícil sentir que esta nueva ciudad me sigue quedando grande. Es muy bonita, sí, pero tan distinta a la mía que a veces me deja sin aire. A veces la vida se siente como observarla desde la ventana de un carro en movimiento, desde lejos. No termino de habitarla del todo. Y lloro todo el tiempo. Podría incluso hablar de la cantidad de veces que lloro al día: por nostalgia, por frustración, por miedo, por ternura, por agradecimiento. Todos los sentimientos se mezclan y a veces me superan.
Y ahí también está la herida migratoria que no deja de sangrar. Me pesa Venezuela en el pecho. Me duele ver cómo la persecución contra defensores y defensoras de derechos humanos se ha intensificado, cómo personas valiosas —muchas de ellas amigas, a quienes quiero y admiro profundamente— están siendo criminalizadas por hacer lo correcto. Cargar con esa tristeza desde lejos es un duelo extraño, sientes que el corazón está partido entre el lugar donde vives y el lugar que todavía duele.
Pero incluso en medio del caos emocional, pasaron cosas buenas. Conseguí un trabajo soñado, lleno de personas increíbles que me recibieron con los brazos abiertos, de quienes aprendo muchísimo cada día y que me han sostenido en algunos de los momentos más duros que me tocó vivir este año. Publiqué mi primer libro, aunque casi no vendí ejemplares porque, honestamente, una vez publicado no supe ni cómo promocionarlo; mi cabeza ya estaba pasando por demasiado en ese momento y simplemente no tuve espacio mental para más. Igual lo siento como un logro enorme, un pendiente que por fin pude sacar de mi pecho.
Aprendí a escucharme, a tenerme paciencia y a acompañarme cuando nadie más podía hacerlo, porque detrás de cada logro hubo horas de frustración, miedo, dudas y silencios largos donde me pregunté si realmente valía la pena intentarlo, no fue mi mejor año, pero fue real y fue mío. Quizás por eso hoy quiero hablarles a otras mujeres que no cerraron el año tachando mil metas cumplidas en una agenda perfecta.
A las que tuvieron un año difícil, a las que solo pudieron con lo justo, a las que avanzaron lento o avanzaron a oscuras y sobre todo a las que sienten que no avanzaron en absoluto. Aquí va mi abrazo para ustedes:
Su existencia es valiosa y su resistencia también. Su ternura consigo mismas es urgente.
Este año entendí que la autocompasión no es debilidad, sino un acto de rebeldía. Que ser amables con nosotras mismas es una forma silenciosa —pero profundamente poderosa— de resistir un mundo que siempre nos pide más, más rápido, más perfecto.
Este año me equivoqué tantas veces que perdí la cuenta, pero eso ha hecho que hoy me dé más miedo no intentarlo que equivocarme.
Tal vez mi superpoder no estaba en mis habilidades para comunicarme; tal vez siempre fue simplemente no rendirme.
Creo que este es el artículo más personal y menos feminista que he escrito este año. Quizás porque es diciembre, hace frío y las emociones se sienten más intensas. Pero también es una manera de darme una palmadita en el hombro por todo lo que he resistido, y de rendir homenaje a todas esas mujeres que atraviesan situaciones similares o que se sienten identificadas con esta historia.
Si tú también estás aquí, después de un año que te rompió un poco y te reconstruyó de formas que aún no entiendes, si sigues de pie, aunque haya sido difícil…entonces tú también tienes un superpoder.