La sombra que mata dos veces y la crueldad estratégica de la violencia vicaria.

La sombra que mata dos veces y la crueldad estratégica de la violencia vicaria.
noviembre 29, 2025 Feminismo INC

Por María Alejandra Mancebo.

Un adiós silencioso y una herida irreversible.

Como feminista que ha dedicado mi vida a desentrañar los mecanismos de la violencia machista, he analizado innumerables historias y representaciones culturales. Sin embargo, hay pocas narraciones tan heladoras y didácticas sobre la crueldad intrínseca del patriarcado como la película «Nadie nos vio partir» (o, Nessuno ci ha visti partire, según su título original). Esta obra, a través de sus personajes, nos obliga a mirar de frente una de las formas de agresión más perversas del terrorismo machista: la violencia vicaria.

He decidido abordar este tema crucial precisamente en el Mes de la No Violencia (noviembre), un tiempo dedicado a intensificar la lucha y la concienciación contra todas las formas de agresión hacia las mujeres. Elegir la violencia vicaria en este mes es esencial, pues es una forma estratégica de violencia que busca aniquilar la psique de la mujer para asegurar que su sufrimiento sea eterno.

La violencia vicaria no es simplemente la agresión dirigida a la pareja; es el acto deliberado y estratégico de causar el daño máximo e irreparable a la mujer a través de sus seres queridos, siendo los hijos e hijas las víctimas predilectas. Mi propósito en este artículo es usar el lente de este film para iluminar la frialdad de este fenómeno, que, en esencia, convierte a los hijos en meras extensiones de la mujer a las que el agresor se siente autorizado a amputar con el único fin de infligir la herida que sabe que no sanará jamás. El título del film, «Nadie nos vio partir», se siente como una metáfora cruel: nadie vio la partida de la inocencia, ni la partida de la esperanza de la madre, hasta que el daño estuvo consumado.

La estrategia de la aniquilación: El riesgo vicario como táctica de poder.

La violencia vicaria, un término acuñado y estudiado a fondo desde la criminología feminista, es la manifestación más pura de la violencia estructural e instrumental. No se trata de un arrebato de ira, sino de una estrategia. El objetivo final nunca es el niño o la niña, sino la madre. El agresor sabe perfectamente que el vínculo maternofilial es el punto de máxima vulnerabilidad de la mujer y lo explota con una precisión quirúrgica, buscando castigar su autonomía y su decisión de «partir».

Cuando la mujer rompe el lazo conyugal, el agresor busca romper el lazo maternofilial. Es una demostración de poder absoluto: «Te quitaré lo que más amas para asegurarme de que nunca seas feliz ni libre sin mí». En mi trabajo he observado que esta es la manifestación más perversa de lo que llamo la legitimación del capital patriarcal: el hombre cree tener la propiedad absoluta no solo de la vida de la mujer, sino de su descendencia, y se arroga el derecho a disponer de ella.

Películas como Nessuno ci ha visti partire nos muestran cómo el agresor vicario es a menudo un maestro del disimulo. Ante la sociedad, es el padre preocupado, el «varón que sufre» tras la ruptura. Esta fachada social le permite manipular los sistemas judiciales y las redes de apoyo, que fallan sistemáticamente al no reconocer el riesgo inminente y al exigir a la madre que negocie con su agresor. El entorno minimiza las amenazas porque está cegado por el mito del «buen padre» y no por el análisis de la violencia estructural que subyace a la separación. En el momento en que la víctima decide «partir», es cuando el riesgo se dispara, porque la pérdida de control es percibida como una amenaza existencial a su identidad masculina dominante.

El fallo sistémico: Invisibilidad y desprotección de la víctima.

Lo que Nessuno ci ha visti partire captura con maestría es el momento en que el agresor ejecuta su plan: ese instante donde la narrativa de la violencia doméstica se sale de la esfera privada y se infiltra en la vida pública con un acto irreversible. Es la culminación de un proceso de escalada de riesgo que nadie quiso (o pudo) ver. Yo, como autora que examina las estructuras de control, veo aquí un fallo sistémico en la protección de la vida. La sociedad solo ve el resultado la tragedia, pero no el proceso el control asfixiante y el odio acumulado que condujeron a ella.

La figura materna, inmersa en una lucha por sobrevivir y protegerse, es incapaz de anticipar la maldad tan profunda y calculada del agresor. Es la sociedad, el sistema judicial, el que le exige a la víctima que negocie su propia seguridad y la de sus hijos con el individuo que ya ha demostrado su intención de control absoluto a través del miedo y la coacción. Esta exigencia de negociación, amparada bajo el velo de la «patria potestad», es un ejemplo de violencia institucional que facilita el acto vicario. Se le niega a la mujer la agencia para proteger a su prole, tal como históricamente se ha limitado la voz femenina en los espacios de decisión.

Cuando se produce el daño vicario, la mujer es la víctima superviviente, condenada a una vida de culpa, duelo y trauma que es a menudo invisible. La violencia vicaria busca la aniquilación psicológica de la madre. Al arrebatarle a sus hijos, se le niega cualquier posibilidad de futuro, de reparación o de alegría. El trauma no es solo el del duelo, sino el de la impotencia absoluta ante la perversidad de un sistema que permitió la ejecución de la venganza.

Desde mi perspectiva, la única forma de justicia real para la violencia vicaria es la prevención y el reconocimiento temprano del riesgo. Mi experiencia me dice que debemos invertir la lógica de la prueba: no debe ser la madre quien pruebe que el padre es peligroso, sino el sistema quien debe garantizar la seguridad de los niños por encima de cualquier «derecho de visita» de un progenitor que ha ejercido violencia. La vida de los hijos no puede ser nunca un espacio de negociación entre el agresor y la víctima. La exclusión de la mujer de la capacidad de decisión sobre su seguridad y la de sus hijos es un fallo de gobernanza ética que conduce a la catástrofe, tal como lo analizo en otras estructuras de poder.

Es nuestro deber, como sociedad, detener la legitimación de este riesgo machista. Películas como Nessuno ci ha visti partire son valiosas porque obligan a la sociedad a mirar y a sentir el escalofrío que produce esta forma de agresión. La visibilización que el arte nos ofrece debe traducirse en acción: la suspensión inmediata de la patria potestad ante cualquier indicio de violencia de género. El principio rector debe ser la protección de la vida de los menores como un bien inalienable y no como una herramienta de coacción para el agresor.

Nombrar la sombra para que nadie quede ciego.

«Nadie nos vio partir» es más que una tragedia cinematográfica; es una llamada de atención política y social que cobra especial relevancia en el Mes de la No Violencia. Nos recuerda que la violencia vicaria es la estrategia de terrorista de quien sabe que la ley patriarcal, aunque lo condene, lo protegerá hasta cierto punto bajo el manto de la «patria potestad».

Como feminista, los invito a que usemos la incomodidad y el horror que estas narrativas generan para impulsar cambios reales. Mi experiencia me enseña que la palabra es la primera herramienta de defensa. Nombramos la violencia vicaria para que todos la vean, para que nadie pueda decir que no nos vieron partir o que no vieron cómo el agresor usó a los niños para ejercer su venganza. Es nuestro deber, como sociedad, hacer visible esta sombra y asegurar que la libertad de una mujer nunca más sea pagada con la vida de sus hijos. Es hora de que el sistema asuma la responsabilidad vicaria de la protección que ha fallado.

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María Alejandra Mancebo:

Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones. Miembro de COMPLIANCE WOMAN ITERNACIONAL. Vicepresidenta del Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ. Consultora y Voz Visionaria  ttps://consultorias.visionarias.business/project/maria-alejandra-mancebo  Diplomada en Implementación de Sistemas Integrado de Gestión y auditoría Interna ORCID: https://orcid.org/0000-0002-0208-0134 Instagram: @maria_alejandra_mancebo_  @catajuridicacontacones  LinkedIn: @Maria Alejandra Mancebo

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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