El poder del lenguaje frente a la violencia económica

El poder del lenguaje frente a la violencia económica
noviembre 28, 2025 Susana Reina

Estas fueron mis palabras en el Foro «Tejiendo Igualdad: Desmontando violencias cotidianas» organizado por el Instituto de la Mujer de la Universidad de Panamá» y el auspicio del Programa Naciones Unidas para el Desarrollo y la Embajada de Francia en Panamá.

Gracias por estar aquí hoy 25 de noviembre… un día en que el mundo recuerda el sacrificio de las Hermanas Mirabal en la República Dominicana, asesinadas por defender la democracia en su país. Cuando pienso en Minerva, Patria y María Teresa, no puedo dejar de mencionar a las 180 presas políticas en este momento secuestradas en Venezuela por el delito de pensar y expresar su opinión en contra del régimen. A ellas se las ha violentado de muchas maneras desde el Estado y a ellas les dedico estas palabras.

El 25N es una fecha en la que las mujeres no olvidamos que la violencia no siempre empieza con un golpe. Muchas veces empieza con una palabra. Y casi siempre se perpetúa con el dinero.

Por eso quiero referirme hoy a dos ejes de violencias cotidianas sobre las cuales se asientan muchos otros tipos de violencias: el lenguaje y los derechos políticos, y el dinero y los derechos patrimoniales. Hoy quiero que pensemos cómo el lenguaje y la economía se combinan en lo cotidiano para sostener la violencia contra las mujeres y que normalmente se trata por separado.

Cuando una mujer no puede nombrarse, no puede defenderse. Y cuando una mujer no tiene independencia económica, tampoco puede liberarse. Recordemos que el sistema patriarcal se mantiene con base en dos pilares: uno simbólico, el de las palabras que nos borran, y uno material, el del dinero que no tenemos. Y si queremos erradicar la violencia, tenemos que mirar ambos.

El lenguaje es la primera forma de poder.

Durante siglos, el lenguaje fue una herramienta para mantenernos fuera del mundo. En la historia se habla de “los grandes hombres”, en la ley se dice “los ciudadanos”, en la ciencia, “el hombre” es sinónimo de humanidad. Y cuando las mujeres no aparecemos nombradas, simplemente no existimos.

Por eso, una parte esencial del feminismo ha sido siempre reapropiarse del lenguaje: decir mujer, decir nosotras, decir hermanas, decir violencia machista contra las mujeres y no esconderlo bajo eufemismos.

Es importante ponerle nombre al abuso, al silencio, a la desigualdad. Pierre Bourdieu la llamaba “violencia simbólica”: esa que se cuela en lo que decimos, en cómo nombramos, en lo que callamos.

Miremos un ejemplo sencillo: Durante años se hablaba de “violencia doméstica o intrafamiliar”. Ese término suena a algo que ocurre dentro del hogar, como si fuera un asunto privado, una pelea de pareja, casi un problema de convivencia.

Cuando las feministas comenzaron a hablar de “violencia contra la mujer”, el cambio fue enorme. De pronto se señalaba claramente a quién afectaba y qué estructura la sostenía.

Y cuando empezamos a usar el término “violencia machista”, dimos un paso más: ya no era un fenómeno sin sujeto, sino un sistema con responsables.

Nombrar es también repartir poder y responsabilidad. Cada cambio en el lenguaje ha sido un paso hacia la verdad.

Pero hoy, paradójicamente, enfrentamos otra forma de borrado. Una que viene disfrazada de progreso.

En nombre de la inclusión, se reemplaza “mujer” por “persona menstruante”, “persona gestante”, “cuerpo con útero”. Aunque parezca inocente, ese cambio nos borra nuevamente a las mujeres como sujeto político, sobre todo cuando se confunde sexo con género. El lenguaje no es inocente.

Y claro, la intención puede ser buena: incluir a todas las identidades. Pero el resultado, paradójicamente, es que las mujeres desaparecemos otra vez. Después de siglos de lucha por ser reconocidas como mujeres —no como objetos, no como vientres, no como propiedad—, ahora se nos vuelve a reducir a funciones biológicas.

No luchamos por ser reconocidas como “úteros con piernas”. Luchamos por ser reconocidas como sujetos políticos, históricos y humanos. Nombrar a las mujeres no excluye a nadie. Pero borrar a las mujeres nos hace retroceder.

Y este no es un debate teórico porque tiene efectos reales. Cuando las leyes de salud eliminan la palabra “mujer”, se vuelve más difícil hablar de violencia obstétrica, de mortalidad materna, de acceso desigual a la salud reproductiva.

Cuando las estadísticas dejan de usar “mujeres asesinadas por sus parejas” y hablan solo de “personas víctimas de violencia de género”, se invisibiliza que el 99% de los agresores son hombres y las víctimas mujeres.

Si el lenguaje se neutraliza, la violencia se disfraza. Y sin lenguaje claro, no hay políticas efectivas. Ya lo dijo la filósofa española Celia Amorós: “Si conceptualizamos mal, politizamos mal”.

Aquí, en Panamá y en América Latina, todavía enfrentamos brechas enormes: casos de feminicidio que se tipifican como “homicidios”, mujeres que son revictimizadas al denunciar, discursos públicos donde el machismo se esconde detrás del humor o la tradición.

Por eso, defender el lenguaje es también defender la precisión política y la memoria colectiva. El feminismo siempre ha sido una revolución del lenguaje. Cada palabra conquistada fue una batalla ganada.

Piensen en expresiones que cambiaron la historia: “Ni una menos” “Yo sí te creo” “Nos queremos vivas” “Hermana, yo te creo” “Me Too”… Estas frases no son solo consignas. Son actos de resistencia lingüística. Nombran el dolor, pero también la esperanza y la solidaridad.

Por eso es tan importante cuidar las palabras. No se trata de prohibir o de cancelar, sino de comprender el poder político del lenguaje. Podemos construir un lenguaje más amplio, más inclusivo, pero sin borrar las categorías que permiten identificar las violencias que sufrimos.

La palabra mujer, niña, adolescente, hembras humanas son necesarias. Las necesitamos en las leyes, en las estadísticas, en las aulas y en los discursos. Sin ellas, la violencia contra nosotras se vuelve invisible. Luchamos por ser reconocidas como mujeres, con una historia común de opresión y resistencia. Pero esa invisibilización no es solo lingüística, también es económica.

Ya vimos que cuando no se nos nombra, se nos invisibiliza. Y cuando se nos invisibiliza, se nos explota. La economía mundial está construida sobre la base de nuestro trabajo gratuito o mal pagado.

Hoy quiero que pensemos la violencia contra las mujeres desde un lugar que a veces no se menciona: el dinero. Porque detrás de cada golpe, de cada control, de cada cuerpo explotado o silenciado, hay también una estructura económica que se beneficia.

La violencia contra las mujeres no solo destruye vidas, también sostiene sistemas enteros de desigualdad, riqueza y poder.

Y la pregunta incómoda que debemos hacernos es: ¿Quién gana cuando una mujer pierde?

En todo el mundo, las mujeres realizamos la mayoría del trabajo de cuidado —cocinar, limpiar, cuidar niños y ancianos— sin recibir pago alguno. Ese trabajo sostiene la vida, pero no cuenta en el PIB de los países. Una economía que no valora el cuidado es una economía que se alimenta de la desigualdad.

Los Estados también se benefician de esa desigualdad. Cada hora de trabajo doméstico no remunerado que hacen las mujeres es una hora que el Estado no tiene que invertir en servicios públicos. Cada vez que una madre cuida a su hijo enfermo, el Estado ahorra dinero en salud. Cada vez que una abuela cuida a los nietos, el Estado ahorra en guarderías.

Así, la economía nacional se sostiene sobre el trabajo no remunerado de las mujeres. Y aun así, cuando hablamos de crecimiento económico, nadie menciona ese aporte. Por eso, una política real contra la violencia de género debería incluir presupuestos con perspectiva de género, subsidios para mujeres en riesgoreconocimiento al trabajo de cuidados.

Por otro lado, la falta de autonomía económica es una de las principales causas por las que las mujeres no pueden salir de relaciones violentas. Cuando una mujer depende del agresor para comer, pagar la casa o criar a sus hijos, su libertad deja de ser una opción. La violencia económica no siempre deja moretones, pero deja deudas, miedo y silencio.

Ahora miremos las formas extremas de esa economía de la violencia. Las industrias que hacen negocio directamente con los cuerpos de las mujeres.

La prostitución no es “el oficio más antiguo del mundo”. Es una de las formas más antiguas de explotación. En la mayoría de los casos, las mujeres llegan allí por pobreza, abuso o coerción. Qué curioso que aquí el patriarcado habla de “trabajo sexual” pero el de los cuidados no lo considera así. Hablan de prostitutas, y no de mujeres prostituidas por un sistema prostituyente, que es lo que de verdad es. Vemos claro cómo se manipula desde las categorías lingüísticas para normalizar la explotación.

Y mientras ellas arriesgan su vida, otros hacen negocio: proxenetas, dueños de burdeles, plataformas digitales, y hasta gobiernos que recaudan impuestos.

Según la ONU, la trata de personas con fines de explotación sexual mueve más de 100 mil millones de dólares al año en el mundo. ¿Quién gana con eso? No las mujeres.

Se nos vende el alquiler de vientres como “solidaridad reproductiva” o “gestación subrogada”, pero en la práctica es un mercado internacional de mujeres pobres que alquilan sus cuerpos para satisfacer el deseo de quienes pueden pagar. La mayoría de estas mujeres no tienen recursos, no tienen opciones reales. Y detrás hay agencias, clínicas y bufetes de abogados que comercializan la capacidad reproductiva femenina.

Igual pasa con la venta de óvulos. En universidades de países desarrollados se ofrecen miles de dólares a jóvenes estudiantes por sus óvulos. Les prometen dinero rápido, pero omiten los riesgos médicos, la estimulación hormonal, los efectos secundarios.
Una vez más, el cuerpo femenino se convierte en recurso biológico de consumo. Y la pornografía, presentada como entretenimiento, es hoy una de las industrias más rentables del planeta, con un valor superior al del cine o la música, a pesar de que está construida sobre la violencia, la humillación y la cosificación del cuerpo de las mujeres.

El porno mainstream enseña que el placer masculino importa y el deseo femenino, mientras los grandes portales se enriquecen miles de mujeres son grabadas, violadas o explotadas frente a una cámara. Aquí está la clave: la violencia digital se vuelve rentable.

Todo este mercado —de la prostitución, la pornografía, la gestación subrogada, la trata—depende de la desigualdad estructural de las mujeres. Depende de que haya mujeres pobres, sin alternativas, mujeres cuyo cuerpo sea lo único que puedan vender.

Esto lo ha dejado muy claro Reem Alsalem, relatora especial de Naciones Unidas, quien ha recibido no pocos ataques por expresarlo de manera clara y abierta.

En suma, la violencia contra las mujeres no es un accidente social: es una inversión económica sostenida en el patriarcado.

Frente a esta realidad, el feminismo propone una alternativa: una economía para la vida, no de la violencia. Una economía que priorice el bienestar, no la ganancia, que redistribuya el tiempo, los recursos y el poder, que reconozca que los cuidados son tan importantes como el mercado.

Y que entienda que ningún país puede desarrollarse mientras la mitad de su población vive en la precariedad o la explotación sexual.

Ahora lo vemos más claro: el patriarcado necesita que no hablemos y que no cobremos. Necesita que el lenguaje nos haga dudar de quiénes somos y que la economía nos convenza de que no valemos. Cada pérdida individual se convierte en ganancia para alguien más: para el agresor, el proxeneta, la empresa, el Estado. Por eso, la violencia contra las mujeres no es solo un problema moral o cultural. Es también un modelo de negocio.

¿Qué alternativa tenemos?

Construir una sociedad que nombre y dé valor a las mujeres, una cultura que diga “mujer” sin miedo, que reconozca el trabajo de cuidados, que castigue la explotación sexual, que defienda el abolicionismo de la pornografía y que promueva la autonomía económica como parte de la erradicación de la violencia.

Una sociedad donde el lenguaje visibilice y la economía libere, no esclavice. Nombrar y valer: esas son nuestras dos grandes batallas por venir. Nombrarnos para recuperar el poder de decir quiénes somos. Valorarnos para recuperar el derecho a decidir sobre nuestra vida.

El patriarcado ha hecho negocio con nuestro silencio y con nuestro cuerpo. Pero las mujeres estamos aprendiendo a hablar, a cobrar y a no pedir permiso. ¿Nos quieren calladas y dependientes?
Pues nos tendrán nombradas y libres.”

Gracias. 🌹

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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