Por: María Alejandra Mancebo.
Cuando pienso en Mary Shelley y en Frankenstein, no veo solo una novela de ciencia ficción: veo una declaración audaz sobre el cuerpo de las mujeres, la agencia y el miedo a la autonomía femenina frente a estructuras de poder que buscan control. Como feminista y lectora comprometida con la lucha contra la violencia de género, interpreto su obra como un espejo que revela cómo la violencia contra la mujer se teje en la creación, la responsabilidad y la voz.
Frankenstein no es únicamente la historia de una criatura que reclama vida; es una meditación sobre quién tiene derecho a narrar, a decidir, a proteger y a ser protegido. En este marco, la novela funciona como espejo que revela cómo la violencia contra la mujer se teje en la creación, la responsabilidad y la voz.
Las líneas de este libro abren este recorrido y se erige como una llave para entrar en la ética de la creación y de la voz femenina, recordándonos que la lucha por la autonomía femenina no es novedad, sino continuidad de debates históricos sobre ciudadanía
La obra de Frankenstein, desde una perspectiva feminista, no es solo una narración de monstruos y ciencia; es un análisis de quién tiene derecho a narrar, a decidir y a proteger, y de cómo la violencia contra la mujer se manifiesta tanto en lo visible como en lo velado: en la ausencia, en la instrumentalización de las mujeres para intereses masculinos y, sobre todo, en el miedo a la autonomía femenina.
Su autora Mary Shelley (1797–1851) escribe Frankenstein (1818) en un momento de transformaciones científicas y debates morales sobre los límites de la experimentación y la responsabilidad del creador. La novela nace en un clímax cultural donde la ciencia empieza a operar como una práctica que cuestiona los límites de lo humano, la vida y la muerte, y donde el poder del conocimiento se convierte en una forma de autoridad que puede trazar realidades nuevas y peligrosas.
Este marco no es neutro: condiciona la forma en que se representan las voces y las herramientas del saber. La responsabilidad del creador, en este sentido, no es solo un dilema técnico sino un problema ético que pone en juego la dignidad del ser humano en su totalidad, incluidos los cuerpos y las voces que quedan fuera del centro de la discusión.
Como hija de la filósofa Mary Wollstonecraft, Shelley hereda una tradición crítica frente a las estructuras patriarcales y una insistencia en la dignidad de la voz femenina. Wollstonecraft, quien despliego una crítica radical a la educación que mantiene a las mujeres en roles subordinados y a la cultura que legitima su invisibilidad pública, es parte de Shelley.
Y es así como herencia se traduce en Frankenstein no solo como un texto de ciencia y monstruosidad, sino como un laboratorio literario donde la tensión entre creación y voz femenina se vuelve un eje de análisis. La novela, al inscribir a una mujer entre las fuerzas que configuran el poder, a través de cartas, diarios y pasajes de conversación sitúa la cuestión de la agencia femenina en el centro de la reflexión ética: ¿cómo se negocia la pertenencia de la mujer al espacio público de la decisión, la responsabilidad y la narración?
En la novela, la presencia femenina es central, pero con voz limitada: Elizabeth Lavenza, Justine Moritz y la madre ausente; su función narrativa es decisiva, pero su voz no gobierna la acción pública. Elizabeth, presentada como compañera ideal y vínculo afectivo, encarna la esfera doméstica y moral que sostiene la vida social y familiar, pero su intervención en los acontecimientos críticos de la historia se mantiene en un estrato emocional y simbólico, sin poder decisorio. Justine Moritz, consumada en su dignidad y moralidad, se ve arrastrada por las circunstancias y las estructuras sociales de la época, y su destino revela cómo la justicia y la culpa se entrelazan con la reputación y el honor de las familias. La madre ausente, cuyo recuerdo y ausencia producen una sombra persistente sobre la casa y la educación de la infancia, funciona como un signo de vulnerabilidad y de protección precaria. Juntas, estas figuras señalan una violencia de género que no siempre se manifiesta en violencia física directa, sino que opera a través de la negación de la voz, la limitación de la agencia y la imposibilidad de decidir de manera autónoma.
Este conjunto de motivos femeninos, cargados de significado simbólico y social, permite leer Frankenstein desde una perspectiva feminista en la que la biopolítica de la reproducción y la ética de la creación no son meros adornos temáticos, sino el terreno en el que se negocian derechos, reconocimiento y representación.
Al situar a las mujeres en el epicentro de las tensiones entre creación y responsabilidad, la novela invita a cuestionar no solo quién crea, sino quién es nombrado y quién es escuchado cuando se decide el curso de la vida y de la verdad. En este marco, la voz femenina, aunque confinada, se convierte en un barómetro de las alianzas entre saber, poder y ciudadanía.
La novela invita a cuestionar qué significa ser ciudadana cuando la voz femenina está sujeta a condiciones de validez dictadas por hombres, pues la a presencia femenina, aunque escasa, desvela un mapa de violencias estructurales que no se limitan a actos aislados, sino que organizan y condicionan el campo de acción de hombres y mujeres, que nos permite conectar con debates contemporáneos por la voz femenina
Examinar la obra Frankenstein desde la óptica feminista no sólo revela la violencia que sostiene la voz silenciada de las mujeres en la literatura, sino que también propone una ética de la creación y una ciudadanía que exige descanso y reparación para las voces que han sido históricamente excluidas.
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María Alejandra Mancebo:
Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Miembro de COMPLIANCE WOMAN ITERNACIONAL
Vicepresidenta del Capitulo Venezuela del Colegio Internacional
de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ
Consultora y Voz Visionaria
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Diplomada en Implementación de Sistemas Integrado
de Gestión y auditoría Interna
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-0208-0134
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