Este año me quebré.
No me fui, pero me perdí dentro de mí misma. Dejé de reconocer a la mujer que yo daba por segura: la fuerte, la que sostenía, la que siempre sabía qué decir, la resiliente. De un momento a otro me vi desconectada de mí, de mi propósito, de eso que me ponía viva por dentro.
Al principio me llenó la culpa:
¿Cómo yo, justo yo, que tanto acompañé, podía estar atravesando algo así? Pensé en retirarme. Estaba cansada del dolor, de la indiferencia ajena, de la falta de empatía frente al sufrimiento. Me dolía no poder hacer más.
Y dolió aún más mirar alrededor y no encontrar manos para sostenerme como alguna vez sostuve a tantas. Esa soledad pesó como piedra. Hasta que entendí algo: este tramo tenía que vivirlo sola, en silencio, sin testigos, sin explicaciones.
Y entonces, sin ruido, empecé a volver.
No de golpe: de a pedacitos. Fui recogiendo mis partes, reconociendo qué cosas me encienden y cuáles simplemente ya no. Estoy regresando con esa pasión que me caracteriza cuando creo en algo, con esa entrega que empuja para subir de nivel lo que amo.
Hoy agradezco.
A las pocas que sí estuvieron.
Y agradezco también a la vida a esa conciencia mayor por obligarme a detenerme para comprender, por devolverme a mí misma desde otro lugar.
No volví a ser “la de antes”. Volví distinta. Más consciente, más selectiva, más sincera conmigo.
A las que están en ese mismo punto les digo: no son menos por haberse roto. No es incoherencia ni debilidad necesitar una pausa. El silencio también forma, la soledad también revela.
No te estás acabando: te estás reordenando.
Y cuando regreses, no volverás igual volverás con una verdad nueva adentro.
Natasha Duque.