“Las cosas antes eran mucho mejores.” Estoy agotada de escuchar y leer esta frase en los discursos conservadores, cada vez más ruidosos y repetitivos. Discursos que intentan por todos los medios activar la trampa de la nostalgia: esa supuesta “época dorada” donde todos —los hombres— eran felices, pero que nunca fue justa para las mujeres.
Ese llamado a regresar al pasado y recuperar los “valores tradicionales” no es más que una invitación a volver a la jaula. Una nostalgia que maquilla con romanticismo una época en la que nuestros derechos eran limitados y nuestras voces, silenciadas. Volver a eso no es regresar a la estabilidad, es retroceder hacia las cadenas. La nostalgia patriarcal funciona como un filtro de Instagram: embellece lo que en realidad fue opresión.
Se nos dice que antes “las familias estaban unidas”, que “las mujeres eran respetadas”, que “había menos problemas”. Claro: las familias estaban unidas porque el divorcio era un privilegio casi imposible; las mujeres eran respetadas, siempre que obedecieran; y había menos problemas… pero solo para quienes tenían el poder. Lo que para algunos era estabilidad, para nosotras era encierro. Lo que para ellos era paz, para nosotras era silencio y sacrificio.
Esa nostalgia no se quedó en los discursos políticos: hoy circula también en redes sociales, donde aparecen las llamadas tradwives. Mujeres que se muestran como amas de casa perfectas, devotas del marido proveedor y de la familia tradicional, en cocinas impecables y vestidos que parecen sacados de los años cincuenta. Promueven la idea de que la verdadera “felicidad femenina” está en volver al rol “natural” de la mujer en el hogar.
Pero la paradoja es evidente: mientras predican sumisión y dependencia, ganan dinero como creadoras de contenido, con miles de seguidores y contratos con marcas. Venden la imagen de la esposa obediente desde la independencia económica que, precisamente, les da Internet.
El fenómeno no solo es un engaño, también es un discurso desde el privilegio. No todas las mujeres pueden “decidir quedarse en casa” y vivir de un único ingreso. Esa opción solo existe en hogares con estabilidad económica, y aun así está lejos de lo que vivieron nuestras madres y abuelas, que no tenían autonomía financiera ni voz propia.
Y como he tenido que aclarar un millón de veces, no está mal ser ama de casa si es realmente tu deseo. El problema es que ese camino te expone a una vulnerabilidad enorme. La dependencia económica abre la puerta a la violencia económica, y con ella a otras formas de violencia de las que poco se habla. Por eso, el trabajo de ama de casa debe ser reconocido como trabajo, y si decides asumirlo, es fundamental establecer acuerdos económicos claros con tu pareja, aunque la conversación sea incómoda. Basta de intentar vendernos como amor el sacrificio y la renuncia a nuestros sueños. Lo llaman tradición, pero es esclavitud con moño rosa.
A quienes nos llaman exageradas habría que recordarles que no fue hace tanto que las mujeres no podíamos votar, abrir una cuenta bancaria ni decidir sobre nuestras propias vidas, e incluso en la actualidad seguimos enfrentando desafíos: leyes que restringen derechos reproductivos, desigualdades salariales, violencia de género que no cede y discursos políticos que intentan normalizar retrocesos.
La igualdad que tenemos hoy no fue un regalo: se conquistó con organización, resistencia y desobediencia. Hablar de “volver atrás” no es un juego ni una fantasía retro; es una amenaza que no podemos minimizar. Porque lo que algunos llaman valores, nosotras lo recordamos como cadenas.
El reto es no dejarnos seducir por esa nostalgia patriarcal, ya sea en discursos solemnes o en reels bien editados. Que no nos engañen: no hubo tiempos mejores, hubo tiempos más obedientes. Y nosotras ya no estamos dispuestas a seguir obedeciendo.