Últimamente he visto en redes sociales muchos contenidos de cuentas feministas con los que no me siento identificada. Hay planteamientos que, aunque se presentan como parte del feminismo, para mí se alejan de su esencia. Algunas narrativas dentro del feminismo —cada vez más poderosas— me parecen cualquier cosa menos feminista. Entonces me empecé a cuestionar: ¿será que después de todo yo no soy tan feminista como pensaba? ¿Será que lo entendí todo mal? Y en medio de ese torbellino de dudas surgió esta reflexión. ¿Será que ya no soy feminista o son las demás quienes se están alejando del feminismo? ¿Qué es, después de todo, lo que verdaderamente nos hace feministas? Además ¿quién soy yo para cuestionar los planteamientos feministas de otras?
¿Qué nos hace feministas? ¿Es más feminista quien ha leído todos los libros de teoría, quien puede citar a Beauvoir, hooks, Federici o Butler con soltura, o aquella mujer que, sin conocer una sola definición, se levanta a pelear por sus derechos y los de otras mujeres? ¿Y qué pasa con las que no se levantan, pero resisten cada día con gestos pequeños, con decisiones que parecen mínimas pero que en este sistema son profundamente políticas?
Pensar que hay una única forma correcta de ser feminista es caer, sin quererlo, en una lógica excluyente que reproduce jerarquías, justo lo que intentamos desmantelar. No todas somos activistas, ni tenemos que serlo para ser feministas. No todas escribimos manifiestos, ni asistimos a marchas, ni podemos militar en múltiples causas a la vez. Y eso está bien. El feminismo también se vive en la crianza, en la escuela, en la oficina, en el consultorio, en la cocina, en la resistencia silenciosa de decir “no” donde todas esperan un “sí”. Se vive incluso en quienes no se nombran feministas, pero actúan con la dignidad de quien sabe que ninguna mujer merece ser oprimida.
También hay momentos en que nuestras posturas dentro del feminismo pueden chocar. Porque sí, podemos tener diferencias profundas con otras feministas, incluso estar en posiciones opuestas, y aun así seguir habitando este movimiento. El feminismo no es un club exclusivo con una sola línea de pensamiento. Es un espacio vivo, lleno de tensiones, contradicciones y debates necesarios. No todas vamos a estar de acuerdo en todo, pero mientras nuestras posturas no nieguen la dignidad y los derechos de otras mujeres, cabemos todas. Todas podemos habitar el feminismo desde nuestras realidades, nuestras historias y nuestros límites. Hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. Y eso también es valioso.
Lo que me duele últimamente es que, en lugar de estar luchando contra el patriarcado, muchas veces siento que la pelea es entre nosotras. Que pasamos más tiempo señalando errores ajenos que confrontando al sistema que nos oprime. Y eso es agotador. No digo que no debamos cuestionarnos entre nosotras, pero si la energía se va solo en la crítica interna, ¿Quién sigue enfrentando al verdadero enemigo? El patriarcado nos sigue aplastando y nosotras, divididas, nos desgastamos entre pruebas de pureza y duelos ideológicos que a veces nos alejan más que acercarnos.
Pero ojo, no se trata de negar la importancia de la teoría. No ser activista no significa que la información no importe. Al contrario. Quienes sí tenemos el privilegio y el deber de alzar la voz, de escribir, de incidir, necesitamos formarnos, leer, cuestionarnos, entender de dónde venimos para saber hacia dónde vamos. La teoría feminista nos da marco, nos da lenguaje, nos da fuerza para nombrar lo innombrable. Sin ella, muchas estaríamos perdidas, creyendo que el problema era solo nuestro, individual, cuando en realidad es estructural. La teoría no es un adorno intelectual: es una herramienta de lucha. Pero no puede ser la única.
La realidad es más compleja que cualquier manual. Hay mujeres que han parido solas su conciencia política, desde la experiencia, desde el cuerpo, desde la rabia o el miedo. Hay quienes, sin leer un solo libro, han intuido el patriarcado y le han hecho frente como han podido. Y esas luchas valen. Valen tanto como las consignas. Porque el feminismo no se mide en títulos, ni en número de causas que una abarca, ni en cantidad de marchas en las que ha estado. Se mide en cómo miras el mundo, cómo acompañas a otras, cómo decides vivir y qué violencias ya no estás dispuesta a soportar.
¿Y qué tan feministas somos si aún dependemos de este sistema que intentamos transformar? ¿Qué tan coherentes podemos ser si el patriarcado atraviesa cada rincón de nuestras vidas, incluso nuestros deseos? ¿Acaso no seguimos consumiendo productos que cosifican mujeres, aceptando trabajos mal pagados, educando bajo modelos que intentamos cuestionar? Sí. Porque vivir dentro del sistema no significa que no podamos resistirlo. No hay coherencia perfecta. Lo que hay es conciencia, es intento, es contradicción. Y eso también es parte del camino.
Ser feminista no es ser perfecta. Es ser consciente. Es saberse parte de una historia de luchas, incluso si no se conoce toda la genealogía. Es saberse parte de un tejido, aunque no siempre sepamos hilarlo con las palabras justas. Es tener el valor de hacerse preguntas, de nombrar las violencias, de acompañar otras luchas sin pretender salvar a nadie. Ser feminista es también reconocer que no podemos con todo, que no siempre tenemos energía para todas las causas, que a veces solo podemos con nuestra propia vida, y eso ya es un acto político.
Hay feministas que militan, que escriben, que enseñan. Y hay feministas que solo quieren vivir sin miedo. Hay feministas que se organizan en colectivos, y otras que apenas están descubriendo que hay otra forma de habitar el mundo. Todas importan. Porque el feminismo no necesita pureza, necesita presencia. Necesita intención. Necesita manos diversas.
Así que volvamos a la pregunta: ¿qué nos hace feministas? Quizá no haya una sola respuesta. Quizá solo podamos seguir haciendo la pregunta, una y otra vez, con honestidad, con amor, con rabia. Porque si algo nos hace feministas, es justamente no dejar de preguntar, no dejar de ver, no dejar de intentar cambiarlo todo.