Salvarnos unas a otras no es solo un acto de amor, sino un acto de resistencia

Salvarnos unas a otras no es solo un acto de amor, sino un acto de resistencia
mayo 23, 2025 Feminismo INC

Por: María Alejandra Mancebo

Desde que tengo memoria, he sentido que, en los momentos más difíciles, las mujeres a mi alrededor y yo misma hemos encontrado formas de sostenernos, de salvarnos. En mi experiencia y en mi comprensión del feminismo y del humanismo, he llegado a entender que esa fuerza colectiva, ese apoyo mutuo, no es solo una opción, sino una necesidad imperante para nuestro bienestar y nuestra supervivencia.

Nos salvamos unas a otras porque reconocemos en la otra una parte de nosotras mismas, una esperanza de cambio, una resistencia contra las desigualdades históricas que nos han relegado a un segundo plano. La historia ha sido tejida por los actos de solidaridad, empatía y sororidad que impulsan nuestro crecimiento y resiliencia. En esta narrativa pretendo explorar cómo esa solidaridad femenina, esa red de apoyo, se convierte en un acto de resistencia y amor y cómo juntas encontramos formas de sanar, de crecer y de transformar nuestro entorno.

Las mujeres, en muchas culturas y contextos, han sido históricamente relegadas a roles específicos, silenciadas y discriminadas. Sin embargo, en medio de esas circunstancias adversas, han surgido redes invisibles de apoyo que desafían esas imposiciones. La sororidad, no es solo un concepto romántico, sino una estrategia de supervivencia en un mundo que a menudo nos intenta dividir (“El poder de la sororidad” de T. Braidotti, 2016). A través de relatos familiares, movimientos feministas y comunidades locales, las mujeres han demostrado que juntas son poderosas.

Un ejemplo claro es el movimiento feminista en América Latina, donde comunidades de mujeres se han organizado en torno a temas de género, violencia y derechos reproductivos. La historia de las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, por ejemplo, muestra cómo el apoyo mutuo y la resistencia colectiva pueden transformar la ciudadanía en una fuerza imparable (“Madres de Plaza de Mayo y resistencia”, M. Seton, 2005). Estas acciones no solo buscan justicia, sino también crear un espacio donde las mujeres puedan sentir que no están solas y que juntas pueden desafiar cualquier sistema opresivo.

Desde una perspectiva humanista, el acto de salvarse unas a otras va más allá de la resistencia política o social; se sustenta en nuestra capacidad de empatía y cuidado mutuo. La poetisa y activista Audre Lorde nos recuerda que «el cuidado y la solidaridad entre mujeres son formas de resistencia»: una forma de resistir la indiferencia y la violencia estructural (“Sister Outsider”, 1984). Cuando cuidamos a otra mujer, estamos afirmando su humanidad, validando su experiencia y reafirmando que una no puede existir sin la otra.

Mi propia experiencia me ha enseñado que, en los momentos de vulnerabilidad, la ayuda de otra mujer puede ser la diferencia entre el desvanecimiento y la continuación. Ya sea a través de una conversación, una acción concreta como acompañar en un proceso judicial, o simplemente ofreciendo presencia, ese vínculo se convierte en un acto revolucionario. Como señala bell hooks, “El amor es la fuerza radical para transformar y sanar”: en el cuidado mutuo encontramos un acto de resistencia que alimenta nuestra dignidad y esperanza (“All About Love”, 2000).

La construcción de espacios seguros y de apoyo entre mujeres es fundamental para que estas redes funcionen. Estos espacios, ya sean físicos o virtuales, sirven para compartir experiencias, fortalecer la autoestima y crear un sentido de comunidad. En muchos casos, estas redes han sido esenciales para la supervivencia frente a la violencia machista o la discriminación laboral.

Un ejemplo destacado es el movimiento de mujeres que a través de talleres, festivales y asambleas, han fortalecido su identidad y su lucha por derechos fundamentales La sororidad en estos entornos trasciende lo individual, transformándose en acción colectiva que desafía las estructuras patriarcales y coloniales.

Finalmente, creo firmemente que estas redes de apoyo no solo nos salvan a nivel personal, sino que también generan cambios sociales profundos. Cuando las mujeres se unen, desafían las leyes, las convenciones y los valores que las mantienen en desventaja. La historia está llena de ejemplos donde la solidaridad femenina traspasó barreras y promovió cambios legislativos o culturales importantes.

Insisto: opino con firmeza que nos salvamos unas a otras porque en esa ayuda mutua reconocemos nuestra humanidad compartida, nuestras luchas y nuestras esperanzas. La solidaridad y el cuidado entre mujeres son actos revolucionarios, capaces de desafiar el silencio, la violencia y la desigualdad. Desde mi experiencia personal, así como desde las historias que nos atraviesan, puedo afirmar que juntas, las mujeres somos una fuerza imparable que transforma, sana y crea nuevas posibilidades de existencia.

Nos salvamos unas a otras, y no es, solo un acto de amor,

sino un acto de resistencia imprescindible en la lucha por un mundo más justo y humano.

 

***

María Alejandra es abogada con estudios de 4 y quinto nivel. FEMINISTA y consultora visionaria. Cofundadora de Cata Jurídica con Tacones y codirectora de la Revista Venezolana de igualdad de Género. Mi mejor título ser Mamá y Abuela

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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