Dicen que la belleza es subjetiva,
que está en los ojos del que mira,
que para gustos, los colores,
y que te gustes a ti misma.
Preciosa la teoría,
Complicada la praxis.
Esta sociedad,
que adueñándose de la idea de belleza crea una constante con la que compararte,
una tendencia a la que agarrarte
un ideal irreal que proponerte alcanzar.
Y ser diferente al referente es doloroso en un mundo que te dice que no eres digna de quererte.
Nos adoctrinan para sentir vergüenza corporal. Analizan nuestros cuerpos,
cacho a cacho, trozo a trozo,
nos descuartizan con la mirada
buscando inventar una tara,
para demonizar lo que somos.
No celulitis, no vello corporal,
no estrías, no a esos “kilos de más”,
sí a las limitadas normas,
no a la diversidad de las formas.
Que mira chica,
que dicen que nuestra naturaleza está mal,
y menos mal que llegó
el capitalismo patriarcal
para contarnos las partes de nosotras mismas que debemos ser conscientes de odiar.
Que si no nos llegan a avisar,
por poco vivimos inconscientes, ignorantes
ajenas a la autoexigencia enfermiza,
al cuestionarnos constante.
Por poco nos libramos
de aprender a mirarnos
con negativa crítica eterna
Por poco nos creemos que cada parte de nuestro cuerpo nació de esta manera perfecta
por biología, salud y naturaleza.
Por poquito
así de ingenuas,
creyendo que amarse está bien.
Pero nos regalaron la idea
de sentirnos mal hechas,
dudosas, sumisas, enfermas.
Y no se me ocurre mejor forma de mantenernos calladas, distraídas, apagadas,
que comiendo poco y estando agotadas,
subidas en zapatos con los que nos cueste avanzar, sumidas en un disfraz social
de anulación e incomodidad.
Dedicando hábitos y rutinas
en modificarnos para encajar.
Y nos definieron desde los ojos del patriarcado,
la mujer como producto eternamente inacabado.
Y tranquila,
te queda poco en tu cuento
de nunca acabar.
Solo un par de kilitos menos más,
te vendo este quema grasa,
esta lipo, esta faja,
este asfixiante sujetador push up,
Que te traigas tacones de infarto para venir a trabajar
que así vendemos más,
pero disimula ese talón que no te deja de sangrar.
Tener mala cara ahora lo llaman
“ir sin maquillar”, sin rectificar,
sin tapar. Sin taparte. Esconderte. Arreglarte.
Sin modificarte estratégicamente para agradar.
Y en nosotras pelo, y mucho,
pero solo en la cabeza,
y en ningún otro lugar.
Y ellos sexys tal cual
calvos, peludos y con pelo en el culo
pero tu depiladita y calva no te vayas a quedar.
Que la melena es símbolo de feminidad.
Pero no la lleves tan larga.
Ni demasiado corta.
Ni encrespada,
ni tan oscura, ni tan rizada,
ni con tanto volumen, ni con tan poco,
y te vendo este producto que todo
te lo va a solucionar.
Haz ejercicio, pero no mucho.
No te vayas a muscular.
Que en una mujer queda feo eso de sentirse fuerte, independiente y capaz.
Que la fortaleza física
en los hombres
es vigor y sensualidad,
en nosotras falta de atractivo y feminidad.
Que nos cuentan desde pequeñas que la mujer es bonita por su delicadeza e incapacidad.
Qué sexy eso de que necesitemos
que nos vengan a salvar.
Mejor haz lo justo para reducir cintura,
reducir piernas, brazos, hombros, barriga,
lo justo para reducirte entera
al nivel que te digan,
pero glúteos arriba,
que eso de la flacidez no se termina de llevar.
Nos educan en base a una constante toxicidad,
que nos quema y nos confunde,
nos consume hasta agotar.
Y ese mismo sistema dirá
que la mujer nace
más presumida, más preocupada y superficial,
y nada más lejos de la realidad.
Lo que pasa, es que nos dicen,
que cumplir con la belleza normativa
que se han currado en inventar
es igual a evitar el rechazo de la sociedad,
el precio por supuesta “aceptación, amor y dignidad”.
Y quien no quiere ser digne de amar.
Mujer,
que te ames,
que no permitas que hagan
negocio de tu inseguridad.
Que ardan las campañas de publicidad al ver como no consiguen hundirte en culpabilidad.
Y venimos a contarle al podrido sistema que aquí las cosas van a cambiar.
No más cuentos de mierda.
No más mentiras
sobre estereotipos marcados,
prejuicios inventados,
y nunca más mirarnos a nosotras mismas
desde los ojos del patriarcado.
Que a partir de ahora,
nuestra belleza será
lo que nosotras digamos.