Toc, toc, toc, suavemente en la puerta de su casa, abrió, la vi allí parada, impasible, tenía escrito en un pedazo de hoja de tacos para notas –estoy muda– pegado con cinta adhesiva en un ojo, otro en la boca, –no veo-; dio media vuelta, se dirigió hacia la cocina; entré con la anuencia que da el tiempo de la amistad. Cómo esperar un –pasa adelante– teniendo mudez de la mirada y ceguera del verbo.
Así la vi, la sentí, no existen léxicos para enunciar tales circunstancias o no los tenía en mi haber o en mi repertorio; por lo que me senté en silencio a ver la -alegoría de una tigra enjaulada-, pensé: ¿Sabrá que estoy aquí? Pero imposible tan siquiera, imaginar qué podría saber… qué podría sentir. Todo allí era despilfarro de la lógica porque donde se anida la incertidumbre la razón no cohabita.
Zoe iba y venía como las olas de la mar en calma, se escondía como el sol en el ocaso cuando tenía tormentos, se aferraba a ilusiones para protegerse de la aridez del entorno humano que, en el azar de la vida, le tocó tener.
Era mi amiga de siempre, un siempre más allá del tiempo, en una dimensión en la cual, tal vez, las coincidencias eran pocas, pero tan convergentes que las diferencias no las desarmonizaban, se acompasaban al son del silencio siempre oportuno y de las palabras precisas. ¡Sí! Así era nuestra amistad.
Su sensibilidad era el revés de la realidad de su mundo privado. La necesitaban sacada del libreto más común del común de las personas, como esas figuras que se dibujan en un papel doblado varias veces y se recorta la silueta y cuando se estiran salen todas unidas en cadena, todas idénticas. Bueno… así les hubiera gustado que hubiese sido ella. ¡¡Pero no!! Zoe no podía ni siquiera entendía, creía que había venido equivocada al mundo, no albergaba en su mente el sentimiento de poner en tela de juicio lo que esperaban de ella, sólo se enjuiciaba a sí misma.
La primera vez que fui a su casa estaba haciendo, con gelatinas de muchos colores, unas bolitas bañadas en azúcar, pensé: ¿Qué estará haciendo? Ah… eran gomitas como aquellas empaquetadas que compraba antes de entrar al cine, pero más lindas y sabrosas. ¡Guao! Esa elaboración tan sencilla lo hacía con tanta gracia y magia que ese día supe que ella era una artista.
Nos reíamos burlándonos de mi asombro e ignorancia culinaria, cuando oímos que un carro entraba al estacionamiento de su casa; era su papá. Ella, no fue que dejó de reír, sino se apagó su semblante ¿Cómo explicarlo? No olvido, jamás olvido ese indescriptible instante. Ese día también supe que sus dimensiones humanas se ahogaban en ese espacio de medidas mezquinas.
Los hilos de su pasado no la sostenían, estaban deshilachados, a pesar de ello, su diáfano espíritu seguía incólume, por ello podía ser una artista sin escuela, se bastaba, su imaginación germinaba como tierra fértil, pero ella no se lo creía… su incertidumbre la abatía.
Tenía en su corazón amores de papel, de cuando en cuando, los doblaba como barquitos dejándolos a la deriva en las caudalosas corrientes de sus lágrimas o los doblaba tantas veces que podía esconderlos de la retina de sus propios ojos o los doblaba para hacer abanicos que airearan el sofoco de sus amores… de papel. También eran amores de papel porque cuando leía excelsos escritos se colocaba como remitente… o ¿Por qué no? destinataria de los mismos. Así apaciguaba la añoranza de amar y/o ser amada, creíble, visible. ¡Así era su imaginación!
Del deshilachado de los hilos de su pasado, el tiempo no fue el culpable, sino la sordidez de quienes pudieron prestarle sus corazones y lo olvidaron. Apenas atesoraba en su mente límpida y desolada, recuerdos desvanecidos del solar de su niñez, de la voz tibia de su madre, de la mano segura de su padre. Zoe los coloreaba en pasteles para mantenerlos presentes, para que no se escaparan por los entresijos de la duda, compañera asidua de su vida. Temía que la duda la traicionara y dejara de creer en la certeza del solar de su niñez, de la voz tibia de su madre, de la mano segura de su padre, únicos hilos que la ataban a su pretérita niñez.
Zoe iba y venía como las olas de la mar en calma, a veces, la ida era más larga que la de las olas: ¿Cuándo? Cuando la duda hacía nido en su mente, una duda absoluta, sin tangibilidad, duda a todo y a nada, una duda ingrata, por eso, ella se iba… nadie lo percibía. Pero yo lo intuía, lo veía en su mirada que se proyectaba hacia la nada, a veces, temía que no volviera, como aquella vez, cuando tardó en regresar porque tenía mudez de la mirada y ceguera del verbo.
Huyó de aquel espacio de medidas mezquinas y de los corazones negados con o por un amor… equívoco. Por un tiempo largo por lo cronológico y vacío por el equívoco, entró en un remolino símil a las vueltas que daban a toda velocidad, las coloridas zarandas con las que jugábamos siendo niñas. Durante sus idas y venidas, quienes olvidaron prestarle sus corazones, difícilmente podían detenerse en percibir sus ausencias, en consecuencia, tampoco su presencia. Ella deambulaba con su duda y sus fantasmas buscando un refugio donde pudiera abrigarse del frío que le daba su pasado desvanecido y un presente mezquino… un refugio que le ofreciera razones para eludir los fantasmas y cohabitar con ellos, sin culpas.
Tomó por alojo las letras, escribió, escribió, escribió, hojas tras hojas, muchas hojas, en tina china para que no se borraran las letras, pero ¿Olvidó sujetarlas? Tal vez, entonces, el viento se las robó… la lluvia diluyó la tinta china…
Se mudó con sus óleos, liencillos, pinceles y carboncillos, bosquejó bodegones, paisajes y rostros, los ocultó de las miradas ajenas, esas que no les miraron sus idas y venidas, entonces, guardó sus obras en el desván de sus quimeras.
Su creativa imaginación la mudaba de refugio en refugio, dejó las letras, los pinceles y se guarneció en el manoseo de la arcilla, creando al ritmo del torno o de su mano creativa, vasijas, floreros, tarros… les dio un lugar en el mismo desván… arrimando los liencillos.
En esos intentos de guarecerse se instalaba en amores imposibles, ¡No! Más bien inaccesibles, porque para poseerlos tenía que deslindarse de la duda, ya no sabía como andar sin ella, tenía que endurecer su corazón suave como las gomitas de gelatina, tenía que ahogar sus fantasmas y sólo aprendió a lidiar con ellos, no huir de ellos. La duda, los fantasmas y las culpas eran la oscuridad de su imaginación. La sensibilidad, su lealdad y su espíritu diáfano eran la luz de su humanidad.
Zoe caminaba dando tumbos en busca de su lugar en el mundo, no en el mundo que le dieron las circunstancias incontrolables de la vida humana, pues, nadie sabe por qué, dónde, para qué nacemos, por qué en esta o aquella familia y no en otra o en este o aquel país y no en otro… Por ello, la incertidumbre es un sentimiento con el cual nos cuesta contender, la incertidumbre nos coloca, cara a cara, con la realidad de la fragilidad humana. Zoe, quizá, sin saberlo no podía con la batalla del mundo privado que le dio su vida, los refugios que inventó no le indemnizaron sus anhelos. ¿Por qué? Porque, tal vez, sólo tal vez, los escritos, las pinturas, las vasijas, son creaciones materializadas, los fantasmas que la cohabitaban no tienen los sentidos humanos para ver, tocar, oler lo materializado ni siquiera tienen sentidos existenciales, tan sólo, sin pedir permiso se instalan en las entrañas humanas…
Un día remoto consiguió cobijo en donde pudo convenir con su duda y sus fantasmas. Un espacio donde se evoca una existencia sin materia, así, a ciegas, al fin y al cabo, la duda y los fantasmas existen, pero no se ven, son una realidad psíquica, como el duelo, se viven en la ausencia material, no requiere contertulia para consensuar, se dominan con la fe… una fe ajena a una misma, pero entretienen a la duda y los fantasmas orando a otras inexistencias y la duda se vuelve razonable…
Comments (4)
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Muy emotiva
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muy profundo me recuerda a mi
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Hermoso relato, lo he releído varias veces y me ha invitado a entrar a un mundo que tenía olvidado., mi mundo interior .
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Zoe, somos casi todas….mujer, imaginación, silencios profundos y obligados, incertidumbres que rodean nuestras esperanzas, dolor, ceguera y creatividad necesaria para escapar. Zoe, cuenta como casi todas con una amiga que conoce la profundidad de su ser y el mínimo gesto no es adivinanza, es certeza. Zoe, también es una constante búsqueda de arte e ilusión y en medio de recuerdos de una niñez añorada, sabe que la duda la invade pero finalmente se aferra a la fe.
Gracias a la autora por llevarnos por ese recorrido profundo de la vida de muchas mujeres.