Elena Ferrante y el escribir sobre mujeres complejas: el poder de escribir en manos femeninas

Elena Ferrante y el escribir sobre mujeres complejas: el poder de escribir en manos femeninas
marzo 14, 2026 Aglaia Berlutti

Usar otro nombre para firmar un texto no siempre es un acto de esconderse. A veces es una forma de protesta, una forma de decir: “esto no se trata de mí, sino de lo que cuento”. En la historia de la escritura, muchas mujeres han tenido que recurrir a este recurso para que sus palabras fueran tomadas en serio. Lo interesante es que incluso hoy, cuando se presume que todo se sabe y que la identidad es un bien de mercado, hay quien decide desaparecer. Y no por timidez. Más bien, como una declaración de principios. Es el caso de quien conocemos como Elena Ferrante. La elección de mantenerse fuera del foco, incluso en plena era de la exposición constante, no solo fue provocadora, sino profundamente política.

No estamos hablando de alguien que esquiva la fama por capricho, sino de una escritora que construyó una obra entera desde el silencio, desde la resistencia a que su cuerpo sea parte del espectáculo. Su anonimato no es un truco publicitario. Es un mecanismo de defensa, pero también una herramienta crítica. Ferrante desafía la obsesión por conocer a la persona detrás del texto y obliga a leer lo que está frente a los ojos: las palabras, las imágenes, los vínculos. Su voz no necesita rostro. Y eso, en un mundo que convierte a las autoras en figuras consumibles, es subversivo. Si escribir implica desnudarse, hacerlo sin entregar el nombre propio es una forma de exponer solo lo que se quiere: ni más, ni menos.

En ese gesto hay una carga de rebeldía que descoloca y fascina. Ferrante no se borra; simplemente desactiva el radar que busca consumirla. Al leerla, no se puede buscar pistas en su vida privada, ni rastrear entrevistas para entender mejor sus decisiones narrativas. Hay que quedarse con lo que está. Y eso, para una cultura que se alimenta de biografías más que de bibliotecas, es casi una herejía. Lo cierto es que su apuesta por la invisibilidad no disminuye su fuerza, al contrario. Le da una potencia distinta. El relato se sostiene sin el rostro, sin la ceremonia de la autora convertida en producto. Lo que queda es la obra. Cruda, lúcida y completamente suya.

La voracidad del amor, la amistad y la vivencia femenina 

La saga que llevó a Ferrante a la cima — esa serie que muchos devoraron como si fuera una confesión íntima escondida en cuatro tomos — no se explica solo por el misterio de su autora. El verdadero impacto está en cómo esas novelas logran capturar algo que pocas veces se muestra sin adornos: la vida de las mujeres en toda su crudeza, belleza y contradicción. La llamada Tetralogía Napolitana no tiene fuegos artificiales narrativos, pero tampoco los necesita. Lo que ofrece es un recorrido emocional, social y político a través de décadas, sin caer en idealizaciones ni en la estética del trauma convertido en mercancía.

Ferrante se planta desde un lugar incómodo: el de quien se atreve a mostrar lo que muchas prefieren ocultar. Las amistades ambivalentes, los celos, los rencores maternos, las traiciones pequeñas y las grietas que atraviesan incluso los vínculos más amorosos. Y lo hace desde la experiencia de mujeres que no son modelos de virtud, sino sujetos llenos de tensiones internas, rabias, deseos y contradicciones. Lo femenino, en estas historias, no es un adorno ni una pose: es el centro de todo. Las protagonistas son mujeres atravesadas por lo cotidiano, por las marcas de clase, por las heridas familiares y por una violencia estructural que muchas veces pasa desapercibida. Y sin embargo, resisten.

A veces, con coraje. A veces, con culpa. A veces, simplemente sobreviviendo. La prosa de Ferrante se sostiene en la observación minuciosa, en ese ir y venir entre el presente y el pasado que moldea los recuerdos como si fueran plastilina emocional. Cada escena está cargada de una verdad que incomoda porque no busca ser ejemplar, sino honesta. Y en ese proceso, Ferrante desmonta muchas de las narrativas dominantes sobre lo que es una mujer, una madre, una amiga, una intelectual. Su mirada es feroz y al mismo tiempo empática.

No se trata de una escritura condescendiente ni terapéutica. Es una escritura que raspa. Que cuestiona. Que incomoda. Y eso es exactamente lo que la hace tan poderosa. Porque al final, lo que estas novelas muestran no es solo la vida de unas pocas mujeres italianas en el siglo XX. Es la experiencia de muchísimas, muchas más de las que el canon literario suele permitir entrar en escena. Ferrante les abre la puerta. Pero no con delicadeza. Con furia. Con verdad.

Mujeres que escriben para otras mujeres 

Antes de alcanzar la explosión de popularidad con su tetralogía, Ferrante ya había tanteado territorios incómodos con una novela breve, aguda como bisturí y cargada de conflicto interno: La hija oscura. Este libro, más contenido en extensión pero igual de punzante en fondo, expone con crudeza temas que muchas veces se suavizan o se evitan del todo. No hay heroínas aquí. Hay una mujer sola, rota en partes invisibles, enfrentándose a sí misma sin anestesia. Leda, la protagonista, no encaja en el modelo de madre abnegada ni en el de intelectual distante. Tampoco en el de mujer liberada. Ella es, simplemente, una mujer que no soporta más fingir que todo está bien.

Se va, se aísla, se entrega al silencio. Su cuerpo, que ya no siente como propio, se convierte en una carga que la persigue a cada paso. Y su mente, llena de recuerdos que no cierran, la lleva a una especie de exilio emocional del que no sabe si quiere volver. La maternidad aparece como una marca imborrable, pero no como celebración, sino como herida mal curada. Ferrante desarma sin compasión los relatos que glorifican la entrega materna como destino. En cambio, muestra lo que muchas viven pero pocas se atreven a decir: que hay mujeres que se arrepienten, que huyen, que no pueden más. Y eso no las convierte en monstruos. Las vuelve humanas. Leda no busca redención. Busca espacio. Busca aire. No quiere salvarse.

Quiere dejar de fingir. El hecho de que Ferrante no la castigue por eso, ni moralice su historia, es una de las decisiones narrativas más radicales del libro. En vez de juzgarla, la acompaña. La escucha. La sigue en su recorrido interno, oscuro, desordenado. Y en ese gesto, le da una voz que rara vez aparece en la literatura escrita desde lugares de privilegio. La historia no se mueve por grandes eventos. Lo que cambia todo son detalles mínimos: un gesto, una frase, una muñeca robada en la playa. Es ahí donde Ferrante demuestra que lo político también está en lo íntimo, que lo radical no siempre grita. A veces, susurra. O simplemente calla. Pero cuando lo hace, lo dice todo.

El dolor de ser mujer, plasmado en la literatura 

Leda no se presenta como víctima ni como mártir. Tampoco pretende redimirse. En realidad, lo que hace es ocupar un lugar que muchas mujeres han sido educadas para evitar: el de quien reconoce que ha fallado, que ha deseado otra vida, que ha sentido rechazo hacia lo que se suponía debía amar sin reservas. Su historia no sigue el típico arco de redención, no hay perdón ni aplausos al final. Lo que hay es confrontación. Y no contra el mundo, sino contra sí misma. Su encuentro con Nina, una mujer más joven, aparentemente despreocupada y maternal, no es casual. Es casi como si Ferrante le tendiera a Leda un espejo deformante. Nina representa ese ideal femenino que Leda nunca pudo habitar: madre joven, atractiva, dulce, conectada con su hija.

Pero a medida que la relación entre ambas avanza, ese reflejo empieza a agrietarse. No hay ninguna perfección en Nina. Solo otra versión del mismo dilema: cómo sostener una vida propia en medio de exigencias que desgastan, que agotan, que aplastan. La maternidad aparece de nuevo como centro de gravedad, pero esta vez compartido. Leda ve en Nina una versión alterna de sí misma, y a la vez, un fantasma que la persigue. “¿Y si me equivoqué?”, parece preguntarse a cada instante. ¿Y si el amor maternal no alcanza para sostener todo lo demás? En este punto, Ferrante lleva la trama a un nivel casi insoportable de tensión emocional. No hay giros espectaculares, pero sí una acumulación de silencios densos, de escenas cargadas de ambigüedad moral. Leda observa. Escucha. Se detiene. Pero también actúa. Y cuando lo hace, cruza líneas.

Robar una muñeca no parece gran cosa, pero en este relato es un acto cargado de simbolismo: es el robo de una fantasía, el secuestro de una proyección que Leda ya no soporta ver en otros. Lo que está en juego es su derecho a no ser ideal. A no repetir un modelo. A salirse del guion. La narrativa de Ferrante se apoya en lo mínimo para hablar de lo inmenso: la culpa, el deseo, el abandono, la maternidad como campo de batalla. No hay respuestas fáciles. Tampoco disculpas. Solo una narradora que se atreve a mostrar la cara B del mito materno sin suavizar sus bordes.

La mujer y el tiempo interior 

La relación entre Nina y Leda funciona como eje narrativo, pero también como campo de experimentación emocional. A través de ellas, Ferrante articula un diálogo intergeneracional sobre lo que implica ser mujer. No en abstracto, sino en un mundo concreto donde el cuerpo femenino está siempre marcado por mandatos, expectativas, vigilancias. Nina, con su belleza joven y su manera aparentemente liviana de habitar la maternidad, es una proyección del “deber ser”. Representa lo que el patriarcado vende como deseable: una madre presente, dulce, devota, y a la vez, atractiva. Leda, por el contrario, ya ha pasado por esa etapa y carga con las consecuencias.

No romantiza la maternidad. La recuerda como una experiencia ambivalente, exigente, muchas veces cruel. No porque sus hijas fueran una carga, sino porque la cultura nunca le ofreció herramientas para sostenerse en su deseo sin sentirse monstruosa. En ese choque entre las dos, Ferrante construye una tensión que no se resuelve, pero que ilumina zonas oscuras del vínculo materno. La maternidad, aquí, no es ni natural ni sagrada: es una construcción social atravesada por la culpa, el deseo de fuga, la nostalgia, el rechazo y también, sí, el amor, pero nunca puro.

Es amor con aristas, con historia, con contradicciones. Leda no busca reivindicarse ni dar lecciones. Su relato es el de una mujer que se niega a pedir disculpas por haberse elegido a sí misma. El precio de esa decisión lo arrastra con ella. No lo romantiza, pero tampoco lo oculta. Y en ese gesto, Ferrante ofrece una imagen rara en la literatura: una mujer que no se arrepiente del todo. Que no quiere volver atrás. Que asume su dolor sin maquillarlo, como parte de su historia, no como castigo. La narración se construye desde fragmentos: recuerdos que se cruzan, diálogos tensos, escenas domésticas cargadas de sentido.

Ser mujer y la literatura 

Todo contribuye a una imagen compleja del ser mujer, fuera de la norma. Y eso, en sí mismo, es un gesto profundamente político. Ferrante no teoriza. No necesita hacerlo. Cada gesto narrativo suyo está cargado de una claridad que incomoda: el amor, la maternidad, el cuerpo, el deseo, todo eso se enreda en una red de exigencias que aplastan. Pero también hay grietas. Momentos de lucidez. De deseo propio. De silencio elegido. Y ahí, justo ahí, se cuela la libertad.

En La hija oscura, Ferrante no se interesa por resolver los conflictos de sus personajes. De hecho, parece más empeñada en profundizarlos, en mostrarlos sin filtros, en negarse a darles un cierre cómodo. El viaje emocional de Leda no apunta hacia la redención ni hacia una transformación reconfortante. Es, más bien, una inmersión en el terreno pantanoso del deseo y el daño. Su pasado, contado a pedazos, funciona como un eco que resuena cada vez más fuerte a medida que avanza la historia. Lo que empieza como una escapada veraniega termina siendo una especie de confrontación con todo lo que se dejó sin decir.

No hay red narrativa para sostenerla, solo la incomodidad brutal de revivir lo que una ha preferido sepultar. La figura de Nina — lejana y a la vez invasiva — actúa como catalizador de ese proceso. Ferrante pone en escena un duelo silencioso entre dos mujeres que no terminan de reconocerse pero que, sin saberlo, comparten un fondo común. No solo por haber sido madres, sino por haberse sentido atrapadas por esa identidad que la cultura asigna como definitiva.

La autora no suaviza los bordes de la experiencia femenina. Por el contrario, los deja a la vista: punzantes, contradictorios, incómodos. La maternidad, la sexualidad, la culpa, el deseo de borrarse, todo eso aparece entretejido sin jerarquías. En su narrativa, lo doméstico no es un fondo pasivo, sino un campo de batalla: la playa, el apartamento alquilado, la habitación donde se esconde la muñeca robada, cada espacio está cargado de tensión. No hay momento neutro. No hay gesto inocente. Y lo más potente es que Ferrante jamás cae en la explicación. No justifica a Leda. No la convierte en víctima ni en heroína. La deja ser, en toda su opacidad. Esa decisión narrativa tiene un peso feminista enorme.

Porque en un mundo literario donde a las mujeres se les exige siempre coherencia, redención o castigo, Ferrante propone otra cosa: la libertad de ser ambigua. De no saber. De no querer salvarse. De no tener respuestas. Y eso también es político. En su mirada hay una crítica feroz a las estructuras que han domesticado los relatos femeninos durante siglos. Al mostrar la fractura, el vacío, lo insoportable, Ferrante libera a sus personajes del mandato de la claridad. Les permite habitar lo turbio. Y al hacerlo, nos da una imagen distinta de lo que puede ser una mujer en la literatura: no símbolo, no arquetipo, sino sujeto vivo, cambiante, a veces irreconocible.

Lo que hace Ferrante en La hija oscura — y en gran parte de su obra — es dinamitar desde adentro la idea de que lo femenino debe ser comprensible, narrable, redimible. Y lo hace con una brutal honestidad narrativa que se aleja de cualquier intento de complacer. En sus historias, las mujeres no están ahí para agradar ni para salvar a nadie. Tampoco para representar “lo universal” bajo los términos de la tradición literaria patriarcal. Están ahí porque existen, porque sienten, porque se desarman. Leda y Nina orbitan una en torno a la otra sin que haya una síntesis fácil de lo que representan. No son opuestos, no son espejos exactos.

Mujeres fuera de la regla y el poder del tiempo 

Son dos versiones posibles de una misma pregunta: ¿Quién puede ser una mujer cuando decide salirse del guion? Ferrante responde sin moralejas. Elige mostrar la herida sin cubrirla. En vez de envolver al lector con frases decoradas, lo deja frente a la escena cruda: una madre que se fue, otra que no sabe si aguantar, una niña que no entiende y un silencio espeso que lo atraviesa todo. El final de la novela, como buena parte de su desarrollo, no ofrece certezas. Solo la persistente sensación de que lo más importante no se dice, pero se intuye.

Y ahí está la potencia de Ferrante: en no subestimar la inteligencia emocional de quien lee. En confiar en que el lector, o más bien la lectora, sabrá encontrar sentido en las grietas, en las ambigüedades, en la falta de respuestas. Porque eso también es experiencia femenina. Ser muchas cosas al mismo tiempo. Cambiar. Contradecirse. No saber qué se quiere. Ferrante no convierte eso en un defecto, lo reconoce como posibilidad narrativa. En un panorama literario todavía lleno de personajes femeninos planos, su obra irrumpe como una anomalía feroz: mujeres con pensamientos incómodos, decisiones difíciles, dolores sin nombre. Y todo eso narrado con una sensibilidad que no pide permiso, que no se disculpa, que no necesita adornarse.

Si algo queda claro tras leer La hija oscura es que Ferrante ha construido una literatura donde lo íntimo es político, donde lo emocional es estructura, donde lo invisible cobra forma. No es literatura de la corrección ni de la reivindicación. Es literatura de la fisura. Y en esa fisura, Ferrante no solo habla de mujeres. Les da un espacio para existir, sin moldes, sin deberes. Con todo su caos, su deseo y su derecho a no ser decodificadas.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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