Por Natasha Duque
Trabajo por la protección de las mujeres porque nací en la frontera… y la frontera no se olvida. Vivir aquí no es solo habitar un territorio: es aprender a convivir con el miedo, con la injusticia y con el silencio.
Durante años he caminado estas calles y he escuchado historias que se quedan en el pecho, historias que te rompen por dentro y te cambian para siempre.
He visto madres llorar a sus hijos asesinados por una guerra que ellas no provocaron.
He visto mujeres vulneran su cuerpo porque las oportunidades siguen siendo un privilegio para pocas. He acompañado a mujeres que buscan a un hijo desaparecido, con una esperanza que se sostiene solo por amor.
He visto niñas que dejaron de ser niñas demasiado pronto, porque les tocó cuidar a sus hermanos después de que la violencia les arrebatara a su madre.
Y cada historia me deja una pregunta: ¿por qué en este territorio la vida de una mujer vale tan poco?
La frontera debería ser un lugar de oportunidades. Un lugar donde las mujeres puedan vivir seguras, donde las madres puedan dormir tranquilas, donde una familia pueda soñar sin miedo a que la violencia lo destruya todo.
Pero muchas veces la frontera se convierte en un lugar donde las mujeres sobreviven, donde la justicia llega tarde o nunca llega, y donde se normaliza que ellas tengan que resistirlo todo… incluso lo que nadie debería soportar.
A veces me pregunto cuándo dejaré de escuchar tantas historias de dolor. Cuándo dejaré de sentir esta impotencia de ver que el mundo funciona para quienes nacieron con privilegios, mientras para los demás parece existir solo el abandono y el olvido.
Pero también lo sé: mientras exista una mujer sin protección, mientras una niña crezca con miedo, mientras una madre tenga que mendigar derechos… yo no puedo mirar hacia otro lado.
Por eso hago lo que hago.
Porque si la frontera me enseñó algo, es que el dolor no se calla… se transforma en lucha.
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Natasha Duque.