Cuando considero la figura de Isabel I desde mi experiencia en leyes y liderazgo, lo primero que observo es el escenario legal y social en el que operaba: la Inglaterra del siglo XVI consideraba el gobierno femenino como una aberración «contra la naturaleza y Dios»
Y es en ese ambiente que se presenta Isabel, que no solo heredó un reino en bancarrota y dividido por la animadversión religiosa; alcanzó el estigma de ser hija de Ana Bolena, la «reina adúltera» ejecutada por su propio padre. Legalmente, Isabel fue declarada bastarda durante años. Su ascenso al trono es, por tanto, un triunfo de la legitimidad política sobre la biología y la ley patriarcal.
En esta narrativa, pretendo describir como la vida de esta reina, es una estrategia de gestión de riesgos más sofisticada de la Edad Moderna. Isabel entendió que, para sobrevivir, debía convertirse en una estampa intocable.
Desde una perspectiva feminista, la juventud de Isabel es una enseñanza brutal sobre la vulnerabilidad femenina. Tras la muerte de su padre, vivió bajo la tutela de su madrastra, Catalina Parr, y el esposo de esta, Thomas Seymour. Los historiadores han debatido mucho sobre esta etapa, pero mi lectura es clara: Isabel, siendo una adolescente, fue víctima de un acoso depredador por parte de Seymour. Este episodio casi le cuesta la vida cuando Seymour fue arrestado por traición. Sometida a interrogatorios brutales, la joven Isabel aprendió su primera lección de Estado: el silencio es seguridad. No confesó nada, no implicó a nadie.
Es ahí donde nace la Isabel política, que aprendió a controlar sus emociones y su discurso con una disciplina de hierro. Entendió que su cuerpo era un objetivo político y que cualquier error emocional podía llevarla a la guillotina, tal como le ocurrió a su madre.
De muchas de las estrategias y malinterpretado de su reinado, es la negativa a casarse. La historiografía tradicional lo pintó como un trauma personal o una anomalía física. Como destreza, percibo una decisión ejecutiva de alto nivel. En el siglo XVI, el matrimonio para una reina significaba sumisión legal. Al casarse, una mujer transfería su autoridad a su marido.
Es que si Isabel se casaba con un extranjero (como Felipe II de España o el Duque de Anjou), Inglaterra se subordinaría a una potencia extranjera. Si se casaba con un noble inglés (como Robert Dudley), desataría una guerra civil por celos entre líneas. Y es lo que muchos ven un problema, la reina trató ese tema de matrimonio en su mejor herramienta diplomática. Durante 20 años, mantuvo a las potencias de Europa en vilo, negociando tratados matrimoniales que nunca pensaba consumar. La virginidad fue su marca política. Se presentó como casada con su pueblo. Al rechazar a un hombre particular, pudo ser la madre de todos. Fue una maniobra maestra de marketing político para preservar su soberanía y la de su nación.
Al estudiar su vida se destacada, como gestionaba ante su Consejo Privado que hoy puede ser la Junta Directiva. Ya que ningún líder gobierna solo, y el manejo que Isabel hizo de su Consejo Privado (su Junta Directiva) es digno de memoria en nuestras escuelas de negocios y derecho. Estaba rodeada de hombres brillantes, ambiciosos y a menudo misóginos, como William Cecil y Francis Walsingham. Y ¿Cómo lideró a hombres que creían saber más que ella? Les permitía debatir y disentir, pero se reservaba la decisión final con una frase lapidaria: Aquí solo habrá una ama, y ningún amo.
Y sin duda con sistema de Inteligencia, bajo Walsingham, creó el primer servicio secreto moderno. Isabel sabía todo lo que pasaba dentro y fuera de sus fronteras. Gestionó el riesgo de conspiraciones católicas con una red de espionaje eficiente, anticipándose a los golpes de estado.
Por tanto, es necesario hacer mención a la inminente invasión de la Armada Invencible española, cuando Isabel dio el discurso más famoso de su vida en Tilbury. Ella dijo: «Sé que tengo el cuerpo de una mujer débil y frágil; pero tengo el corazón y el estómago de un rey, y de un rey de Inglaterra también».
Esta frase es revolucionaria. Isabel aparta su cuerpo biológico (femenino, percibido como débil) de su cuerpo político (masculino, regio, fuerte). Para ser aceptada como comandante en jefe, tuvo que adoptar una dualidad andrógina. No negó su feminidad, pero la trascendió. Se presentó como una excepción a su sexo para poder liderar tropas en guerra. Es un momento cumbre de empoderamiento, donde la líder reescribe las reglas de género para inspirar lealtad.
Estas pequeñas líneas, demuestran que Isabel I no fue una feminista como muchos creen; no legisló para mejorar la vida de las mujeres comunes. Sin embargo, su mera existencia fue un acto feminista radical. Demostró durante 44 años que una mujer podía gobernar con más prudencia, estabilidad y éxito económico que cualquier hombre de su época.
Su legado para nosotras es la valentía de la autodefinición. Isabel se negó a ser definida por sus relaciones con los hombres (hija de, esposa de). Ella se definió por su trabajo, su intelecto y su servicio público. Nos enseñó que, a veces, para romper el techo de cristal, tienes que estar dispuesta a construir tu propio edificio.
Referencias
Starkey, D. (2001). Elizabeth: The Struggle for the Throne. HarperCollins.
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Foto: Queen Elizabeth I of England in her coronation robes, c.1600. Wiki Commons.