El cuerpo en préstamo

El cuerpo en préstamo
febrero 24, 2026 Aglaia Berlutti

La moda vuelve a apretar donde duele. Entre fármacos adelgazantes, corsés y prótesis textiles, el cuerpo femenino reaparece como campo de prueba, archivo histórico y mercancía obediente.

Si algo enseña la historia es que el cuerpo de las mujeres rara vez ha sido dejado en paz. Cambian los instrumentos, no la lógica. En 2024 y 2025, la conversación estética se aceleró con nombres propios y fechas precisas. Ozempic y Mounjaro, fármacos basados en agonistas GLP-1, pasaron del tratamiento médico a la cultura visual en menos de dos años. Basta con ver a toda una generación de celebridades, con el mismo rostro demacrado y la necesidad de demostrar que siempre se puede ser más delgada. Que de hecho, los kilos de más, parecen pautas que indican desorden y pérdida de control.

Es una idea que no es nueva — y lo digo, como mujer que ha bajado y subido de peso en rápida sucesión a lo largo de mi vida — pero que ahora, resulta más dolorosa. Estuvimos tan cerca de simplemente aceptar que todos los cuerpos son distintos. Que todos merecemos disfrutar de nuestra diferencia.

Pero volvamos al punto central: las mujeres no tenemos control de nuestro cuerpo. O al menos, eso intenta la cultura actual. Por un lado, la posibilidad médica de bajar de peso si tienes el dinero suficiente, de modo que ahora ser muy delgado, además de estéticamente restrictivo, es un símbolo de estatus. Lo pensaba hace unos días. Ya no se trata de bajar de peso. Se trata de hacerlo rápido, sin que la salud sea un tema que se relacione con el imperativo de hacerlo. La cosa es ser delgada, desaparecer.

Por el otro lado, están los subgrupos obsesionados por las mujeres. Los hombres que hablan de escalas, que intentan crear una cultura en la que se pueda clasificar el cuerpo de las mujeres para su propia satisfacción. Otra costumbre nueva, pero que ahora es más ridícula, porque la mayoría de los fieles seguidores —y creyentes— de las mujeres 10, no se atreven a mostrar la cara. O en cualquier caso, su propia escala haría un cálculo cruel acerca de su estadística de belleza y atractivo. ¿No es para asombrarse que la mayoría de los hombres que atacan a las mujeres por su aspecto físico, sean los que pocas veces en su vida han visto a una mujer real?

También están las mujeres construidas para odiar cuerpos reales y educadas para odiarse a sí mismas. Otro peldaño complicado. Mujeres que intentan ser deseables a costa de corromper su individualidad. ¿A cuál molde se quieren ajustar estas mujeres, obsesionadas con el cuerpo de las otras? Pienso en lo anterior y de inmediato recuerdo a Amy Dunne del libro “Gone Girl”. Gillian Flynn crea un personaje que es sorprendente por el mero hecho de ser indefinible, ambigua, incluso despreciable. La autora la dota de todos los elementos que usualmente se desdeñan de lo femenino y la convierte en un símbolo novedoso sobre la identidad femenina sino que reconstruye, quizás con poca sutileza esa noción de la la mujer como fuente de bondad y de pureza, la mujer frágil, vulnerable.

El personaje de Flynn tiene tantas dimensiones y tantas maneras de percibirse a sí misma — una serie de estratos hacia una profundidad turbia y definitivamente real — que por sí misma, es toda una declaración de intenciones. La escritora no sólo se rebela contra esa percepción tradicional de la mujer, sino contra esa interpretación única de lo femenino en el arte, la literatura y en el cine. Una complicada interacción entre lo que su personaje puede ser — y es — y lo que público percibe acerca de ella.

Porque Amy es una mujer que sabe que su lugar en el mundo se hace más complicado cuando odia a otras y cuando se venga a través del silogismo de ser mucho más fuerte de lo que un hombre teme pueda serlo una mujer. Al contrario del estereotipo tradicional de la mujer, es cerebral hasta lo abrumador, carece de esa emotividad frágil e incluso blanda que se le atribuye a la mujer literaria, cinematográfica e incluso, a la real. Porque Amy no sólo mata — lo que podría convalidar su cualidad de villana sin necesidad de otra cosa — sino que además utiliza su razonamiento, capacidad de deducción y sobre todo, su frialdad como un arma. Así que Amy no sólo es una asesina, sino también una mujer desnaturalizada. Y una mujer que batalla contra ese monstruo interno que impele a las mujeres a anularse a sí misma para conceder espacio a la atención masculina. Con sangre, pero lo hace.

Pasarelas y el cuerpo ajeno

Kim Kardashian en Los Ángeles. Gala Anual del Museo de la Academia,

Pero vamos al otro estrato. El monstruo de la destrucción física de las mujeres a través de medicamentos y la obligación de ser delgada, también tiene otro extremo. Al mismo tiempo, las pasarelas de París y Milán reintrodujeron técnicas conocidas desde el siglo XIX: corsetería rígida, polisones, estructuras internas que no acompañan al cuerpo sino que lo reemplazan. En Dior, Jonathan Anderson presentó en 2024 guardainfantes de escala desproporcionada. En Schiaparelli, Daniel Roseberry afinó cinturas y marcó caderas mediante ingeniería textil. No es nostalgia. Es reciclaje disciplinario.

Como historiadora improvisada, me interesa el cruce temporal. En 1850, el corsé comprimía órganos; en 1950, Hollywood consolidó la silueta reloj de arena; en 2025, la delgadez extrema se obtiene con una inyección semanal y se corrige con acolchados estratégicos. El resultado es un cuerpo en capas, producido por fases. Primero se reduce. Luego se rellena. Después se exhibe. La moda ya no idealiza una anatomía posible sino una maqueta. La frase atribuida erróneamente a Balenciaga reaparece porque encaja con la época: el cuerpo como material prescindible. No importa que la cita no sea exacta. Importa que hoy se sienta verosímil.

La violencia estética no necesita gritos. Opera con técnicas limpias, calendarios claros y promesas de control. La historia demuestra que cada avance técnico amplía el rango de exigencia. Antes dolía el cuerpo. Ahora duele la cuenta bancaria. El mecanismo sigue intacto.

Conservadurismo, espectáculo y disciplina

Entre 2023 y 2025, el regreso del ideal corporal clásico coincidió con un giro político reconocible en Estados Unidos y Europa. No es casualidad. Victoria Pitts-Taylor lo explicó con precisión: la exaltación del cuerpo femenino convencional avanza junto a discursos que buscan fijar género, rol y apariencia. La moda responde rápido. Vestidos con caderas exageradas en Gaultier, leotardos con curvas añadidas en Duran Lantink, corsés omnipresentes en alfombras rojas. La silueta se estrecha arriba y abajo. El centro manda.

Los ejemplos abundan y conviene nombrarlos para no caer en abstracciones. Festival de Venecia 2025: Alba Rohrwacher con polisón Dior. Gala amfAR Londres: Julia Fox con Marc Jacobs hipertrofiado. Globos de Oro: Ariana Grande vestida de María Antonieta versión Westwood. No son accidentes estilísticos. Son señales coordinadas. Incluso marcas de ropa interior como Skims incorporaron rellenos fijos en caderas y glúteos. El cuerpo se convierte en accesorio intercambiable.

Aquí aparece una paradoja incómoda. Muchas mujeres declaran sentirse poderosas dentro de estas estructuras. No las contradigo. La historia del vestir muestra que la apropiación resignifica objetos opresivos. Aun así, el contexto importa. Cuando el margen de elección se estrecha y la visibilidad se premia con algoritmos, la decisión deja de ser privada. El mercado observa, mide y replica. Lyst registró en 2025 un aumento del 52 por ciento en búsquedas de prendas esculpidas. Los datos no juzgan. Describen.

La sátira se escribe sola. Adelgazamos con química industrial para luego comprar volumen textil. Quitamos carne. Añadimos espuma. Todo muy racional. Todo muy eficiente.

Tecnología, identidad y disonancia

Valerie Steele recordó algo clave: el cuerpo nunca fue natural. Tatuajes, dietas, tacones, musculación. La diferencia actual radica en la velocidad y la promesa de facilidad. En el siglo XIX, modificar el cuerpo exigía tiempo y dolor. En 2025, basta una receta y una tarjeta. Esa accesibilidad amplía la presión. Si es rápido, se espera que todas puedan hacerlo. Si no lo haces, fallas.

Aquí la violencia estética adopta una forma silenciosa.Por lo que el cuerpo real persigue al cuerpo digital. Filtros, retoques y prendas técnicas crean una meta móvil. Susie Orbach advierte sobre la disonancia resultante. Primero se altera la forma. Luego aparece el malestar. Freud al revés. La materia precede al conflicto.

El fenómeno también afecta a la identidad. Pitts-Taylor señala que antes las modificaciones corporales marcaban pertenencia estable. Hoy funcionan como consumo rápido. Cambian por temporada. Se desechan. El cuerpo entra en el mismo ciclo que la moda. Primavera, otoño, olvido. En este punto, el feminismo necesita precisión. No basta denunciar estándares. Hay que observar las infraestructuras que los sostienen: farmacéuticas, plataformas, industrias creativas, discursos de empoderamiento listos para ser monetizados.

Confieso una sospecha personal. Esta obsesión por reconstruir el cuerpo parece menos deseo y más miedo. Miedo a desaparecer del flujo visual. Miedo a no coincidir con la imagen proyectada. El corsé como armadura. El relleno como máscara. Nada nuevo. Solo más rápido.

¿Después del artificio?

La historia sugiere que toda tendencia genera su reacción. Roseberry mismo habló en 2025 de buscar movimiento y libertad tras el exceso estructural. Algunas figuras públicas empezaron a marcar distancia. Kate Winslet eligió trajes sastre y criticó la persecución de la perfección digital. Michaela Stark habló de cuerpos reconocibles. Palabras atractivas. Aun así, conviene cautela. La industria también vende autenticidad.

La pregunta no es si volveremos al cuerpo “natural”. Esa categoría siempre fue una ficción. La cuestión real es quién decide el ritmo y el costo de la transformación. Mientras los GLP-1 se abaratan y la moda refina sus prótesis, la exigencia se normaliza. Lo extremo se vuelve estándar. La Gala del Met de 2026, dedicada al cuerpo vestido, será un termómetro cultural. No por los vestidos sino por la reacción pública.

La violencia estética no necesita villanos claros. Tiene el efecto de una acumulación por capas. Una cita mal recordada. Un algoritmo. Una pasarela. Un fármaco. El feminismo, si quiere ser útil, debe abandonar la consigna cómoda y entrar en el archivo. Fechas, técnicas, contextos. Nombrar sin dramatizar. Analizar sin moralizar.

Adiós, autoaceptación. No te derrotaron las modelos sino la logística. Quizá el siguiente gesto político consista en algo menos espectacular: desacelerar la idea que el cuerpo debe lucir de alguna manera. Dejar de rehacernos por temporadas. Recuperar el cuerpo no como proyecto, sino como límite. Suena poco glamour. Precisamente por eso resulta urgente.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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