Cuerpo y poder: cómo las mujeres habitamos el liderazgo.

Cuerpo y poder: cómo las mujeres habitamos el liderazgo.
febrero 16, 2026 Susana Reina

Durante siglos, el cuerpo de las mujeres ha sido un territorio ajeno. Regulado, observado, juzgado, domesticado. En los espacios de poder esa historia pesa más de lo que solemos admitir. Porque no solo se trata de ocupar un cargo o una silla en la mesa. Se trata de cómo ocupamos el espacio, de cómo nos movemos, de cómo nuestra corporalidad es interpretada —y, muchas veces, malinterpretada— dentro de estructuras que todavía responden a códigos masculinos de autoridad.

Antes de hablar, el cuerpo ya comunica. En el liderazgo, ese lenguaje no verbal es clave: postura, mirada, tono, movimiento. Sin embargo, las mujeres hemos sido entrenadas para reducir nuestra presencia, para no incomodar. A lo largo de la historia, se nos ha enseñado a sentarnos con las piernas cruzadas, a hablar en voz baja, a no interrumpir, a pedir permiso y perdón para expresarnos.

Ese condicionamiento cultural tiene un efecto directo en cómo lideramos y cómo somos percibidas. Diversos estudios demuestran que los comportamientos asociados a autoridad —hablar con firmeza, ocupar espacio, mirar directamente— son valorados positivamente en los hombres, pero interpretados como agresivos o arrogantes en las mujeres. En otras palabras, el mismo gesto corporal que comunica poder en un hombre, puede ser leído como amenaza en una mujer.

Por eso, cuando una mujer asume un rol de liderazgo debe negociar constantemente con los mandatos de género inscritos en su cuerpo. Son desafíos técnicos y estratégicos los que enfrenta para no parecer demasiado dura, ni demasiado suave; no ser demasiado visible, ni demasiado discreta; no moverse demasiado, ni quedarse inmóvil.

El cuerpo que lidera

Liderar desde un cuerpo femenino implica habitar una tensión constante. A veces, sentimos que debemos neutralizarnos para encajar: vestir de manera sobria, gesticular poco, controlar la emoción. En otros casos, sentimos la presión de “performar” feminidad, de cuidar la estética, de mostrarnos agradables o cercanas para no generar rechazo.

Ambos extremos son agotadores y falsos. Porque el liderazgo auténtico no puede florecer en la represión. No se trata de imitar los códigos masculinos de poder, ni de suavizarnos hasta volvernos inofensivas. Se trata de redefinir qué significa liderar desde un cuerpo de mujer, desde nuestras experiencias, sensibilidades y formas de estar en el mundo.

El poder, entendido desde esta perspectiva, deja de ser dominación para convertirse en presencia. Una mujer poderosa no es la que impone, sino la que se sostiene. La que habita su cuerpo sin pedir disculpas por él. La que puede hablar sin justificar, caminar sin encogerse, mirar sin bajar los ojos.

El cuerpo también marca la relación con el espacio físico. En las reuniones, por ejemplo, los estudios muestran que los hombres tienden a ocupar más espacio: se sientan con las piernas abiertas, extienden los brazos, interrumpen. Las mujeres, en cambio, suelen replegarse, ocupar menos superficie, ceder el turno de palabra.

Esto no es casualidad, ya que responde a una estructura simbólica donde el espacio público fue históricamente masculino y el privado, femenino. Por eso, cuando una mujer se expande, el sistema se incomoda. El cuerpo femenino en el poder todavía desestabiliza jerarquías que parecían naturales.

Pero justamente ahí está la oportunidad de reapropiarnos del espacio, no como un acto de confrontación, sino de legitimidad. Cuando una mujer se levanta a hablar, cuando sostiene la mirada de su interlocutor, cuando camina segura hacia el centro de la sala, está enviando un mensaje más profundo que el contenido de su discurso: está diciendo yo pertenezco aquí.

Esa afirmación corporal es política. Porque cada gesto que rompe la tradición de la pequeñez es una forma de resistencia.

La manera en que las mujeres nos percibimos a nosotras mismas también define nuestro ejercicio del poder.

Muchas veces el síndrome de la impostora no nace de la duda sobre nuestras capacidades, sino de la disonancia entre el cuerpo que habitamos y la imagen del líder que nos enseñaron.

Nos cuesta vernos como autoridad porque los referentes culturales del poder siguen siendo mayoritariamente masculinos. En películas, noticias y hasta en manuales de liderazgo, el líder “tipo” suele ser un hombre blanco, alto, de voz grave y gestos amplios. No es casual que las mujeres que no encajan en ese molde deban explicar su legitimidad una y otra vez.

Romper ese imaginario implica reconciliarnos con nuestros cuerpos como fuente de poder, no como obstáculo. Significa reconocer la fuerza en la vulnerabilidad, la autoridad en la empatía, la presencia en la escucha. Significa también aceptar que la inteligencia emocional, la intuición y el cuidado son formas de poder que el liderazgo tradicional no supo valorar.

Por eso, liderar desde el cuerpo también es liderar desde la conciencia. Escuchar lo que sentimos, entender cómo lo transmitimos y reconocer cómo impactamos en los demás. Un cuerpo tenso comunica rigidez; un cuerpo presente, confianza. El liderazgo consciente no se basa solo en lo que se dice, sino en la energía que se proyecta.

Redefinamos el poder

El verdadero cambio ocurre cuando las mujeres dejan de adaptar su cuerpo a los moldes del poder y comienzan a adaptar el poder a la medida de sus cuerpos. Eso implica una transformación cultural profunda: que las empresas revisen sus normas implícitas sobre apariencia, tono, comportamiento; que las instituciones dejen de premiar el exceso de control y comiencen a valorar la autenticidad; que el liderazgo deje de ser sinónimo de dureza y se asocie con coherencia.

En última instancia, habitar el cuerpo con plenitud es un acto político. Cada vez que una mujer se presenta ante el mundo desde su verdad, sin minimizarse ni fingir, está expandiendo los límites de lo posible para todas las demás.

Quizás la revolución más profunda no sea conquistar más lugares, sino ocuparlos de otra manera: con el cuerpo erguido, la voz firme y la certeza de que el poder también puede ser un lugar habitable.

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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