En la coyuntura actual venezolana – un momento de reconfiguración del poder político y simbólico ante la salida de Nicolás Maduro de la presidencia y la incertidumbre sobre lo que vendrá después – dos mujeres ocupan el centro del escenario político y mediático: María Corina Machado, principal figura de la oposición y Delcy Rodríguez, alta funcionaria de un autoritarismo que se perpetúa en el poder y quien ahora ejerce como presidenta interina de Venezuela. Sus trayectorias políticas, diferentes e incomparables. Sus credenciales académicas incuestionables. Sin embargo, en el espacio mediático y digital, la diferencia sustantiva parece diluirse bajo un mismo encuadre: dos mujeres “disputándose” el favor de Donald Trump.
En días recientes, esta lógica se ha expresado con particular crudeza en titulares, piezas de opinión y hasta memes que reducen la disputa política venezolana a una escena casi romántica. Se ha hablado de un “triángulo” entre Donald Trump, Delcy Rodríguez y María Corina Machado; de “dos mujeres enfrentadas por un mismo hombre todopoderoso, magnético y naranja”; de una “disputa por el favor de Trump” o de “dos Sherezades del patio trasero”, como si el destino de Venezuela se resolviera en una competencia sexoafectiva. Incluso desde registros irónicos o pretendidamente críticos se ha insistido en una narrativa que desplaza el conflicto político al terreno del drama de las telenovelas latinoamericanas, al mejor estilo de Televisa o RCTV y la caricatura del género.
Estas representaciones no son ni anecdoticas ni inocentes. Constituyen formas de un machismo solapado que opera a través del lenguaje novelesco. Al presentar a María Corina Machado y a Delcy Rodríguez como dos mujeres que compiten entre sí por la atención de un líder masculino, se produce una doble operación simbólica: por un lado se vacía de contenido el liderazgo opositor democráticamente legitimado y representado por Machado; por otro se banaliza el rol estratégico de una funcionaria clave en la consolidación interna y proyección internacional de un régimen autoritario. En ambos casos, las mujeres dejan de ser sujetas políticas para convertirse en personajes de una fábula sexualizada.
Donald Trump aparece así como el centro gravitacional del relato: juez, premio, trofeo y validación última. Ellas orbitan y él decide. La escena reproduce una jerarquía de género y de poder global en la que incluso mujeres con agencia real, aunque situadas en campos políticos opuestos como Machado y Rodríguez, son representadas como dependientes de la mirada del líder masculino que ejerce la fuerza, ordena y controla. La comparación implícita con liderazgos masculinos revela una doble vara persistente: cuando hombres pugnan por apoyos internacionales, el análisis se mueve en el terreno de la geopolítica, la fuerza o la estrategia; cuando lo hacen mujeres, el foco se desplaza hacia lo personal, lo emocional o lo seductor. Así, el machismo no solo distorsiona la lectura del poder de las mujeres, sino que reproduce una clave profundamente conservadora: al negar la agencia política de las mujeres, termina fortaleciendo las propias estructuras de poder que lo sostienen.
Este artículo no pretende equiparar proyectos ni blanquear el autoritarismo del chavismo/madurismo. Por el contrario, parte de una distinción política clara entre quien encabeza en este momento una oposición que busca una transición democrática y quien ahora administra la continuidad de un sistema autoritario. Tampoco este texto parte de una mirada ingenua sobre el lugar de Estados Unidos en el escenario internacional. La disputa en Venezuela se inscribe en un contexto geopolítico en el que reaparecen con fuerza las lógicas de las zonas de influencia y la “diplomacia” transaccional.
Lo que se cuestiona aquí es otra cosa: la persistencia de marcos machistas que, ante mujeres con poder, prefieren la metáfora sexista a la lectura política. En una Venezuela en la que muchas personas imaginan una transición democrática, cabe preguntarse si es posible pensar en un cambio real sin desmontar también las formas simbólicas del patriarcado que siguen organizando el debate público.