Hay algo que necesito decir con claridad, sin rodeos y sin eufemismos. Defender a un régimen que violó sistemáticamente los derechos humanos, aun cuando esa defensa se disfrace de antiimperialismo, soberanía o lealtad política, no es feminismo, no lo es en Venezuela y no lo es en ningún lugar del mundo.
El feminismo, en su raíz más profunda, se opone a toda forma de opresión. Sin excepciones. Sin dobles estándares según quién ejerza la violencia. Cuando el feminismo deja de anteponer la libertad, la dignidad y la vida de las personas —especialmente de las mujeres— para proteger una ideología, deja de ser feminismo.
Todavía no estoy preparada para escribir sobre cómo me sentí durante y en las horas siguientes al bombardeo, aún estoy procesando todo el terror y la angustia porque aunque no estoy en Venezuela la mitad de mi corazón sigue allí. Lo único que puedo decir es que no me hizo feliz, creo que a nadie le gusta ver a su tierra en llamas. Pero cada vez que preguntábamos a quienes hoy nos critican cuál era la alternativa real, la respuesta era el silencio.
Durante años, el pueblo venezolano pidió ayuda. Denunció. Documentó. Resistió. Tocó todas las puertas posibles. Y mientras tanto, gran parte de la comunidad internacional —incluidos muchos gobiernos de izquierda— optó por abstenerse, por mirar hacia otro lado, por no incomodar a un aliado ideológico. Esa abstención también es una forma de complicidad. No siempre se es cómplice por acción; a veces se es cómplice por omisión.
En ese mismo período, muchos activistas de derechos humanos —entre ellos activistas feministas y LGBTIQ+— sí levantaron la voz. Recopilaron información, documentaron violaciones, denunciaron ante instancias internacionales, asumiendo todos los riesgos que eso implicaba para contarle al mundo lo que estaba pasando en Venezuela. Mientras la comunidad internacional se dividía entre comunicados tibios de “preocupación” o la abstención en votaciones escudándose en la soberanía, muchos de esos activistas que confiaron en el derecho internacional terminaron perseguidos, encarcelados y torturados.
Hoy, muchas voces se apresuran a juzgar al pueblo venezolano por atreverse a sentir un poco de esperanza. Por celebrar la captura de quien no fue un presidente legítimo, sino un usurpador que gobernó mediante el terror de Estado. No “sacaron a un presidente”. Cayó alguien responsable de cárceles clandestinas, torturas, desapariciones y persecución política. Muchas de esas voces —hay que decirlo— pertenecen a feministas reconocidas que, desde posiciones de privilegio y distancia, se permiten dictar lecciones morales sin asumir el costo de vivir bajo un régimen autoritario.
Y en cuanto a las feministas venezolanas que emitieron comunicados en apoyo al régimen de Maduro hablando en nombre de “todo el feminismo venezolano”, es necesario decirlo con claridad: esa pretensión es profundamente soberbia. Nadie les otorgó la representación de todas. El feminismo venezolano es diverso, plural y mayoritariamente víctima de ese mismo régimen que ellas decidieron justificar.
Sabemos —mejor que nadie— que no existe ayuda desinteresada en la geopolítica. Nadie es ingenuo. Pero después de años de abandono, ¿de verdad se le puede negar a un pueblo el derecho a respirar por un momento, a abrazar a algunos de los presos políticos liberados, personas que fueron torturadas y humilladas? ¿De verdad el reproche moral va dirigido a las víctimas y no a quienes dejaron que todo llegara hasta aquí?
Seguimos respirando incertidumbre. Pocas cosas han cambiado. Nuestros opresores siguen en el poder y la violencia estructural no ha desaparecido. Pero ver a uno de los asesinos del pueblo venezolano siendo juzgado genera, al menos, un pequeño alivio.
Antes de seguir, una aclaratoria necesaria: no se está defendiendo de ninguna manera al gobierno de Estados Unidos, y mucho menos a su actual presidente, que representa todo lo opuesto al feminismo y al humanismo. Esto no va del simplismo peligroso de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. No lo es.
Se puede condenar a Trump y a Maduro al mismo tiempo. Se puede denunciar a la izquierda y a la derecha con el mismo énfasis cuando se violan derechos humanos. Como feministas no nos deberían definir las ideologías, ni las banderas. Debe más bien definirnos el compromiso con la justicia, con la vida y con la libertad.
Tal vez la pregunta incómoda no es por qué intervino Estados Unidos, sino por qué nadie más hizo nada antes. En qué falló el derecho internacional. En qué fallaron los mecanismos de protección. En qué fallaron los gobiernos que se dicen defensores de los pueblos, pero guardaron silencio cuando el pueblo venezolano pedía auxilio.
Por supuesto que la intervención no es lo ideal. Nunca lo es. Pero repetir esa frase sin ofrecer una sola alternativa concreta, después de años de inacción, no es análisis político: es comodidad moral.
Para muchas de nosotras, queda un dolor muy profundo que no viene solo de la violencia del régimen, sino de la traición de muchas referentes y organizaciones feministas en el mundo. Mujeres que decidieron ignorar nuestro sufrimiento para no incomodar su relato ideológico. Que eligieron una narrativa “correcta” antes que la empatía.
Hay algo más que no puede seguir siendo ignorado: en todos estos años, las más afectadas por la crisis venezolana han sido precisamente las mujeres. Mujeres empobrecidas, mujeres cuidadoras sosteniendo hogares en medio del colapso, mujeres migrantes forzadas a huir, mujeres presas, perseguidas, torturadas, mujeres que cargaron sobre sus cuerpos el costo más alto de la violencia política y económica.
Si se va a ignorar todo eso, al menos debería existir la decencia de no hacerlo en nombre del feminismo. Porque no hay nada feminista en borrar el sufrimiento específico de las mujeres cuando ese sufrimiento incomoda una posición ideológica.
Pero es importante decirlo con todas sus letras: el feminismo no nos abandonó. Fueron ellas quienes abandonaron el feminismo para servir a una ideología con lógicas patriarcales: autoritarismo, culto al poder, silenciamiento de las víctimas y desprecio por los derechos humanos.
Y esto no aplica solo a Venezuela, ni a un solo lado del espectro político. Si eres feminista y realmente te importan los derechos humanos, alzas la voz por las mujeres de Irán y por las de Palestina, por las de Venezuela y por las de Ucrania, y también por las mujeres migrantes que hoy son perseguidas en Estados Unidos. Por las de todos los países donde la guerra, el autoritarismo y la violencia las atraviesan. Sin excepciones. Sin cálculos geopolíticos. Sin jerarquías del dolor.
El feminismo no puede convertirse en una reedición de la Guerra Fría, donde el mundo se divide en dos bandos y todo se justifica según quién oprime. Ya sabemos cómo termina esa historia. ¿De verdad estamos dispuestas a repetirla?
Si el feminismo quiere seguir siendo una herramienta de liberación, tiene que volver a su centro ético: la vida, la libertad, la dignidad y la empatía. Todo lo demás es ruido y propaganda.
