El hilo que no se corta: igualdad, placer y política rumbo a 2026

El hilo que no se corta: igualdad, placer y política rumbo a 2026
enero 9, 2026 Aglaia Berlutti

Entramos a 2026 con promesas incumplidas y avances reales: un paisaje desigual donde el feminismo sigue siendo brújula, herramienta práctica y acto cotidiano, no reliquia histórica ni consigna decorativa.

Cada cierto tiempo reaparece la misma pregunta, formulada con aire de cansancio ilustrado: ¿no se ha hecho ya bastante por la igualdad entre mujeres y hombres? La duda suele apoyarse en datos ciertos pero incompletos. Sí, hoy hay mujeres dirigiendo corporaciones globales, ocupando ministerios y dominando matrículas universitarias. Sí, existen leyes que sancionan la discriminación y discursos públicos que hablan de equidad con naturalidad. El problema no es que esos avances sean falsos, sino que son desiguales, frágiles y, sobre todo, insuficientes cuando se observan desde la vida diaria. En el mundo contemporáneo la distancia entre lo que prometen las políticas públicas y lo que ocurre en hogares, hospitales y oficinas sigue siendo profunda. La igualdad no falla por exceso de ideología, falla por déficit de resultados medibles.

Salarios que no alcanzan, sistemas de salud que excluyen, trayectorias laborales interrumpidas y violencias normalizadas no son abstracciones académicas: son experiencias repetidas, con nombre, código postal y consecuencias acumulativas. Desde una perspectiva feminista, insistir en este diagnóstico no es nostalgia militante, es análisis empírico. El progreso existe, pero no se distribuye de manera equitativa, y cuando se celebra sin matices corre el riesgo de convertirse en excusa para la inacción.

Conviene recordar algo básico: los derechos no son trofeos que se guardan en una vitrina histórica. Funcionan más como músculos: si no se ejercitan, se atrofian. En la última década, la participación femenina en el mercado laboral estadounidense ha rozado máximos históricos, especialmente tras la recuperación posterior a la pandemia de 2020. Al mismo tiempo, las mujeres superan a los hombres en obtención de títulos universitarios desde hace años. Sin embargo, estas cifras conviven con una realidad incómoda: las brechas salariales persisten en prácticamente todos los sectores, y se agravan cuando se cruzan con raza, edad y maternidad. Las mujeres negras y latinas, por ejemplo, continúan concentradas en empleos peor pagados y con menor protección social.

Esto no es una anomalía estadística, es un patrón estructural. Además, la subrepresentación femenina en cargos ejecutivos y espacios de decisión política sigue siendo evidente en 2025, pese a avances puntuales. El feminismo contemporáneo insiste en algo muy simple: no basta con contar cuántas mujeres entran al sistema; hay que observar qué lugar ocupan, cuánto poder real tienen y a qué costo personal. Sin ese análisis, el discurso del progreso se convierte en maquillaje institucional. Por lo que 2026 será crucial para definir un nuevo territorio de lucha por los avances en la igualdad, el respeto y la dignidad.

Economía doméstica, dignidad pública

Hablar de economía desde el feminismo no es un ejercicio teórico: es una conversación sobre supervivencia y autonomía. En sociedades donde el trabajo remunerado define el acceso a vivienda, salud y jubilación, ganar menos significa vivir con menos margen de error. En promedio, las mujeres en Estados Unidos continúan recibiendo salarios inferiores por tareas equivalentes, una diferencia que, acumulada a lo largo de décadas, se traduce en cientos de miles de dólares perdidos. No es un detalle técnico: es la razón por la que muchas mujeres llegan a la vejez con ahorros insuficientes o dependen de redes familiares precarias.

La situación se vuelve más urgente en hogares monoparentales, mayoritariamente encabezados por mujeres, donde los costos de crianza, atención médica y alquiler no se reducen por solidaridad estructural. El feminismo económico lleva décadas señalando que cerrar estas brechas no solo beneficia a quienes las padecen directamente. Cuando los ingresos se distribuyen de forma más justa, aumenta el consumo local, se fortalece la estabilidad comunitaria y se reduce la dependencia de sistemas de asistencia de emergencia. Dicho sin épica: la igualdad salarial funciona. Los datos lo confirman una y otra vez.

Aun así, el lugar de trabajo sigue siendo un campo minado. Tras la pandemia, muchas empresas adoptaron esquemas de flexibilidad horaria y trabajo remoto. En teoría, una victoria. En la práctica, las mujeres que utilizan estas opciones son más propensas a ser evaluadas como menos comprometidas o menos disponibles para ascensos. Las trayectorias profesionales “ideales” continúan basándose en modelos masculinos del siglo XX: disponibilidad total, linealidad y ausencia de responsabilidades de cuidado. El sesgo no siempre se presenta como hostilidad abierta; suele ser discreto, casi educado.

Aparece en evaluaciones ambiguas, en promociones pospuestas, en decisiones “técnicas” que nunca son neutrales. Muchas organizaciones han respondido con capacitaciones y manuales, pero el feminismo organizacional es claro: sin datos públicos, objetivos verificables y consecuencias reales, las buenas intenciones se evaporan. Cuando las instituciones se toman en serio la equidad de género, los resultados son visibles: menor rotación, liderazgos más diversos y entornos laborales más sanos. La igualdad, sorpresa, también es eficiencia.

Cuerpos, aulas y democracia

Reducir la igualdad a oficinas y parlamentos sería un error. El género atraviesa también la salud, la educación y la seguridad cotidiana. En Estados Unidos, las mujeres suelen enfrentar mayores costos sanitarios a lo largo de su vida, especialmente en lo relativo a salud reproductiva. El acceso varía drásticamente según el estado, el nivel de ingresos y la ubicación geográfica, con zonas rurales y comunidades marginadas particularmente afectadas.

Estas desigualdades no son naturales ni inevitables; son el resultado de decisiones políticas concretas, tomadas en fechas y lugares específicos. En educación, el panorama es igualmente complejo. Aunque las niñas y jóvenes muestran altos niveles de rendimiento académico, siguen estando subrepresentadas en áreas como ingeniería, ciencias duras y tecnologías avanzadas, campos clave para la economía del siglo XXI. Las investigaciones educativas coinciden en que estas brechas se forman temprano, alimentadas por expectativas sociales, falta de referentes y desigual acceso a recursos. Desde una mirada feminista, garantizar igualdad aquí significa intervenir antes, no corregir tarde.

La democracia, por su parte, tampoco es neutral al género. La representación importa, no como gesto simbólico, sino como condición para decisiones más completas. Aunque en las últimas décadas ha aumentado el número de mujeres electas a nivel global, los órganos legislativos y ejecutivos aún no reflejan la diversidad real de la población. Esto tiene consecuencias directas en políticas sobre salud, educación, licencias parentales y violencia de género. Pero la participación democrática va más allá del voto. Incluye quién define la agenda pública, qué experiencias se consideran legítimas y qué problemas reciben atención prioritaria. Cuando las voces femeninas — en toda su diversidad — quedan al margen, la democracia se empobrece. Defender la igualdad de género, en este sentido, es fortalecer la confianza en el sistema democrático mismo.

2026: tecnología, activismo y placer

Mirar hacia 2026 implica reconocer que el contexto está cambiando rápido. La expansión de la inteligencia artificial, los nuevos modelos laborales y la inestabilidad económica global redefinirán oportunidades y riesgos. La historia reciente demuestra que, sin intervención consciente, los sesgos existentes tienden a replicarse en nuevas tecnologías. Algoritmos entrenados con datos desiguales producen resultados desiguales. Por eso, las decisiones que se tomen ahora — en legislación, educación y diseño tecnológico — serán determinantes.

La igualdad no avanza sola ni por inercia. Requiere vigilancia, evidencia y acción sostenida. A nivel político, los objetivos feministas para 2026 pasan por proteger derechos reproductivos, garantizar seguridad económica y defender a comunidades históricamente vulneradas, incluidas las personas trans y no binarias. A nivel personal, el desafío es no caer en la parálisis. El activismo no tiene una única forma: puede ser votar, organizarse, donar, educar o simplemente no mirar hacia otro lado. Hacer algo, aunque sea pequeño, sigue siendo un acto de resistencia eficaz contra la desesperanza programada.

Pero el feminismo no se sostiene solo con denuncia. También necesita placer, descanso y cuerpos vivos. En un clima político tenso, buscar alegría se convierte en un gesto radical. Permitirse disfrutar de la comida, del movimiento, de la sensualidad y del juego desafía una cultura que ha intentado disciplinar especialmente a los cuerpos femeninos mediante culpa y vergüenza. La crítica feminista a la cultura de la dieta, respaldada por décadas de investigación en salud pública, es clara: una relación basada en miedo y restricción no es bienestar. Reconciliarse con el cuerpo, comer sin ansiedad, moverse por disfrute y no por castigo son objetivos profundamente políticos. No se trata de indulgencia superficial, sino de salud sostenible. En 2026, aspirar a la paz con el propio cuerpo es tan importante como cualquier reforma legislativa, porque ambas cosas se refuerzan mutuamente.

Un compromiso que continúa

El horizonte no exige perfección, exige coherencia. La igualdad de género sigue siendo relevante en 2026 porque nunca fue un capítulo cerrado, sino un proceso en curso. Desde una mirada feminista, el objetivo es claro: reducir la distancia entre derechos formales y vidas reales. Eso implica políticas públicas mejor diseñadas, instituciones responsables y decisiones personales alineadas con valores de justicia y cuidado.

Implica también rechazar la narrativa de que el cansancio social justifica el retroceso. Cuando la igualdad avanza, no lo hace de manera abstracta: mejora salarios, amplía opciones, fortalece democracias y, sí, permite vidas más habitables. El hilo no se ha roto. Sigue ahí, tensado entre lo logrado y lo pendiente. La tarea de 2026 es sostenerlo, estirarlo y no soltarlo. Porque el futuro, aunque a veces parezca frágil, todavía se puede construir con datos, placer y un poco de ironía bien colocada.

 

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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