He dedicado una parte importante de mi trabajo a explorar las Nuevas Masculinidades y a ser un aliado activo del feminismo. Al hacerlo, he notado un fenómeno fascinante y a la vez preocupante: la forma en que ciertas dinámicas de género que el feminismo ha combatido ahora se reflejan en los hombres que se atreven a incursionar en campos tradicionalmente «feminizados», como es el caso del diseño gráfico.
Estoy hablando del «Precipicio de Cristal» o Glass Cliff, un concepto acuñado para describir cómo a las mujeres se les permite ascender a puestos de liderazgo solo cuando la empresa está en crisis, exponiéndolas a un mayor riesgo de fracaso.
Mi tesis es que, si bien el diseño gráfico es un campo con alta participación femenina, los hombres que nos adentramos en él, especialmente aquellos que abrazamos una masculinidad deconstruida, corremos el riesgo de caer en una trampa similar, aunque sutilmente diferente, a la que afecta a nuestras colegas.
La Trampa del Privilegio y el Escenario de Crisis
No podemos negar que, incluso en un campo feminizado, el privilegio masculino puede actuar como una «Escalera Mecánica de Cristal» (Glass Escalator). Es decir, a veces los hombres somos ascendidos más rápido a puestos directivos, a pesar de que la base de la profesión esté dominada por mujeres. Esto puede ser visto como un beneficio, pero esconde un riesgo:
Promoción en la crisis: ¿Con qué frecuencia se nos asciende a puestos de coordinación o gerencia solo cuando el equipo de diseño está en crisis, mal gestionado o al borde del colapso reputacional? Al igual que la trampa original, se nos da el mando en el momento menos oportuno, esperando que nuestra «autoridad» masculina —a veces inconscientemente sobrevalorada— sea la solución mágica.
El alto estándar del talento masculino: Si un hombre incursiona en un campo como el diseño, a menudo se espera que su trabajo sea excepcional para justificar su presencia en un espacio femenino. Si fallamos, o si nuestro trabajo es simplemente «bueno», la caída es más fuerte. El error de un hombre puede reforzar el sesgo de que «esos no son puestos para hombres», o peor aún, confirmar la idea de que los hombres solo sirven para la gestión, no para la creatividad inherente al campo.
Aislamiento y falta de red: Al romper con la masculinidad hegemónica y abrazar un campo «suave», a menudo perdemos nuestra red de apoyo tradicional. No estamos en los espacios masculinos de poder, pero tampoco somos automáticamente aceptados en las redes de sororidad femeninas. Esta falta de una red protectora nos deja más expuestos cuando estamos al borde del precipicio profesional.
Reconstruir desde la vulnerabilidad.
Este análisis no busca victimizar al hombre, sino visibilizar el mecanismo de género que sigue operando. Al igual que con el feminismo, mi llamado es a la conciencia crítica.
Para las Nuevas Masculinidades, el «Precipicio de Cristal» debe ser una invitación a:
Cuestionar la promoción rápida: Si nos ofrecen un puesto de liderazgo acelerado, debemos preguntar: «¿Por qué yo, y por qué ahora? ¿Cuál es el riesgo real de la empresa o el equipo?»
Ser aliados genuinos: Usar ese posible acceso al liderazgo para visibilizar el talento femenino y desmantelar el privilegio, no para reforzarlo inconscientemente.
Abrazar la deconstrucción: Entender que los fenómenos de género son espejos. Al igual que el techo de cristal nos habla de las barreras femeninas, el precipicio de cristal —en su versión original o en esta analogía— nos obliga a ver cómo la rigidez de los roles de género nos perjudica a todos.
Romper con la masculinidad hegemónica es un acto de coraje. Pero debemos asegurarnos de que el coraje no nos lleve a un abismo profesional solo para validar una masculinidad obsoleta que nos empuja a la cima de una crisis.