Mujeres misóginas, claro que las hay.

Mujeres misóginas, claro que las hay.
octubre 24, 2025 Veronica Arvelo

Cada vez que alguien me pregunta si una mujer puede ser misógina, me dan ganas de contestar con otra pregunta: ¿Acaso las mujeres nacemos inmunes al veneno del patriarcado? Nos lo sirven desde pequeñas en el jugo que acompaña el desayuno, nos lo repiten en la escuela, nos lo gritan en la calle y hasta nos lo enmarcan en los refranes de nuestras abuelas. Y sí, muchas terminan tragándoselo entero, como si de agua bendita se tratase.

La misoginia no es un club de caballeros. Es un sistema. Y como todo sistema, se mete bajo la piel hasta que muchas mujeres creen que ser “la esposa de” o “la madre de” es su destino glorioso, y que las demás, las que se atreven a salirse del libreto, son unas descarriadas que merecen castigo. ¿Quién nunca escuchó a una mujer decir con orgullo que prefiere trabajar con hombres porque las mujeres son conflictivas? ¿O a la madre que le aconseja a la hija no estudiar tanto porque lo que de verdad importa es casarse bien? Eso no es inocencia cultural, es misoginia hablando con voz de mujer.

El truco del patriarcado es brillante en su crueldad, logra que las dominadas reproduzcan el mismo discurso que las oprime. Beauvoir lo explicó sin anestesia: muchas mujeres colaboran con el opresor porque así reciben migajas de aceptación. Bourdieu le puso un nombre más académico: violencia simbólica, esa que te hace creer que obedecer es lo natural. Y la historia lo confirma. Isabel I, para gobernar, juraba tener corazón de rey. Pilar Primo de Rivera enseñaba a las españolas a cocinar, servir y callar como misión de vida. ¿Mujeres poderosas? Sí. ¿Aliadas de otras mujeres? Para nada.

Y no hay que hacer un recorrido histórico tan lejano, tristemente hoy tenemos cualquier cantidad de ejemplos. Desde mujeres en altos cargos políticos que defienden la “familia tradicional” a costa de nuestras libertades, hasta influencers que repiten “yo no soy feminista porque me gustan los hombres” sin detenerse un segundo a pensar la tontería que están diciendo. También están las amigas, las tías, las compañeras de trabajo que se encargan de recordarte que te estás quedando para vestir santos, que una mujer demasiado ambiciosa da miedo, o que “entre mujeres siempre hay envidia”.

Lo más perverso de este asunto es que cuando la misoginia viene de boca de una mujer, se percibe como más legítima, casi como un acto de sinceridad “femenina”. Es como si el patriarcado nos dijera: “¿ves?, no soy yo quien lo dice, son ellas mismas”. Esa validación refuerza el ciclo y hace todavía más difícil identificar el problema. No es casualidad: el sistema funciona mejor cuando consigue que las propias víctimas vigilen y corrijan a las demás.

Entonces sí: una mujer puede ser misógina. Lo es cada vez que repite sin cuestionar la cantaleta patriarcal. Lo es cuando juzga más duro a otra mujer que a cualquier hombre. Lo es cuando defiende las cadenas como si fueran pulseras de oro. Reconocer la misoginia entre nosotras abre la puerta a cuestionar lo que aceptamos como natural. Dejar de reproducirla nos permite liberarnos del veneno heredado y construir relaciones más justas entre mujeres. La misoginia no cambia de nombre porque salga de boca de una mujer; sigue siendo misoginia, y como tal hay que dejar de excusarla, llamarla por su nombre y comenzar a denunciarla, sin miedo ni justificaciones.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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