“El fanático es quien considera que su creencia no es simplemente un derecho suyo, sino una obligación para él y para todos los demás”. Esta cita de Savater la usó para referirse al islamismo como problema urgente en España y otros países en la actualidad, yo la usaré para otro tema con las mismas consecuencias sobre las mujeres.
En la era de los avances científicos y del desarrollo tecnológico ignorar la realidad no es plausible, es como obligar a la gente a decir que la Tierra es plana cuando existen demasiadas evidencias empíricas y científicas de lo contrario. Así mismo está ocurriendo desde hace algunos años (públicamente hace al menos una década) con algo que ninguna persona que se considere inteligente se atrevería a poner en duda: el sexo de la raza humana como hecho biológico, binario e inmutable.
Como dice el astrofísico Neil Degrasse Tyson “Lo bueno de la ciencia es que es verdad, creas en ella o no” y como también decía nuestro economista Profesor Emeterio Gómez “La realidad es terca y siempre termina por imponerse”. La realidad, el conocimiento científico existe independientemente de las creencias personales; sin embargo, por intereses crematísticos de una élite que se lucra a través del contagio social con la estafa de la falsa creencia del “cambio de sexo” se ha producido una crisis mundial de salud mental en casi todos los países identificados con los valores democráticos de Occidente, fundamentalmente de Europa, Australia, Nueva Zelanda y América, sobre todo Canadá y EEUU.
Para entender cómo opera el contagio social para viralizar “tendencias” perniciosas, para las más jóvenes, para quienes en su momento no lo percibieron o no se acuerdan de la crisis de trastornos alimentarios que ocurrió durante los años 80 y 90 que afectó a las adolescentes y mujeres jóvenes de esa época, explico un ejemplo: en 1978 salió publicado un libro que se convirtió en best seller mundial “La dieta Scarsdale” que se hizo muy famosa entre estrellas de cine y gente del jet set internacional. Todas (porque fue dirigido fundamentalmente a mujeres) estaban a dieta, se hizo normal y natural que las mujeres se sometieran a regímenes restrictivos de alimentos para bajar de peso y parecerse a las modelos y artistas famosas del momento.
La moda de tener “un cuerpo de verano” influyó en mujeres de todas las clases sociales y de todas las edades incluyendo adolescentes (de 15 años y más). Revistas “femeninas” como Buen Hogar, Vanidades, Cosmopolitan y la juvenil “Tú” promovían las dietas de cuanta cosa rara se les ocurriera: la dieta de la alcachofa, de la cebolla, la del repollo, la de las proteínas, la antidieta, -ahora es la Keto- entre cualquier invento absurdo para perder mucho peso en poco tiempo ofreciendo resultados milagrosos sin entrar en detalles sobre los daños a la salud ni del efecto rebote. La moda era “estar a dieta” aún sin necesitarlo, eso era lo “cool” para el momento, controlar tu peso era una forma de ser adulta y de mostrar madurez porque se promovía un estilo de vida como personas delgadas: todo esto sin mencionar los trastornos alimenticios que se generaban al compararse con modelos de belleza femenina, inalcanzables con buena salud.
Por su parte, la industria de la moda de alta costura promovía la imagen glamorosa de las modelos de pasarela: mujeres muy jóvenes, muy altas y extremadamente delgadas que diseñadores homosexuales (si, en esto es clave su orientación sexual) impusieron como ideal de belleza para las mujeres comunes: unas diosas del Olimpo perfectas. Aunque la firma Calvin Klein existe desde 1968 fue en los años 80 que su marca ganó fama mundial con sus modelos andróginas, su ropa unisex al igual que su perfume One. En esta férrea competencia entre estilistas por el mercado de la ropa prèt à portè (lista para llevar), porque la alta costura da renombre pero no dinero, ocurre la guerra de las tallas con unas modelos cada vez más delgadas. Las tallas de ropa para mujeres no estaban estandarizadas: una S de una marca equivalía a una M en otra, así empezó a haber ropa triple S para mujeres adultas que por su delgadez correspondían a contextura de niñas adolescentes y ropa talla “única” que solo servía a las más delgadas. Ser talla M empezaba a ser mal visto (aunque Marilyn Monroe fue de esta medida) y peor aún ser talla L ¡Fin de mundo! Cosas como estas impulsaron a muchas adolescentes y jóvenes saludables a someterse a la dieta del momento para poder entrar en tallas consideradas como referente de belleza.
En ese afán de “estar a la moda” muchas mujeres jóvenes y adolescentes se sometieron a dietas sin control guiadas por médicos que afectaron su salud, ocurriendo la epidemia de bulimia/anorexia que se terminó convirtiendo en problema de salud pública. Ante la alarma por los casos de muertes de mujeres por anorexia se descubrió la realidad del elegante mundo de las modelos de alta costura que se mantenían delgadas para permanecer y progresar en la profesión acudiendo al abuso de cigarros y drogas para calmar la ansiedad y el hambre encontrando que muchas sufrían de trastornos alimenticios. Estrellas de Hollywood comenzaron a admitir públicamente presión de la industria del entretenimiento para que fueran delgadas, la cantidad de médicos dietistas que se hicieron ricos y famosos ofreciendo milagros en pocos días (como los que promovían la dieta Scarsdale). Los medios de comunicación contribuyeron divulgando este canon artificial de belleza con las películas, series de Tv y las revistas que promocionaban mujeres muy delgadas, las dietas de moda y el cuestionamiento a las actrices o personalidades que no se unían a esta tendencia.
Afortunadamente para los 80/90 no existían las redes sociales o el daño hubiese sido peor y tenido mayor alcance. El contagio social de hacer dietas absurdas para tener cuerpos ultra delgados tuvo divulgación limitada pero aún así sus consecuencias fueron tan graves que los gobiernos tuvieron que intervenir para obligar a la industria de la moda a estandarizar sus tallas, a prohibir las tallas doble y triple S que eran más pequeñas que la S convencional para desestimular la demanda (y la existencia de una clientela innaturalmente delgada) y a intervenir en lo que ocurría con las modelos de alta costura a quienes el ministerio de salud (Francia, Italia y Nueva York por ser centros de moda internacional) hizo un seguimiento cerrado para imponer un peso mínimo saludable evitando el abuso de los estilistas, cuyos ideales de mujer no se correspondían con cuerpos sanos y reales.
Si revisan revistas de la época como Vogue, Burda, Harpers´Bazaar o Marie Claire podrán ver cuál era el ideal de belleza femenina de los 70, 80 y 90 que se promovía: mujeres muy altas (más de 1,75 m), muy delgadas (aproximadamente 50 kg), de pechos pequeños, sin caderas (muy parecido al cuerpo de una niña sin desarrollar). Luego en los 2000 llegó la locura de los implantes mamarios hasta como regalo de 15 años pero ese es otro despelote impuesto de la misma forma: por contagio social.
Cada época ha tenido su (o sus) modas porque esta es la forma en que el que la promueve obtiene dinero. Detrás de cada moda por inocente que se vea, hay un grupo de gente que se beneficia directa o indirectamente, por eso siempre hay que sospechar de las modas. Vamos a hacer un ejercicio para que puedan entender hacia dónde voy con esta explicación, son ustedes quienes deben llegar a la conclusión y deducirán por qué no se puede hablar de otra forma: Recuerden cómo se sentían entre los 11 y 12 años de edad, cuando empezaron a desarrollarse, en cómo se sentían con los cambios físicos de su cuerpo y con su cuerpo frente a sus pares de edad, sobre todo con los muchachos. Sentir incomodidad con algún aspecto del cuerpo en la adolescencia es normal en el proceso de maduración emocional: no te gusta tu cabello, no te gusta la forma de tu nariz, no te gusta la forma de tus piernas y tampoco la forma de los dedos de tus pies, te sientes “gorda y fea” porque tu fisonomía y contextura física están bien lejos de las de la artista de moda o del canon de belleza establecido.
Un adolescente siempre estará en conflicto con su cuerpo y con el mundo en esa búsqueda de su identidad personal, es parte natural del proceso. No le gusta nada, todo le molesta, los padres dejan de ser referentes y se convierten en “enemigos” porque no lo comprenden hasta que con el paso del tiempo las aguas se calman, aprende a reconocerse y amarse, a los 18 años ya no se ven las cosas tan fatales como se sentían a los 12 o 15 años de edad, y esa incomodidad con el propio cuerpo también se supera con el final de la adolescencia, ya no importan los dedos cabeza de morrocoy ni los cabellos ensortijados que se transforman en tumusa cuando va a llover. Es decir, se acepta la realidad y se aprende a vivir con ella, se cambia lo que se puede cambiar y se acepta lo que no tiene remedio, es un proceso que ocurre espontánea y progresivamente sin mayor intervención salvo vivir cada día lo que corresponde a tu grupo de pares que están pasando por el mismo proceso. Salvo casos excepcionales, nadie necesita tratamiento psicológico para superar la adolescencia.
Pero en la actualidad ya no son las dietas “cool” ni las prótesis mamarias innecesarias, ahora la presión social es el “cambio de sexo” de los adolescentes (y niños más pequeños) ofreciendo algo que ya no es el último celular que salió al mercado, el último grito en zapatos o los cabellos en punta colorados, hay un movimiento que promueve un “cambio” que nunca ocurrirá y que los dejará frustrados, estafados, infértiles y anorgásmicos irreversiblemente si a sus padres se les ocurre la pésima idea de apoyar el tratamiento para no llevarles la contraria. Simplemente porque se pueden hacer todas las cirugías que quieran pero cada célula de su cuerpo tiene y tendrá el sexo con el que fue engendrado que es biológico, binario e inmutable. El que se hace rico es quienes le venden las hormonas de por vida y les harán las incontables cirugías plásticas innecesarias.
Sobre la realidad material de ser hombre o mujer cada quien desarrolla una personalidad o “modo de ser” y expresa esa singularidad con lo que antes se llamaba “estilo”, entonces usted adoptaba una forma de vestir y arreglarse con la cual se identificaba y sentía cómoda que se podía considerar por su apariencia y los símbolos que utilizaba como conservador o bohemio. Los estilos de vestir y la apariencia son como un continuo dentro de dos polos, por un lado, la apariencia conservadora o tradicional apegado a las normas sociales y del lado opuesto el bohemio, más vanguardista, contestatario relacionado con los movimientos artísticos y considerado como extravagante. Hoy incluso existen tribus urbanas de gente vintage, los hipters y cosas similares, es decir, cada quien se viste como le gusta y lo representa de acuerdo con su forma de ser y pensar. Eran formas de presentarse ante el mundo que solo afectaban la apariencia sin consecuencias irreversibles para el cuerpo, las pintas irreverentes y los peinados extravagantes de la adolescencia quedaban en el baúl de los recuerdos sin secuelas ni trascendencia.
Lo que está sucediendo ahora con la infancia y la juventud es perverso porque causan daños no solo físicos sino mentales irreversibles que afectan la esencia de esos seres humanos que aún no tienen la edad ni la madurez emocional para decidir sobre algo tan grave como la mutilación y hormonación de sus cuerpos, ni para entender lo que implica perder definitivamente su fertilidad y la capacidad de sentir placer sexual. Por eso los países establecen la “mayoría de edad” para el matrimonio, fumar cigarros, beber alcohol, conducir autos, manejar armas, abrir cuentas bancarias, etc., para proteger a los que por su inmadurez necesitan tutela.
Son los adultos y los gobiernos quienes deben y pueden detener esta carnicería que tendrá consecuencias irreversibles en un grupo muy vulnerable, que tendrá incluso implicaciones demográficas a mediano y largo plazo para los países que ya han sido afectados por la disminución de los índices de natalidad. No es casual la promoción simultánea de las cirugías de “cambio de sexo” y los vientres de alquiler o gestación subrogada, no es nada inocente y tienen mucho que ver una con la otra porque la esterilización masiva de las primeras genera un mercado cautivo a las segundas.
En el futuro ¿Quiénes son los que tendrán la capacidad (física o financiera) de tener hijos? ¿Cualquier hijo de vecino de la clase trabajadora que vive en función del 15 y el último que haya sido operado por “no binario” podrá tener hijos? ¿Qué tipo de mujeres son las que aportan los óvulos a ese mercado? Piensen mal y acertarán. Esto no es “teoría de la conspiración”, es una penosa y cruda realidad que ya está afectando a muchísima gente que llegando a la madurez al terminar la adolescencia se han dado cuenta que han sido víctimas de estafa y aunque han logrado ganar demandas ante tribunales en varios países contra los profesionales que los indujeron bajo manipulación y ocultamiento de información a operarse para “cambiar” su sexo, ¡después de ojo sacado no vale Santa Lucía!
Busquen información científica que les ayude a comprender el momento que vivimos con esta perniciosa tendencia social, en internet pueden encontrar las páginas de organizaciones como @ContraBorrado @Amanda_DGRI @ReduxxMag y otras que ofrecen información de lo que sucede en diversos países que han aprobado legislaciones pro-autoidentidad. Este problema ha permeado todos los ámbitos: deporte, educación, salud, derecho, ejerciendo una atroz censura contra quienes se atrevan a disentir y oponerse. Protejan con valor y decisión lo más valioso que tiene toda sociedad: su infancia y adolescentes porque en ellos es donde está el futuro.
Apéguense a su sentido común y defiendan la realidad, nos va la vida y la civilización que conocemos en ello.
“Because this (gender ideology) is a delusional belief sistem, it can only be maintained by bullying”
Naomì Cunnighan 9/1/2025