Porno: la gran escuela de la violencia sexual.

Porno: la gran escuela de la violencia sexual.
septiembre 3, 2025 Feminismo INC

Por: Idaira Alemán Alfonso.

Hablar de sexualidad sigue siendo uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad. Y mientras callamos, la pornografía ha ocupado ese lugar vacío. Hoy es la principal fuente de “educación sexual” de la infancia, la adolescencia y también de muchísimas personas adultas.

No exageramos: la edad de acceso en España se sitúa en torno a los 8 años, y al llegar a los 16, el 75,8 % de los chicos y el 35,5 % de las chicas ya consumen porno (Ballester et al., 2019). Pero el problema no acaba en la juventud: personas adultas que crecieron sin educación sexual y con el porno como referente siguen arrastrando esas lógicas en sus relaciones de pareja, en la forma de entender el deseo y en la manera de ejercer (o sufrir) la sexualidad.

La pornografía, lejos de ser un simple entretenimiento, se ha convertido en una pedagogía global de la violencia sexual.

El porno no es sexo, es poder

Quien defiende el porno como “ficción inocente” olvida dos verdades fundamentales:

1. Que esas escenas no son fantasía animada, sino violencia ejecutada sobre cuerpos reales de mujeres atravesados por explotación, coerción o necesidad.

2. Que los mensajes se filtran en la realidad: moldean imaginarios, generan expectativas, colonizan el deseo y legitiman prácticas violentas.

La pornografía no muestra sexo: muestra poder. Poder masculino sobre cuerpos femeninos. Poder que se erotiza y se consume en masa.

¿Qué aprendemos (mal) del porno?

Jóvenes y personas de distintas edades han interiorizado aprendizajes que se repiten una y otra vez en las sesiones del proyecto Por-No Hablar:

Que el consentimiento no importa. Que los límites no existen.

Que el dolor es excitante.

Que las mujeres siempre deben estar disponibles.

Superestímulos: la pornografía exagera cuerpos, prácticas y respuestas sexuales, generando una excitación mayor que la que produciría un encuentro real.

Neuronas espejo: el cerebro registra las imágenes como si fueran experiencias propias, reforzando la imitación de conductas vistas en pantalla.

Dopamina y tolerancia: cuanto más se consume, más extremo necesita ser el contenido para lograr el mismo efecto. Eso explica la deriva hacia un porno cada vez más violento y agresivo.

La consecuencia es clara: el porno no solo enseña, también engancha. Personas jóvenes y adultas acaban atrapadas en dinámicas de consumo compulsivo que afectan a su deseo, su autoestima y su capacidad de relacionarse con otras personas.

La pornografía en la vida adulta: cuando crecer no basta.

Hay quien cree que hablar de porno es solo un tema de prevención para menores. Nada más lejos de la realidad. El porno también marca la vida de las personas adultas:

Parejas que se rompen porque el consumo compulsivo de porno sustituye el vínculo real por un deseo moldeado por la pantalla.

Hombres que solo se excitan reproduciendo guiones violentos aprendidos en la pantalla. Mujeres que fingen placer porque creen que deben gemir como en el porno para ser deseables.

Relaciones atravesadas por la frustración, donde las expectativas creadas por la pornografía nunca se corresponden con la experiencia real.

El porno no desaparece cuando crecemos: se enquista en nuestra manera de relacionarnos y de entender el sexo. Y si no lo cuestionamos, se transmite de generación en generación.

Infancia y juventud: la generación porno.

Aun así, es innegable que la mayor vulnerabilidad está en la infancia y la juventud. Cuando la pornografía se convierte en la primera y principal fuente de educación sexual, se construye una generación que aprende antes a consumir porno que a tener relaciones afectivas.

Los datos lo confirman: 3 de cada 4 jóvenes afirman que su única educación sexual proviene del porno. Y lo que es peor, cuando algo les incomoda o les genera dudas, no recurren a la familia, ni a la escuela, ni a profesionales: recurren al porno.

Pero sobre todo lo hacemos hablando. Porque mientras callamos, el porno educa.

Erotizar la ternura.

Frente a la erotización de la violencia que propone la pornografía, necesitamos erotizar la ternura. Hablar de consentimiento, de placer compartido, de comunicación, de empatía. Enseñar que el sexo no tiene que doler, que el deseo se construye desde el respeto y que el verdadero poder está en elegir relaciones libres de violencia.

Esa es la revolución pendiente: desmontar el porno como referente y construir una cultura sexual justa, diversa y libre.

No ser cómplices.

Cada clic sostiene una industria multimillonaria que se alimenta de la explotación sexual. Cada silencio permite que la pornografía siga ocupando el lugar de la educación sexual. Cada vez que no hablamos, somos cómplices.

Por eso gritamos alto: #0Cómplices. Ni en la escuela, ni en las familias, ni en nuestras camas.

Porque el porno ya habla demasiado. Ha colonizado nuestro deseo, nuestra intimidad y nuestra forma de desear. Ahora nos toca a nosotras y nosotros poner palabras distintas: feministas, libres, conscientes.

Conclusión: hace falta una aldea.

Desactivar el porno no es tarea de una sola persona ni de un solo taller. Hace falta una aldea: familias que hablen, escuelas que eduquen, profesionales que acompañen, medios que cuestionen, comunidades que cuiden y jóvenes que se atrevan a alzar la voz.

El feminismo tiene la tarea urgente de recuperar la educación sexual como un derecho y de señalar, sin miedo, que la pornografía es una forma de violencia cultural que moldea el deseo desde la desigualdad y la agresión.

No podemos seguir delegando la educación sexual en una industria que normaliza la violencia. El silencio ya no es opción: cada palabra que pronunciamos, cada espacio que abrimos y cada herramienta feminista que ponemos en marcha es un escudo frente a la pornografía.

El futuro no será libre mientras el deseo esté colonizado por la industria más agresiva del mercado. Es hora de disputar ese terreno, de arrebatarle al porno su monopolio y de construir una cultura sexual donde el placer no duela, donde el consentimiento sea innegociable y donde la ternura sea revolución.

***

Idaira Alemán Afonso es trabajadora social, Máster en Criminología y Criminalística, experta en la lucha contra la trata de seres humanos y especializada en educación en sexología y sexualidad. Es fundadora y coordinadora de Por-No Hablar, proyecto de educación sexual feminista que cuestiona el papel de la pornografía como “escuela” de la violencia sexual y acompaña a juventudes, familias y profesionales mediante talleres, formaciones y campañas. Desde hace diez años es responsable de un proyecto de atención a mujeres en situación de prostitución y víctimas de explotación sexual, lo que le ha permitido unir la intervención directa con la sensibilización social y el activismo feminista. Ha desarrollado materiales de referencia como la guía Porno vs Sexo, el vídeo Quítale el filtro y la campaña #0Cómplices, además de coordinar jornadas, publicaciones y experiencias educativas innovadoras. Su trabajo ha llegado a miles de personas en el ámbito educativo, social y sanitario, contribuyendo a abrir espacios de reflexión crítica sobre sexualidad, consentimiento y relaciones libres de violencia.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

Comments (0)

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*