El entrenador que insulta y golpea: violencia disfrazada de motivación.

El entrenador que insulta y golpea: violencia disfrazada de motivación.
septiembre 23, 2025 Susana Reina

En redes sociales se ha vuelto viral un entrenador de fitness en Miami que cuenta con más de 300 mil seguidores en Instagram por su peculiar modo de entrenar. Su método: gritar, humillar, decir groserías e incluso golpear físicamente a sus alumnas mientras realizan rutinas de pesas y ejercicios con cierto nivel de dificultad.

Lo hace frente a cámaras y sin disimulo, pero lo más alarmante no es solo su comportamiento, sino la respuesta entusiasta de quienes le siguen. Comentarios como “¡eso sí es motivación!”, “ellas saben a lo que van” o “él saca lo mejor de ellas”, se repiten sin crítica. Una de las alumnas del físico culturista postea orgullosa “el dolor no te rompe, te moldea” mientras hace lounges con pesas y es obligada a bajar las piernas más allá de sus fuerzas.

Pero les tengo una noticia: esto no es motivación. Esto es violencia. La forma en que este entrenador, además de sus agresiones verbales, presenta los cuerpos de las mujeres en sus redes sociales como trofeos, forma parte de ese mensaje cultural más amplio —y profundamente arraigado— de que las mujeres están para aguantar abusos. Él mismo en un video lo dice a la cámara: “así es como aprenden las mujeres, a los coñazos”.

La excusa del consentimiento (“ellas aceptan porque siguen yendo”) no es válida cuando está mediada por relaciones de poder, presión social estética y la seducción de la visibilidad en redes.

Aunque no siempre se exprese de forma abierta y se niegue y normalice, esta idea está presente cuando se hace ver que las mujeres solo logran resultados si sufren, si son humilladas, exigidas al límite o incluso castigadas física o emocionalmente. Es la misma lógica que se usa en la pornografía y la prostitución, por lo que no me extraña la cantidad de likes que estas publicaciones generan. Es violencia psicológica, física, estética y simbólica.

No es un caso aislado

Este fenómeno no es nuevo ni único. Mi propio entrenador me dice que eso es lo común en programas de alto rendimiento, tanto para hombres como para mujeres, sobre todo disciplinas como el boxeo. El problema con la violencia es que funciona como una espiral con pequeñas manifestaciones al inicio, pero que crece y se multiplica hasta formas mucho más graves.

En Corea del Sur, por ejemplo, el escándalo de las gimnastas agredidas por sus entrenadores sacudió al país en 2020, revelando una larga cultura de abuso físico y psicológico en el deporte profesional. En Estados Unidos, el caso de Larry Nassar, médico del equipo olímpico de gimnasia, evidenció cómo décadas de abuso se silenciaron bajo la fachada del rendimiento y el éxito.

Más cerca de este fenómeno en redes sociales, también han surgido “gurús del fitness” en TikTok y YouTube que utilizan discursos misóginos y técnicas humillantes para construir personajes “duros” que supuestamente logran resultados, pero en realidad refuerzan roles de género tóxicos: un hombre que le pega a una mujer justificado por un contexto que lo permite y normaliza.

No es casual.

Desde mi perspectiva este tipo de dinámicas son condenables porque forman parte de una estructura mayor de control sobre los cuerpos de las mujeres. No es casualidad que este entrenador mayamero presente en sus videos y posts a mujeres. No es casualidad que esos cuerpos estén hipersexualizados en las publicaciones de sus cuentas. Y no es casualidad que él, como figura masculina, ejerza dominio verbal y corporal con la excusa del progreso físico.

Lo que nos enseña el analizar este caso, es lo que muchas veces se naturaliza y pocas están dispuestas a ver: el valor de las mujeres se mide por cómo lucen más que por lo que hacen o logran. El uso de imágenes que destacan de forma insistente la apariencia física de las mujeres, especialmente a través de poses, ángulos o vestimenta que centran la atención en zonas específicas del cuerpo, contribuye a reforzar una cultura en la que se invisibilizan aspectos clave como el esfuerzo, la salud o la autonomía personal y pone en primer plano una mirada masculina que convierte a las mujeres en objetos de deseo dentro del entorno del fitness.

Diversos estudios han demostrado que el contenido fitness que circula en redes sociales, especialmente el que promueve imágenes de cuerpos atléticos e idealizados —conocido como fitspiration— puede tener efectos negativos en la salud mental. Un experimento realizado en Italia evidenció que ver este tipo de imágenes en Instagram disminuye la satisfacción corporal de mujeres jóvenes, siendo más dañinas las publicaciones sexualizadas que las neutras.

De manera similar, otras investigaciones señalan que la exposición constante a estos cuerpos “fit-normativos” genera motivaciones para el ejercicio centradas en la apariencia —como “quiero verme bien”— en lugar del bienestar integral.

Por otro lado, esto no solo afecta cómo las personas ven a otras, sino también cómo se ven a sí mismas. Al consumir imágenes donde el cuerpo femenino es presentado como objeto de deseo, se refuerza un fenómeno conocido como auto-objetificación: las mujeres comienzan a evaluar su propio cuerpo desde una mirada externa, lo que puede desencadenar ansiedad, baja autoestima y comparaciones dañinas.

No es normal

Lo que ocurre en este caso es un ejemplo claro y preocupante de cómo la cultura de la violencia se enmascara como disciplina o exigencia. Este tipo de prácticas son una violación a la dignidad de las mujeres porque perpetúa la idea de que el sufrimiento físico y emocional es necesario para conseguir una meta.

Por ello, este fenómeno no es anecdótico, sino estructural. Se vincula con una larga tradición que justifica la violencia como método de enseñanza, corrección o mejora, sobre todo y principalmente, sobre las mujeres. Con ese argumento se aplica castigo físico en la crianza, acoso en relaciones de poder o maltrato en las aulas: “la letra con sangre entra”, “quien bien te quiere te hará llorar”, “para ser bella hay que ver estrellas” y otros populares mantras que nos someten.

El hecho de que se permita y celebre que un hombre grite, insulte y golpee a una mujer como método de «entrenamiento», da cuenta de una sociedad que ha fracasado en reconocer los límites entre autoridad y abuso.

Abre los ojos

Cuando una figura con tantos seguidores como este entrenador, construye una narrativa en la que se presiona e insulta a mujeres en nombre del “progreso” o la “superación” y eso es validado por una audiencia, se concreta la idea de que el cuerpo femenino existe para ser domado y forzado.

Si además estas imágenes son celebradas en redes sociales, el mensaje que se refuerza es que no solo debes soportar el dolor para merecer tu lugar, sino además lucir deseable mientras lo haces. El peligro está en que esta enseñanza es fácil extenderla luego a otros ámbitos como las relaciones de pareja o laborales.

Como sociedad, necesitamos mirar con otros ojos estos comportamientos y dejar de aplaudir lo que, en realidad, debería escandalizarnos. Porque cuando la violencia se vuelve parte del espectáculo, todos somos cómplices.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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