Apuntes feministas sobre ‘La señora Dalloway’ a 100 años de su publicación

Apuntes feministas sobre ‘La señora Dalloway’ a 100 años de su publicación
septiembre 8, 2025 Aglaia Berlutti

En ‘La señora Dalloway’, Virginia Woolf disecciona la vida femenina en la Inglaterra de posguerra, mostrando cómo el género, la clase y la memoria se entrelazan en la experiencia cotidiana. A través de Clarissa y otros personajes, la novela revela las contradicciones de la feminidad moderna: privilegios aparentes, libertades limitadas y deseos reprimidos. Una mirada feminista permite ver la obra no solo como retrato de época, sino como crítica vigente al patriarcado.

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La primera vez que leí La señora Dalloway de Virginia Woolf tenía 14 años y ninguna idea sobre la escritora. Sabía, por supuesto, que era británica, una de las grandes voces de su país en una época complicada. Pero eso podría decirse de muchos de los autores del siglo, sobrepasados por los cambios de la industrialización, la guerra y el desencanto político. De modo que tenía una idea vaga, nada justa y poco concreta sobre Virginia y su aporte. Tampoco sabía nada sobre el libro, con el que luché varios días para leer por su ritmo lento y extraño. Lo que sí supe de inmediato, y sin que nadie me lo dijera, era que la autora británica sabía lo incómodo, ingrato y duro que era ser mujer.

Un pensamiento singular para una niña de catorce años. Pero no para una que había crecido en un país machista, en el que las niñas eran ‘para la casa’ y los muchachos, para ‘la calle’. En la que la obsesión por la belleza se había convertido en un peso cultural que presionaba constantemente en todo ámbito posible. De modo que, a pesar de ser una niña, sabía que ser mujer implicaba siempre tener cuidado con qué decir, qué hacer y qué soñar para el futuro. Que había algo tortuoso, singular y temible, en el trabajo de explorar mi lugar en el mundo, la búsqueda de un espacio propio. De un territorio — intelectual y físico — que pudiera llamar mío.

Virginia Woolf entendía todo eso. Y en La señora Dalloway, esa construcción y esa sabiduría, eran más obvias que nunca. Algo que para la escritora, testigo de los cambios culturales y sociales de Europa en décadas críticas, fue más que obvio. Claro está, la historia cultural de Occidente — de la que Virginia no era ajena — ha demostrado una y otra vez que el género no fue una categoría neutral, sino un sistema de control. Durante siglos, las mujeres fueron situadas en una posición subordinada dentro de la vida pública: se les negó acceso a la educación formal, se les relegó al ámbito doméstico y se les impuso la expectativa de ser obedientes y “naturales” en su papel. Ese marco social no se trataba de una elección personal, sino de un conjunto de reglas diseñadas para mantener la supremacía masculina.

Sin embargo, con la llegada del siglo XX comenzaron a darse transformaciones importantes, aunque desiguales y no siempre estables. El acceso a las universidades es un ejemplo clave: se abrió la puerta para que las mujeres pudieran entrar, pero al mismo tiempo se les cerraba la posibilidad de graduarse. Esa contradicción revela el modo en que los cambios sociales podían ser celebrados como avances, mientras seguían reproduciendo exclusiones fundamentales. En este contexto, la literatura se convirtió en un espacio donde se discutía, de manera explícita o implícita, qué significaba ser mujer y cómo podían las escritoras imaginar otras formas de vida.

El mundo según Virginia 

Virginia Woolf fue una de las autoras que mejor supo detectar estas fisuras del sistema patriarcal, y La señora Dalloway constituye un ejemplo esencial para comprender cómo la ficción dialogaba con la opresión de género. La novela no solo presenta mujeres atrapadas en los códigos de la feminidad de su tiempo, sino que también plantea personajes que cruzan los límites de lo que se esperaba de su sexo. El contraste entre lo masculino y lo femenino aparece como un campo de batalla simbólico, donde algunos personajes se aferran a lo que se considera aceptable y otros lo desafían directamente.

Lo que Woolf consigue con esta estrategia es mostrar que las identidades no son naturales ni fijas, sino moldeadas por la presión social y, en ocasiones, cuestionadas por la propia experiencia de quienes se atreven a vivir de manera distinta. Así, la obra abre un espacio para leer la modernidad no solo como un momento de cambio político y urbano, sino como un terreno donde se estaba negociando de forma constante el lugar de las mujeres y la vigencia de los estereotipos de género.

Clarissa Dalloway es, sin duda, el centro de la novela y también el vehículo a través del cual Woolf expone las tensiones de género en la Inglaterra de posguerra. Ella encarna, en apariencia, el ideal de mujer de su clase: refinada, educada en las normas sociales, dedicada a la organización de reuniones y a la proyección de una imagen impecable. Pero bajo esa fachada se esconde una conciencia que no encaja del todo con lo que la cultura esperaba de ella. Clarissa se observa a sí misma con una mezcla de lucidez y melancolía, como si supiera que su papel en el mundo es demasiado pequeño para lo que realmente desea. Su matrimonio, lejos de darle plenitud, la coloca en una posición definida por el apellido de su esposo; incluso su identidad es absorbida por la institución matrimonial.

No obstante, Woolf no la presenta como un simple símbolo de sumisión. Clarissa tiene un mundo interior complejo, donde el autoexamen y la capacidad de sentir intensamente la convierten en un personaje que resiste, de manera silenciosa, a las limitaciones impuestas. Aunque cumple con lo que la sociedad exigía — ser madre, mantener una apariencia decorosa, organizar el hogar — también guarda experiencias que rompen con ese molde. Su recuerdo de la relación apasionada con Sally Seton sugiere que su deseo no siempre estuvo alineado con el destino femenino que le trazaron. Esa memoria, lejos de ser un detalle menor, funciona como una grieta en la idea de que Clarissa es la “mujer perfecta”. La tensión entre lo que se espera de ella y lo que realmente siente constituye el núcleo de su personaje.

Desde una lectura feminista, esta ambivalencia resulta clave: Woolf no ofrece una heroína emancipadora al estilo clásico, sino una mujer que experimenta en carne propia la contradicción de vivir en un sistema que le concede ciertos privilegios de clase, pero le niega la posibilidad de elegir libremente su vida íntima. La novela, al retratarla con estas dualidades, revela lo frágil que es la construcción cultural de la feminidad y cómo, incluso en sus formas más aparentemente sólidas, puede resquebrajarse.

El mundo según Clarissa 

Más allá de Clarissa, Woolf puebla su novela con una serie de mujeres que permiten observar los distintos matices de la feminidad según clase social, edad y expectativas culturales. Cada una de ellas encarna un papel distinto dentro de la maquinaria patriarcal, y el contraste entre estas figuras expone tanto la rigidez como las grietas del sistema. Lady Bruton, por ejemplo, representa la aristocracia inglesa, un grupo social que, aunque no dependía de un salario, mantenía a sus mujeres ocupadas en labores consideradas nobles, como la filantropía.

Su dedicación a la caridad no es fruto de una elección libre, sino de la necesidad de llenar un vacío en una vida definida por los privilegios y, al mismo tiempo, por la falta de autonomía real. Lucy, la criada de los Dalloway, ocupa un espacio aún más contradictorio. Es una mujer de clase trabajadora que sostiene la comodidad del hogar burgués y cuya labor, invisibilizada, resulta indispensable para el prestigio social de sus empleadores. Aunque se le asigna un rol tradicionalmente femenino — el trabajo doméstico — , su capacidad de organización y control del espacio doméstico la coloca en una posición de poder encubierto, casi masculino, dentro de la casa.

En el otro extremo se encuentra Ellie Henderson, prima lejana de Clarissa, cuya figura encarna la vulnerabilidad de las mujeres solteras sin recursos económicos ni relevancia social. Su invisibilidad en la fiesta es un reflejo de la invisibilidad histórica de tantas mujeres reducidas a la categoría de sobrantes en una sociedad que medía su valor según el matrimonio. Finalmente, la tía Helena aparece como la reliquia de un orden social que Clarissa siente obsoleto pero aún opresivo: un modelo de feminidad estricta, vinculado a la ciencia botánica y al rol de “matriarca respetable” que todavía se esperaba de las mujeres mayores.

Lo interesante es que Woolf no presenta a ninguna de estas figuras como caricaturas unidimensionales, sino como piezas de un mosaico que muestra hasta qué punto la feminidad estaba segmentada por clase y edad. Desde una lectura feminista, estas mujeres funcionan como espejos distorsionados en los que Clarissa puede ver tanto lo que ella misma podría haber sido como lo que rechaza ser. El efecto es contundente: la novela muestra que no existe una única manera de “ser mujer”, pero que casi todas las opciones estaban vigiladas, limitadas y moldeadas por normas externas.

El mundo según los hombres 

El universo de La señora Dalloway no se limita a los personajes femeninos. Woolf contrapone a Clarissa y a su entorno con figuras masculinas que dejan en evidencia cómo el género condicionaba tanto a hombres como a mujeres, aunque de manera distinta. Septimus Warren Smith es el ejemplo más claro. Marcado por la experiencia traumática de la guerra, vive con un dolor psíquico que la sociedad no sabe nombrar más que como “locura”. Su masculinidad, lejos de otorgarle poder, se convierte en una carga insoportable.

La incapacidad de reincorporarse a la vida civil lo muestra como un hombre despojado de utilidad social, alguien que ya no encaja en el modelo viril del soldado que lucha y luego se reintegra. Lo llamativo es que su sensibilidad, su gusto por tareas consideradas femeninas — como confeccionar sombreros junto a su esposa Rezia — , lo ubican en un territorio ambiguo, donde los límites de género se desdibujan. Desde una perspectiva feminista, Septimus representa cómo el patriarcado también destruye a los hombres cuando no cumplen con la virilidad impuesta.

Rezia, su esposa, aparece atrapada en una contradicción distinta: quiere cumplir con el ideal de la mujer de clase media, presentable y cuidadosa, pero se siente juzgada por no encajar en esa imagen. Woolf, al cruzar la experiencia de Septimus con la de Clarissa, establece un paralelismo fundamental: tanto la locura del soldado como las tensiones internas de la anfitriona reflejan las fracturas de un sistema de género incapaz de ofrecer alternativas sanas para vivir.

La Europa que atraviesa un cambio total 

Uno de los aspectos más sugerentes de la novela es la relación entre género y espacio urbano. La ciudad no es un escenario neutro, sino un territorio marcado por las normas sociales y el poder. Durante mucho tiempo, a las mujeres de clase media se les negó la posibilidad de circular solas por las calles; debían estar acompañadas, como si el espacio público fuera un privilegio masculino. Las únicas excepciones eran las trabajadoras pobres, obligadas a desplazarse por necesidad, y las prostitutas, cuya presencia en la calle era leída como amenaza y transgresión. En este marco, el simple acto de caminar se transforma en un gesto político. Clarissa aparece como una flâneuse moderna: recorre Londres, se detiene en los recuerdos y reflexiona sobre sí misma mientras transita por la ciudad.

Woolf, con ello, subvierte la tradición patriarcal que había concebido las calles como territorio masculino. Incluso invierte roles de poder: Peter Walsh, en una escena reveladora, sigue a una mujer que entra a su casa y, por un instante, se convierte en el objeto observado. Esta inversión pone en evidencia que el control de la mirada y del espacio puede ser disputado. Desde una lectura feminista, estas escenas muestran cómo la novela imagina la posibilidad de un sujeto femenino activo, capaz de apropiarse de la ciudad y de resignificarla como un espacio de libertad, aunque esa libertad siga siendo parcial y frágil.

La cuestión del tiempo en ‘La señora Dalloway’

El tiempo también aparece como un recurso atravesado por el género. Clarissa tiene la capacidad de organizar sus días y decidir cómo emplear sus horas, en parte gracias a su posición social. Rezia, en cambio, vive condicionada por el estado mental de su esposo: su tiempo se desordena y se redefine según las crisis de Septimus. Para las mujeres de clase trabajadora, como Lucy, la situación es aún más restrictiva: su jornada está determinada por el trabajo doméstico, sin posibilidad de un respiro. Esta distribución desigual del tiempo revela que la modernidad no liberó a todas las mujeres por igual.

La aparente autonomía de Clarissa se sostiene sobre la explotación de otras mujeres que le facilitan mantener su estilo de vida. Woolf, al destacar estas diferencias, expone que la liberación femenina estaba atravesada por la clase y que el acceso a cierta libertad dependía de condiciones materiales concretas. Desde un punto de vista feminista, esto obliga a matizar la lectura optimista de la modernidad como sinónimo de emancipación. Aunque Clarissa pueda pasear o reflexionar sobre sí misma, su identidad sigue definida por su matrimonio: ella no es Clarissa en la vida pública, sino “la señora Dalloway”, la mujer de Richard. El patriarcado, incluso en su forma más amable y burguesa, sigue reclamando la subordinación simbólica de las mujeres.

Finalmente, La señora Dalloway debe leerse como un texto que refleja los cambios de su tiempo, pero también como una crítica a las limitaciones de esos cambios. El Londres posterior a la Primera Guerra Mundial era un espacio de modernidad, de oportunidades incipientes para las mujeres, pero todavía profundamente desigual. Woolf muestra con precisión cómo la clase media-alta femenina podía disfrutar de libertades relativas — caminar por la ciudad, organizar una fiesta, cultivar su vida interior — mientras que muchas otras mujeres carecían de esas opciones. La novela no ofrece un relato triunfalista del progreso, sino un retrato ambivalente en el que conviven nuevas posibilidades y viejas restricciones.

Desde una perspectiva feminista, lo más valioso es que la obra no naturaliza la condición de las mujeres: cuestiona, incomoda y abre grietas. Clarissa, Lady Bruton, Rezia, Lucy, Ellie Henderson y hasta Septimus forman parte de un mismo entramado que revela cómo el género atraviesa todas las dimensiones de la vida social, desde lo íntimo hasta lo colectivo. Woolf no ofrece soluciones fáciles, pero sí deja claro que la identidad femenina no es fija, que puede resistir, transformarse y, en ocasiones, rebelarse.

Leer hoy La señora Dalloway es reconocer que muchas de esas tensiones siguen vigentes: la presión sobre el rol materno, la invisibilidad de las mujeres pobres, el peso del matrimonio como institución. La novela funciona, entonces, como un recordatorio de que la emancipación es un proceso en construcción y que la literatura puede ser un lugar privilegiado para imaginar otros futuros posibles.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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