Unas sobre otras, cada una en su justo lugar, dejando los espacios exactos, estaban acomodadas las piedras para que nacieran espontáneamente los helechos, las siemprevivas, las bellas las once, el musgo, así en perfecto orden, delimitando un espacio, una casa donde se albergaban varias vidas.
A orillas del mundo en un rincón húmedo con frescura de montaña, Abel había construido con esmero y perfección la casa donde junto a ella esperaba vivir una eternidad. Su anhelo por lo exacto y su angustia por lo eterno, convertían su creación en hastío, así lo sentía ella, quien nació y se quedó con sonrisa de niña y mirada del ahora.
Amaban la vida por razones en desencuentros, sus miradas no coincidían, él la posaba sobre el fantasma del futuro, ella en el presente, por eso tenía sonrisa de niña, mirada del ahora y olía a intensidad.
Malén sentía el peso del tiempo, desde muy joven transcurrió su vida al lado de Abel, desde tan joven que no lo decidió, su vida había sido escogida y decidida por otras y otros. Sus días empezaron a ser un cúmulo de horas vacías que anulaba su espíritu, su entorno, su exterior devenían ajenos a ella misma. Su tormento, haber vivido siempre agradecida con él, sin saber por qué.
Siempre tan bueno, tan justo, tan perfecto… tan predecible. Entonces, decidió ser justa consigo misma, la invadió el miedo con sólo pensar que, tal vez, no lo amaba. La abrumaba una sensación de estar presa por Abel, de haber canjeado su vida por la seguridad de vivir a su lado, que en un desconocido instante selló un pacto, él ofrecía todo y Malén dejaba de ser, lo que recibía, quizá, nunca lo deseó y él nunca preguntó.
Infinitas tardes se quedaba absorta mirando a sus hijas, quienes habían heredado de ella su sonrisa de niña, de él la mirada de remoto futuro. Las veía inmersas en aquella casa de perfecciones, plácidamente acomodadas entre los muros de piedras húmedas, cuyos resquicios estaban colmados de flores espontáneas. Ellas allí crecían y jugaban al enigma de ser mujeres. Malén, en esos precisos y exactos espacios, contaba las horas, acumulaba los días, el tiempo comenzó a serle predecible.
Su acontecer empezó a parecerle un manuscrito, un dictado, un guion, debía sentirse feliz, para no olvidarlo repetía amo a Abel, a mis hijas, a mi casa, a mis muros de piedras húmedas, a mis flores, amo… amo… amo… ¿amo? Cómo hacer para no sentirse culpable. ¿Qué hacer con el manuscrito? Cómo hacer para borrarlo o reescribirlo.
Deambulaba por la casa arrastrando sus pensamientos, no podía evadirse, ni siquiera sucumbir, no había regreso.
La culpa y la nostalgia se sembraron en su alma y su cuerpo, carecía de evidencias que justificaran su propio manuscrito, su verdad no era leíble por los ojos de muchos y muchas. Sus pasos eran cada vez más pesados, el cotidiano se le hacía eterno como la mirada de Abel. Intentando no errar, comenzó por deshilar cada elemento que la ataba a ese espacio privado, el cual Abel fabricó tan a la medida de ella, tan a la medida que olvidó que a ella le sobraba creación, sonrisas y mirada del ahora para desear quedarse.
Hurgó en su memoria, en su historia… ¡Ay duele!, pero ni la frescura de la montaña ni las flores espontáneas ni la perfección de la casa, eran cordeles que la sujetaran, tan sólo sus hijas eran lo amado, le cautivaba sus sonrisas de niñas, guardando la esperanza que alguna de ellas regresase sus miradas de lejano futuro hacia la intensidad del ahora.
Los entresijos de las ventanas atrapaban su mirada y su intensidad se debatía permanentemente con los muros de piedras, entonces, con su creación construía una choza de hojas, palmas y flores para vivir los momentos del ahora. Comprendió que lo intenso no se repite, que ahí su sonrisa era un eco de lo eterno que la silenciaba, que el eco repite lo que ya pasó, entonces, su choza sería todo espacio para que su sonrisa se confabulara con su mirada para recrearse con el ahora.
Quería decirle a Abel que necesitaba inventar su propio mundo. No encontraba la coincidencia, ella y él aprendieron a compartir palabras que ahora no tenían acomodo para expresar lo imaginario, lo intangible, lo intenso. Cómo explicarle a él, tan bueno, tan justo, tan perfecto, que su armonía, su verdad, su esfuerzo, eran para ella su revés.
Tan absorta en sus búsquedas y tanto esperar la coincidencia, que ya estaba ida, sólo era un cuerpo vagando por la casa. Abel percibía día a día la distancia, optó por acecharla con una insoportable tolerancia, luego con un cruel chantaje, el olor a pérdida le mostró los hilos que amarraban a Malén a esa casa, sus hijas, hizo mano de ello para cercarla y culpabilizarla.
Malén se llenó de silencios, pero entre sus imágenes de fuga creció la honestidad, comprendió lo justo, quien debía salir de esa escena era ella, ese rincón era de Abel, como Abel, para Abel. Era una apuesta a la vida, descarnada. Remendando los pedacitos del tiempo pasado fue convergiendo para desembrar la culpa, en ese acontecer de existencia cada quien dio lo que tenía, ella el miedo y el silencio que aprendió y otorgó, negando su opción de ser; él su amor, la posesión que aprendió y ahogó el respiro de las individualidades. Un ahora sin coincidencias.
Una mañana de inmensa humedad, esa que acurruca las flores entre las piedras, Abel con sus pasos perdidos en su propio horizonte, saboreaba ese café que dejaba de oler a costumbre, la contemplaba con su mirada de remoto futuro, recorriéndole el cuerpo y entregándole su espíritu, una mirada de pronóstico doloroso por la ausencia que ya estaba presente. Ella le devolvía una mirada mojada de tristeza, desbordada de disculpas por el desencuentro, agradecida por todo lo que le ofreció, sin contarla, sin incluirla.
Su cuerpo merodeaba, se detenía en cada una de las intercepciones de los muros de piedra que determinaban aquel espacio privado donde se esconden los recuerdos, ella pegaba recortes de esos recuerdos en un empeño estéril por quebrantar su huida, o trazar huellas de regreso porque desde un indescifrable tiempo ya no estaba ahí. En algunos rincones se sumergía en el olor tibio de sus hijas y la nostalgia que nunca desembró creció al lado de su inexorable partida.
Una obsesión infantil como su sonrisa la hostigaba, se obsesionaba por saber cuál sería el equipaje, qué llevarse, qué dejar, cuánto iba a pesar, cómo sacar un equipaje que nació en esos escondrijos. Su asombro la tomaba por sorpresa frente a esa obsesión no infantil, sino pueril, no tenía mucho que meter en su maleta, de esa existencia le sobraba, cada vez más, pertenencias para su invención. Ella nació para los hechos sencillos, la albergaba una incapacidad para acumular lo concreto en espera de un futuro abstracto e incierto, la excedía la capacidad de acumular abstractos para acertar un ahora cierto. Sí, su equipaje era liviano y si se llevara lo que de antemano había perdido, sus hijas, más liviana sería la ida.
Malén sabía que no existían cobijas para abrigar el frío interno de las mujeres que abandonan sus casas, tampoco podía esperar una disculpa por su decisión. Su equipaje interior estaba colmado de anhelos por ver que alguna de sus hijas o todas, volvieran sus miradas al ahora y quisieran compartir con ella los instantes de la vida.
El tiempo, cada vez más, dejó de ser una magnitud, renunció a las horas, se confabuló con el río y a sus orillas inventó sus muros, sus flores, el olor de los rincones, ¡¡Ah!! allí compartió con quien regresó su mirada de lejano futuro hacia la intensidad del ahora, una de sus hijas.

