Buscando una película para distraerme un fin de semana, tropecé por casualidad con Custodia compartida. Buscaba evasión y encontré una lección de anatomía jurídica: esa obra donde Xavier Legrand disecciona el horror cotidiano de cómo la mujer es víctima brutal de la violencia estructural, usando a los hijos como peón o excusa procesal.

En esta cinta, el peligro no habita en el cliché del callejón ni en la agresión física directa o el terror de la violencia sexual explícita. El peligro habita al otro lado de la mesa del comedor, en la firma de un convenio de guarda, visitas y en la insistencia ciega de un tribunal que exige pruebas de sangre donde solo existe el derrumbamiento sistemático de la voluntad.

Así comenzaron noventa minutos de supuesta distracción que, aunque me provocaron una urticaria intelectual insoportable, no pude dejar de mirar. En la ficción, como en los pasillos reales de nuestros tribunales de protección integral y de familia, se materializa la gran falacia de la neutralidad jurídica: el dogma de que las leyes son ciegas ante el género y que el conflicto parental se reduce a un mero desacuerdo entre dos adultos con idéntico poder de negociación. Es una mentira procesal tan bien empaquetada como falaz, y precisamente por eso asusta.

El sistema se escuda en la legalidad formal para desentenderse de la asimetría real, fragmentando la violencia en casillas estancas donde el control coercitivo, la agresión patrimonial y el castigo a través de la infancia quedan absueltos bajo la etiqueta benigna de «polémica sobre custodia».

La violencia vicaria no es un arrebato pasional ni un daño colateral de las rupturas mal gestionadas; constituye una forma de violencia sistémica operada con la complacencia de la administración de justicia. Cuando un padre utiliza a los hijos como rehenes procesales y afectivos restringiendo el contacto, sembrando lealtades punitivas o vaciando el significado de la maternidad, no está cometiendo una contravención menor a un régimen de visitas. Está ejecutando una pena de muerte civil contra la mujer. Sin embargo, la estructura punitiva tradicional se encoge de hombros. Exige un parte médico, un certificado forense que acredite contusiones físicas, negándose a examinar el expediente clínico del terror psicológico sostenido.

En el filme de Legrand, cada trámite judicial actúa como un amplificador del peligro. Cada notificación oficial es una rendición de cuentas impuesta a la víctima para demostrar que es una madre «equilibrada», mientras el agresor utiliza los resquicios de la norma procesal como un manual de guerrilla institucional. La justicia actúa aquí no como un mecanismo de protección, sino como el testaferro involuntario del maltratador.

La revictimización institucional opera con la precisión de un reloj suizo: se interroga a la madre sobre su estabilidad emocional, se desestiman sus alertas tachándolas de «conflictividad innecesaria» y se penaliza económicamente su resistencia mediante costas procesales.

Esta ceguera voluntaria revela una crisis epistemológica profunda en la dogmática jurídica contemporánea. Continuamos aplicando premisas decimonónicas a dinámicas de dominación hipertecnificadas y sutiles. La ley presume la igualdad de las partes en un tablero donde una de ellas juega con el miedo constante a perder lo más sagrado: Los hijos.

Cuando el derecho se vacía de perspectiva de género, se convierte en un instrumento de coacción legitimada por el Estado. Se sanciona al papel y se ignora el sufrimiento humano; se protegen las formas procedimentales mientras se desangran las estructuras familiares.

He asistido audiencias donde la burocracia trata el pánico de un niño como una patología de alienación o una manipulación materna, exactamente igual que ocurre en la primera secuencia del filme, donde la jueza, escudada en una paridad artificial, concede la custodia a un hombre cuya amenaza vibra en cada gesto contenido. Es la violencia estructural en su manifestación más impune: la ley no necesita empuñar un arma cuando puede desarmar a la víctima a fuerza de decretos, peritajes psicológicos sin perspectiva de riesgo y diferimientos eternos. El sistema judicial opera como una trampa procesal; exige que la mujer mantenga la calma mientras le arrebatan la paz, y penaliza su desesperación tildándola de instigación al conflicto o, dígalo sin eufemismos, calificándola sencillamente de «loca».

La violencia vicaria es el fracaso definitivo del deber de garante del Estado. Si en el ámbito corporativo e institucional una falla de Compliance implica responsabilidad directa por ceguera ante el peligro inminente, en la justicia la omisión del riesgo de género equivale a una complicidad funcional. No estamos ante vacíos de norma, sino ante una indolencia organizada. El maltratador inteligente sabe que no necesita violar la ley abiertamente; le basta con tensionarla, usar la patria potestad como patente de corso y someter a la madre a un litigio malicioso interminable que consume sus recursos económicos, su salud mental y su red de apoyo.

La pantalla se apaga en Custodia compartida dejándonos en medio del estruendo sordo de una puerta blindada que apenas frena una ráfaga de violencia anunciada. Pero en la realidad cotidiana, la puerta ni siquiera se cierra. Las mujeres abandonan las salas de audiencia con sentencias impecables redactadas en jerga técnico-jurídica, mientras en la calle sus vidas y las de sus hijos quedan a merced de una violencia que el juez decidió no ver porque no encajaba en los esquemas rígidos de su escritorio.

Desmontar esta maquinaria exige abandonar la comodidad de la neutralidad aparente. No basta con incorporar normativas decorativas sobre derechos de la infancia o de la mujer si los operadores de justicia siguen operando bajo el sesgo patriarcal de que la denuncia es una estrategia de litigio desleal. La violencia vicaria es, en esencia, la prueba más rotunda de que el Estado falla cuando confunde el orden procesal con la justicia material.

Mientras los tribunales sigan cerrando los expedientes bajo la alfombra de los eufemismos legales, seguiremos asistiendo al mismo drama en los juzgados y en las pantallas. La verdadera reforma de la administración de justicia no nacerá de una circular burocrática, sino de la capacidad subversiva de mirar de frente lo que los códigos se empeñan en declarar invisible. Hasta que la justicia comprenda que proteger a la infancia implica necesariamente desmantelar el poder del agresor sobre la madre, el expediente judicial seguirá siendo el lugar donde la ley, con una firma pulcra y distante, consuma el femicidio a cuotas.

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
María Alejandra Mancebo

Autor/a María Alejandra Mancebo

Experta en Compliance, Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones Consultora y Voz Visionaria htps://consultorias.visionarias.business/project/maria-alejandra-mancebo Una de las directoras de la Revista Igualdad de Género en Venezuela

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