Un paĆ­s de malas palabras

Un paĆ­s de malas palabras
diciembre 19, 2020 Aglaia Berlutti
feminismo

Unas semanas atrĆ”s, el presidente NicolĆ”s Maduro comentó en una de sus alocuciones, que sus Ćŗnicas propiedades eran ā€œlas pocas cosas habĆ­a en su casaā€ y por supuesto ā€œsu esposa Ciliaā€, en lo que intentó fuera una especie de declaración de amor y terminó por ser otra de las tantas frases que forman parte del imaginario machista del chavismo. No obstante, lo anterior no me sorprendió tanto como la respuesta que recibió el comentario de una mujer brillante en mi Time Line, que expresó en voz alta su preocupación por nociones semejantes sobre la identidad femenina. ā€œSi tienes muebles en la casa, Āæde quiĆ©n son?ā€ dijo uno de los abundantes comentaristas ā€œburlonesā€ que son tan frecuentes en Twitter. De inmediato, aclaró que se trataba de una broma. ā€œĀæNo ves que sólo es un chiste?ā€ insistió, cuando a la autora del comentario inicial le preocupó la connotación de la frase.

Un chiste, siempre se trata de un chiste, me digo inquieta, lo cual no serĆ­a un problema si realmente se tratara de humor. No estĆ” mal burlarse de los temas de actualidad, los que estĆ”n en boca de todos. No estĆ” mal encontrar en la sĆ”tira, la provocación y la ironĆ­a una forma de confrontar las ideas del resto. Lo que sĆ­ resulta preocupante y pasa con mucha frecuencia, es llamar humor a lo que en realidad es una mirada directa hacia temas controversiales. Pero en este caso, el comentario fue rĆ”pido, directo, sin el giro de la ironĆ­a, el juego de palabras brillante que asocio con lo humorĆ­stico. ā€œĀæSi tienes muebles en tu casa, de quiĆ©nes son?ā€ me repito en voz alta.

El machismo en Venezuela es acendrado, una mezcla de la normalización de la violencia con la pretensión de un conservadurismo puro y duro que absorbe el prejuicio, lo transforma en tradición y obligación. SĆ­, es humor – podrĆ­a serlo – pero tambiĆ©n, es una idea que se repite a diario, que estĆ” en todas partes, que todas las mujeres del paĆ­s y si extendemos la reflexión, del continente, debemos sufrir alguna vez.

Porque el machismo es parte de nuestra cultura. Lo es, en las pequeƱas cosas, como las frecuentes insinuaciones de que las ā€œverdaderas damasā€ no hablan acerca de su deseo sexual, ni tampoco analizan su cuerpo desde una perspectiva moderna, libre de discriminación. En las crĆ­ticas al comportamiento, la apariencia, en la forma en que el cuerpo y la actitud de la mujer se cosifican en maneras distintas hasta crear una idealización peligrosa, incómoda, la mayorĆ­a de las veces, restrictiva.

Este es un paĆ­s – Āæcultura? Āæcontinente? – en el que todavĆ­a se debate si una mujer tiene ā€œderecho a esto o a aquelloā€, en la que un hombre se siente con el poder de explicar, restringir e insinuar cómo debe ser el comportamiento femenino para ser aceptable. ā€œYa no hay damas, sólo mujeres que hablan de la necesidad de tener sexoā€ escribió un interlocutor anónimo en Twitter, sólo para recibir docenas de tweets en apoyo, incluso de mujeres, que insistĆ­an en que el mero hecho de romper el tabĆŗ sobre las necesidades eróticas, genitales y sexuales de una mujer ā€œera vulgarā€.

Este es un paĆ­s – Āæcontinente? Āæcultura? – en que un presidente habla de su esposa como un objeto y en el que un hombre joven se apresura a bromear sobre la idea, porque la reconoce, porque la comprende, porque forma parte de la larga serie de diminutas piezas de información con la que convive, creció, asumió como parte de un todo mĆ”s amplio e incómodo.

Por supuesto, en un contexto asĆ­, las feministas somos desagradables. Las ā€œradicalesā€ que no entienden ā€œcómo es ser mujerā€ o que ā€œdejaron de serloā€. En un contexto asĆ­, las activistas que intentamos dialogar de alguna forma sobre el hecho del papel de la mujer y su importancia en un paĆ­s marcado por la desigualdad, somos ā€œmachorrasā€, ā€œlas locasā€, ā€œlas que son incapaces de entender el mundo tradicionalā€. Varios dĆ­as atrĆ”s, una mujer extraordinaria, figura pĆŗblica, dejó claro y en mayĆŗsculas, que JAMƁS serĆ­a feminista ni jamĆ”s ā€œse sentirĆ­a representadaā€ por un grupo de ā€œhistĆ©ricasā€.

Leerla me produjo una profunda sensación de tristeza. Me hizo cuestionarme no sólo el hecho que existeā€Šā€”ā€Šy se perpetĆŗaā€Šā€”ā€Šun preocupante desconocimiento sobre lo que el feminismo es y puede ser, sino tambiĆ©n esa limitada comprensión sobre la necesidad de una idea que permita el debate y el anĆ”lisis del papel de la mujer en nuestra Ć©poca. Porque el debateā€Šā€”ā€Šen redes sociales, en aulas de clase e incluso en el Ć”mbito cotidianoā€Šā€”ā€Šparece dirigido directamente al anĆ”lisis si el feminismo continĆŗa siendo necesario. Si en realidad, tiene algĆŗn valor esa insistente necesidad de reafirmar que la inclusiónā€Šā€”ā€Šasumida como el hecho que todo ser humano merece aspirar a los mismos derechos y responsabilidades culturales y ciudadanasā€Šā€”ā€Šes un valor que debe asumirse como imprescindible.

ĀæCuĆ”ndo dejó de ser necesario el debate sobre el papel de la mujer frente al hecho de una sociedad que continĆŗa esgrimiendo ideas y visiones muy concretas sobre la identidad femenina? ĀæCuĆ”ndo ā€œpasó de modaā€ la preocupación sobre el hecho de la mujer como individualidad y no como parte del rol social? ĀæQuiĆ©n o quienes decidieron que el Feminismo era una idea ā€œpasada de modaā€ y poco necesaria, mientras alrededor del mundo cientos de mujeres siguen sufriendo las consecuencias de la desigualdad? Es una idea que preocupa y ademĆ”s de eso, sĆ­ntoma de esa trivialización y banalización de lo que una lucha polĆ­tica y social simboliza.

En parte, como consecuencia de esa masificación del anÔlisis y la simplificación de los conceptos que sostienen al feminismo como idea. Y también, responsabilidad del planteamiento del feminismo como concepto extremo, como una radicalización inútil que tergiversó todo tipo de reflexión sobre lo que un debate político y social puede ser y de hecho, aspira a ser.

MĆ”s allĆ” de eso, hablamos de una posición popular. Ya el feminismo no es necesarioā€Šā€”ā€Šo esa es la premisa que se repite en todas partesā€Šā€”ā€Šy puede ser desechado. O peor aĆŗn, el feminismo se ha transformado en algo tan desagradable que lo poco que sobrevive, se oculta en la periferia, en esa zona peligrosa donde conviven todo tipo de ideas y luchas polĆ­ticas mĆ”s o menos incómodas. Hay una cierta mirada socarrona sobre el hecho que una mujer defienda y analice sus derechos. Y la cultura y los medios se hacen eco de esa percepción. El feminismo de las ā€œFeminaziā€, de las ā€œlocasā€ que se garabatean el cuerpo con frases de odio, de las proclamas altaneras y prepotentes.

De los grupos de jovencitas llevando los pechos al aire y cometiendo actos vandÔlicos, con una botella de alcohol entre las manos. ¿Quién desea ser relacionado o identificado con un movimiento así? ¿Quién desea que alguien pueda juzgarle por una intrincada red de mensajes insistentes de aparente intolerancia, de locuras radicales? ¿Quién quiere llamarse feminista en un mundo que asume la palabra misma como un insulto sutil?

Pues yo lo deseo. Y tengo mis buenas razones para hacerlo. Y continuaré llamÔndome feminista, siempre que pueda y en todos los Ômbitos posibles porque creo que es necesario comprender que el Feminismo (insisto con las mayúsculas) no sólo es una postura política por derecho propio, sino una manifestación esencial de una identidad cultural. Una percepción cultural sobre esa reflexión con respecto a lo que la mujer busca y desea no sólo para si misma, sino acerca de esa identidad Universal que se hereda por tradición y que es tan fÔcil normalizar.

Por supuesto, es muy sencillo trivializar algo semejante. Tan fĆ”cil como permitir que el anĆ”lisis sobre lo que es el feminismo se remitaā€Šā€”ā€Šy se limiteā€Šā€”ā€Ša lo evidente, a las imĆ”genes de mujeres que gritan a cĆ”maras de televisión, de mujeres que se pintarrajean al cuerpo con consigas de odio de gĆ©nero. Pero el feminismo no es sólo esoā€Šā€”ā€Šaunque tambiĆ©n es esa imagenā€Šā€”ā€Šy parte de esa insistencia en su reconocimiento como idea que se sustenta, es parte de lo que el Feminismo moderno tiene por ideal o mejor dicho, como un punto necesario a rebatir.

De la idea política al inútil manifiesto radical: seis grados de separación muy convenientes.

Nací en una familia de mujeres inteligentes e independientes, a quienes nunca escuché llamarse así mismas feministas, pero que, de hecho, lo eran. Todas abogaron a su modo y desde sus trincheras por ideas que, en otras partes del mundo, serían consideradas directamente políticas, aunque ninguna de ellas militó en movimiento social o cultural alguno. No obstante, cada una de ellas, se comprendió así misma desde la perspectiva de la revalorización de lo femenino: desde mi madre, que por años luchó por los derechos laborales de la mujer en la empresa donde trabajaba, hasta mis primas, varias de las cuales desafiaron los estereotipos femeninos venezolanos cursando licenciaturas científicas con enorme éxito.

AdemÔs, en mi familia aprendí que es necesario analizar y reflexionar sobre los derechos personales y sobre todo, de reivindicar lo que se considera justo en cada oportunidad posible. ¿Un primer paso para mi futuro feminismo? muchas veces pensaría que simplemente se trata de una toma de conciencia de la necesidad de asumir la responsabilidad cultural ys social sobre tus opiniones. Pero a veces me pregunto si el Feminismo como idea nació justamente de esa noción sobre lo que es justo y lo que no, sobre lo que aspiramos y lo que necesitamos mÔs allÔ de lo que la sociedad nos impone.

Y es que justamente, el Feminismo histórico nació con respecto a la idea de la justicia. Cuando se analiza el planteamiento, sorprende que a la humanidad le haya llevado tanto tiempo analizar la idea de lo femenino desde un cariz único: la necesidad de reconocer los derechos de la mujer como una idea inherente a su individualidad. Durante gran parte de la historia Universal, lo femenino fue considerado no sólo accesorio sino también sucedÔneo de lo masculino, como si la mujer, esa mítica costilla de AdÔn, fuera simplemente un accidente biológico destinado a cumplir un muy específico deber reproductivo.

Incluso, durante los primeros debates sobre la igualdad y los valores humanos alentados bajo el marco de la Revolución francesa, la idea de la inclusión y la revalorización de la identidad humana, estaba referido Ćŗnicamente al hombre. En mĆ”s de una ocasión, la filósofa y proto feminista Mary Wollstonecraft insistió en el hecho que el papel de la mujer y la reivindicación de sus derechos, era lamentablemente ignorado por los grandes pensadores de su Ć©poca, obsesionados por la igualdad entre los hombres, pero ignorando al llamado ā€œsexo dĆ©bilā€. Frustrada y angustiada, llegó a escribir que ā€œel tiempo transcurre entre debates sobre la exaltación del ciudadano y como siempre, olvidando a la mujer en la sombraā€. Una declaración inquietante sobre esa percepción de la mujer invisible -el no ser, el no estarā€Šā€”ā€Štan frecuente e incluso normalizada a travĆ©s de la historia.

No debería ser necesario que alguien señalara que es justo o que no lo es. Debería ser un instinto inmediato, una toma de conciencia elemental sobre que necesitamos asumir como un derecho esencial en nuestra manera de percibir el mundo. Pero no lo es tanto. No lo ha sido por siglos, donde incluso se ha debatido sobre el hecho real si la mujer podía ser considerada como un ser humano. Una idea que ahora mismo puede parecer desconcertante, pero que fue alentada y transformada en una idea cultural por siglos. Y es que hablamos sobre la noción de la Individualidad de la mujer, el respeto a sus capacidades y su identidad. ¿Existe un progreso exponencial con respecto a cómo se interpreta lo femenino actualmente? Nadie lo duda. ¿Es necesario insistir sobre la justo y lo injusto con respecto a lo femenino? Por supuesto que lo es.

Y lo es en la medida que se mantiene una percepción mĆ”s o menos idĆ©ntica sobre el deber ser de gĆ©nero durante buena parte de las largas dĆ©cadas de lucha por la inclusión femenina. Desde el soterrado debate del ā€œpapel de la mujer como sostĆ©n del hogarā€ (y su obligación casi ancestral de someterse a un papel secundario en beneficio de la percepción de la familia) hasta esa insistencia en la identidad de la mujer sujeta a la maternidad, no es tan sencillo sustraerse de siglos de machacona insistencia en el papel secundario de lo femenino.

Se trata, sobre todo, de esa percepción sobre la razón por la cual, la mujer sigue siendo analizada desde una dimensión Ćŗnicaā€Šā€”ā€Šel papel, el gĆ©nero y la identidadā€Šā€”ā€Šy mĆ”s allĆ” de eso, de como se percibe asĆ­ misma a travĆ©s de los cambios polĆ­ticos y sociales. No siempre es sencillo aceptar que esa mirada condescendiente continĆŗa allĆ­, que la lucha de ideas polĆ­ticas debe enfrentarse no sólo a lo obvio, sino a algo mĆ”s sutil: a esa comprensión de la mujer como parte de un esquema de valores y tradiciones que intentan definirla desde una inquietante visión genĆ©rica.

Hace unos meses, un amigo cuestionó con mucha seriedad que insistiera escribir sobre feminismo cuando ya no parece ser importante hacerlo. Lo hizo con toda buena voluntad y sin ninguna malicia, pero dejÔndome muy claro que a estas alturas de nuestra época, hablar de feminismo era mÔs o menos, un dinosaurio ideológico. Lo escuché de buen humor.

— ĀæY exactamente por quĆ© lo es?ā€Šā€”ā€Šle preguntĆ©. Soltó una carcajada amigable.ā€Šā€”ā€ŠOye, tienes que admitirlo. Los derechos de la mujer ya no estĆ”n en debate. Los tienen y ya. Y sĆ­, hay lugares en el mundo que insisten en menospreciar a la mujer y esas cosas, pero la mayorĆ­a es bastante abierto a los cambios. ĀæNo es eso lo que querĆ­an?

No respondo. Nos encontramos caminando en un centro comercial rodeados de unas cuantas vitrinas donde maniquĆ­es hipersexualizados muestran sus enormes pechos a quien quiera mirarlos. Nos tropezamos con seis o siete peluquerĆ­as antes de encontrar una pequeƱa librerĆ­a del ramo. Una mujer camina delante de nosotros con unos altĆ­simos tacones y una falta muy cortita y cuando se cruza con una pareja, la mujer le dedica una mirada dura y ofendida. Aprieta el brazo del hombre a su lado. Un poco mĆ”s allĆ”, la publicidad de una bebida alcohólica muestra una mujer de esplĆ©ndida figura y anuncia: ā€œbĆ©betela enteraā€. Me pregunto si me convertĆ­ en una de las temidas ā€œfeminazisā€ al notar todo ese conjunto de ideas. O que quizĆ”s, no es tan fĆ”cil ignorarlas cuando aspiras a una cultura que te comprenda desde la igualdad y no la debilidad.

— ĀæNo serĆ­a mejor decir ā€œlo que merecĆ­amosā€?ā€Šā€”ā€Šle respondo. Mi amigo parpadea.ā€Šā€”ā€ŠOye, es lo mismo.ā€Šā€”ā€ŠNo lo esā€Šā€”ā€Šsuspiroā€Šā€”ā€Šhay una idea muy general sobre el hecho que la mujer tiene lo que deseaba y eso deberĆ­a ser lo suficiente. Como si el aspirar a la inclusión fuera un reclamo caprichoso. Una malcriadez histórica.

feminismo

Mi amigo sacude la cabeza, incómodo. MĆ”s de una vez, me ha comentado que le fastidia el tema de los derechos de la mujer por innecesario. Insiste que la mujer en Venezuela ā€œhace lo que quiereā€ y nadie le pone objeción. Que en nuestro paĆ­s, la mujer tiene mĆ”s libertad ā€œque en cualquier otro paĆ­s de LatinoamĆ©ricaā€. Cuando me lo dice, siempre me pregunto si estĆ” consciente de la inquietante carga de planteamientos que supone su visión, si el hecho de hablar que la mujer venezolana ā€œhace lo que quiereā€, no parece suponer que hay una cierta percepción sobre lo que ā€œno podrĆ­a serā€. Y no hablamos de una ideal legal, sino de algo mĆ”s sutil. ĀæMe estarĆ© convirtiendo realmente en una de esas estigmatizadas y paranoicas Feminazis? me pregunto. ĀæO se trata de algo mĆ”s?

Unos dĆ­as despuĆ©s, mi amigo A. me escucha ponderar sobre el tema en voz alta. Lo hace con frecuencia: A. es un antropólogo con un considerable interĆ©s por el tema femenino. Suele bromear sobre el tema llamĆ”ndose ā€œel Ćŗnico hombre feminista en Venezuelaā€ y aƱadir que forma parte de esa oleada de hombres que analizan lo femenino desde una perspectiva nueva. Y lo hace no por alguna curiosidad profesional, sino porque considera que la libertad y la igualdad garantizaā€Šā€”ā€Šen generalā€Šā€”ā€Šuna sociedad mĆ”s justa. Cuando le hablo sobre los comentarios de mi amigo, sacude la cabeza.

— Es un curioso juego de palabras, pero realmente mucha gente estĆ” convencida de que las mujeres tienen los derechos ā€œque tanto insistieronā€, como si fuera una dĆ”diva de la sociedad y la cultura ā€œpermitirā€ que un grupo de ciudadanos aspire a la igualdadā€Šā€”ā€Šme diceā€Šā€”ā€Šcuando se dice asĆ­, es de una simpleza peligrosa. BĆ”sicamente es una idea que supone que la sociedad debe repensarse y por Ćŗltimo admitir, que sĆ­, que no exista discriminación por razas, que el menosprecio de gĆ©nero es censurable y que el prejuicio por orientación sexual debe ser derrotado. Pero ese pequeƱo matiz en la aseveración, ese ā€œperoā€ invisible, cambia toda la percepción.

Pienso en ese ā€œpero invisibleā€ que menciona A. y que he escuchado tantas veces. No soy machista, pero las mujeres deberĆ­an ser mĆ”s discretas al vestir. No soy machista, pero mira que se buscó que la violaran por andar borracha. No soy machista, pero…La frase se repite hacia el infinito y no Ćŗnicamente referido a temas tan debatiblesā€Šā€”ā€Šy que se debaten con tanta frecuenciaā€Šā€”ā€Šcomo la percepción de la mujer en nuestra cultura.

TambiĆ©n encuentro ese ā€œPeroā€ en todas las veces que la ley menosprecia a la mujer, en mi paĆ­s o en cualquier otro, en que una mujer es juzgada por como se ve antes que por su capacidad. En todas las veces que ese ā€œPeroā€ encubre violencia, agresiones. En ese ā€œperoā€ que justifica conductas inadmisibles pero que de alguna forma, suponen una perspectiva vĆ”lida. En ese mundo que se extiende mĆ”s allĆ” de lo que la sociedad asume que la mujer puede y debe ser. Ese ā€œpero invisibleā€ tan ambiguo y preocupante que se extiende en todas direcciones desde una percepción de la mujer como rol histórico.

Pero volvamos a lo cotidiano. No sólo al hecho que la palabra ā€œFeministaā€ se ha transformado en un estigma, sino tambiĆ©n al hecho que figuras muy pĆŗblicas hablan sobre humanismo y otros conceptos con una frugalidad que asombra cuando no resulta preocupante. Hablemos del hecho de lo que implica que un grupo de mujeres cĆ©lebres admitan que la idea del Feminismo (asĆ­, con mayĆŗscula) puede resultar incómoda, sino que estĆ” bien asimilar que algo asĆ­ como la defensa y anĆ”lisis de la identidad femenina en el mundo, es un planteamiento tan en desuso como por completo aburrido.

Y es que de hecho, la mayorĆ­a de los planteamientos de las celebridadesā€Šā€”ā€Šy otro tantos que los apoyan y sostienenā€Šā€”ā€Šes que el ā€œfeminismo modernoā€ (ese tĆ©rmino confuso que parece incluir desde los rasgos mĆ”s extremos y polĆ­ticamente insustanciales del movimiento hasta los anĆ”lisis en mesa de debates de derechos polĆ­ticos y culturales en busca de la inclusión) es una preocupación que no parece combinar muy bien con lo que se supone las nuevas luchas polĆ­ticas mucho mĆ”s vistosas y agradables. Caramba, que nadie se quiere ver envuelto en discusiones donde el debate se centre en cosas tan antipĆ”ticas como derechos laborales y reivindicaciones culturales. Mucho mĆ”s fĆ”cil hablar sobre ā€œHumanismoā€ (asĆ­, en genĆ©rico) que preocuparse por ideas muy puntuales y que afectan a millones de mujeres alrededor del mundo.

Unos dĆ­as atrĆ”s, leĆ­a unas declaraciones de la actriz Meryl Streep, a quien tampoco he escuchado jamĆ”s llamarse feminista, pero que estĆ” preocupadaā€Šā€”ā€Šy es una convencida activistaā€Šā€”ā€Šde causas tan antipĆ”ticas como la de visibilizar el machismo y la misoginia en Hollywood. Streep, quizĆ”s la actriz mĆ”s poderosa e influyente de la historia del cine, decidió abrir un fondo de ayuda para guionistas y directoras de mĆ”s de cuarenta aƱos, que el mundo del espectĆ”culo suele ignorar por el mero hecho de rebasar el ideal de juventud ideal que vende la industria cinematogrĆ”fica.

feminismoPreocupada, Streep comentó que esa noción sobre ā€œla mujer sometida a los prejuicios de una industria controlada por hombresā€ y la necesidad inmediata ā€œde reivindicar el talento femenino en todas sus implicacionesā€. La lucha por la igualdad de gĆ©nero en el mundo del cine llevó a Streep a fundar Writers Lab (Laboratorio de escritoras), un proyecto financiado de su bolsillo y que busca ampliar las oportunidades laborales en el sĆ©ptimo arte. ĀæMeryl se llama feminista? Probablemente sĆ­ o incluso, no necesita hacerlo. Pero tampoco lucha contra la idea y la menosprecia en su un supuesto ā€œhumanismoā€ tan ambiguo como peligroso a momento de analizar las ideas que aĆŗn deforman la percepción sobre los derechos femeninos en el espectĆ”culo y en cualquier otro Ć”ngulo.

Es un tema que preocupa, una percepción sensible que termina volviĆ©ndose una confusa mezcla de reflexiones e ideas. Y es que mientras que esa noción de ā€œfeminismoā€ extremo y tan cercano al prejuicio polĆ­tico continĆŗa tomĆ”ndose por Ćŗnica, la necesidad de una real reivindicación de derechos polĆ­ticos y culturales sigue siendo imprescindible.

Al respecto, mi amiga Adriana Ponte GuĆ­a escribió en su magnifica columna ā€œEl caƱo de la Madreā€ en el periódico web Contrapunto una afiladĆ­sima reflexión: ā€œCada vez que una de nosotras se opone a la igualdad, a la paridad y a que se detenga la discriminación en base al sexo no estĆ” siendo realmente una mujer empoderada, independiente y moderna/postmoderna sino que se estĆ” escondiendo detrĆ”s de la gran cortina que taparea el modelo hegemónico patriarcal, subyacente en nuestras construcciones culturales, en nuestros modos de vida e incluso en los modelos jurĆ­dicos y polĆ­ticos (…) Oponerse al patriarcado y a la prevalencia del poder masculino sobre la subordinación femenina, no es una cosa de ƱƔngaras trasnochadas, ni de criadoras compulsivas de perros y gatos, ni solteronas amargadas. No seƱoras y seƱoritas, definitivamente no. Estos son los tĆ­picos estigmas con los que se minimiza a quienes defienden el asunto, desde la palestra del poder dominante: el de lo masculino. OponiĆ©ndose a la paridad de gĆ©nero, muchas mujeres estĆ”n despreciando toda una lucha de aƱos que ha dejado esos dividendos positivos que nos permiten hoy gozar de nuestros derechos: desde votar hasta recibir sueldos acordes con nuestra experiencia y preparación.ā€

Pienso en las palabras de Adriana mientras un hombre me llama ā€œmachorraā€ en un un comentario vĆ­a web por declarar que no deseo tener hijos ni tampoco contraer matrimonio. Lo pienso, cuando alguien mĆ”s opina que quizĆ”s deberĆ­a moderar mis opiniones y hacerlas mĆ”s ā€œfemeninasā€ para evitar debates insustanciales. MĆ”s tarde lo recordarĆ© cuando una amiga se lamente que a pesar de sus esfuerzos, continĆŗa obteniendo una fracción del salario de su contraparte masculino con quien comparte funciones. Cuando lea las preocupantes noticias sobre ablaciones masivas consideradas religiosas y culturalmente aceptables en varios paĆ­ses africanos. Cuando leo de nuevo a alguien ponderar sobre la ā€œculpabilidadā€ de la mujer que sufre una violación.

Me preocupa sus implicaciones, cuando encuentro de nuevo el artĆ­culo sobre las diez HeroĆ­nas populares que menosprecian el feminismo, esta vez compartido por un hombre joven, padre de una niƱa de pocos aƱos. Y pienso en el hecho que quizĆ”s esa niƱaā€Šā€”ā€Ša quien he visto crecer a travĆ©s de la fotografĆ­a de su padreā€Šā€”ā€ŠdeberĆ” enfrentarse a un mundo donde la reivindicación de gĆ©nero estĆ© sometida a lo idoneidad de la cultura inmediata, al hecho insistente y sobre todo preocupante, de asumir que la inclusión de gĆ©nero debe encajar en cierta postura flexible y agradable.

Nada de enfrentamientos y contradicciones. Nada de debatir posturas rígidas y absolutas. ¿CuÔnto podrÔ afectarle eso? Una lamentable carencia de esa percepción de la comprensión el feminismo como una idea que se fundamenta en un cambio social y también cultural. Espero que su padre lo sepa, como yo también lo sé.

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Foto Usa Today Pinterest

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artĆ­culos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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