No recuerdo cuando empecĆ© a pensar en que no habĆa heroĆnas literarias que se parecieran a mĆ. Si sĆ© que la primera vez que la idea me preocupó, tenĆa doce o trece aƱos y comencĆ© a buscar entre mis libros favoritos, alguna mujer que me pareciera lo suficientemente valiente como admirar. Pero no la encontrĆ©: a cambio me tropecĆ© con un montón de heroĆnas sufridas, angustiadas, agobiabas que deambulaban de un lado a otro de las historias, intentando alcanzar el amor verdadero, preocupadas por no tenerlo, sufriendo por haberlo perdido y cuando no, esperando experimentarlo.
Entre todas ellas, me preguntĆ© donde encajaban las chicas como yo, que querĆan enamorarseāāāĀæquiĆ©n no?āāāpero tambiĆ©n querĆan viajar, descubrir reinos y planetas. La que querĆan leer, fotografiar, tener sexoāāāAy por favor, Āælo pueden negarāāāy toda esa serie de cosas que las muy modosas heroĆnas de Jane Austen parecĆan desear, pero yo no. Me preguntĆ© dónde estaban las mujeres que escribĆan algo mĆ”s complicado que el amor, las mujeres que temĆan, que se asustaban, que odiaban y se enfurecĆan.
Un par de aƱos atrĆ”s, me habĆa quedado muy preocupada al leer con unas cuantos meses de diferencia Anna Karenina de Leon Tolstoi y luego āMadame Bovaryā de Gustave Flaubert. Entre ambas heroĆnasāāāuna heroica y sufrida, la otra patĆ©tica y provincianaāāāhabĆa una pregunta sin respuesta que en lo particular me obsesionó mĆ”s que sus amores contrariados. ĀæQuĆ© ocurrĆa con las mujeres que no aspiraban a ese amor reverenciado, poderoso, pasional? O que sĆ, pero no a costa de un sacrificio inmenso, del dolor, de la donación del yo. Por supuesto, era una adolescente y no lo pensĆ© en tĆ©rminos tan complejos, pero si me inquietó ese pensamiento de que toda mujer aspira a un romance idealā¦y allĆ acaba la historia. Punto y aparte, fueron felices y comieron perdices. Las aves cantan, las ardillas corren por el bosqueā¦Āæy?
Siempre me inquietaba ese āĀæY despuĆ©s que pasó?ā por el que nadie parecĆa preocuparse en realidad. Y es que la pĆ”gina siguiente despuĆ©s de la historia de amor parecĆa impensable. DespuĆ©s de todo, ya nuestra sufrida heroĆna habĆa obtenido el premio que habĆa buscado durante toda la novela o peor aĆŗn, el castigo por desearlo. O como en el caso de Margarite en la Dama de las Camelias, habĆa muerto precisamente por renunciar a ese amor ideal y admitir que toda pasión ārequiere sacrificioā.
Yo seguĆa preocupada por todas las mujeres que quieren amarāāāpero no lastimarse -, que desean ser deseadas y amadasāāāpero sin beber cianuroāāāy mucho mĆ”s por las que se les castigaba por el pecado impensable de comportarse como un āhombreā o lo que es lo mismo, llevarse a la cama al galĆ”n de su preferencia, en medio de una sociedad para quien algo semejante era digno de un infierno muy particular.
Pero no habĆa libros para esas heroĆnas. O al menos, yo no los encontrĆ© de inmediato. SeguĆ leyendo sobre mujeres aterradas, impactadas, frĆ”giles, sumisas, preocupadas, tristes. Las esposas, las hijas, las invisibles. Me atormentaba la idea que la mujer literaria era quizĆ”s un reflejo muy exacto de la real o quizĆ”s, era incluso algo mĆ”s complejo: una habĆa dado paso a la otra para crear un tópico que se repetĆa con tanta frecuencia que llegó a tomarse por Ćŗnico. La doncella, la puta, la Santa, la anciana. Los viejos arquetipos se transformaron en algo incluso mĆ”s confuso: en una idea de la mujer irreal y sobre todo, borrosa. En un molde de palabras, hechos e historia en el que pocas mujeres calzaban.
Hasta que me tropecĆ© con el libro āEl Segundo Sexoā de Simone De Beauvoir. Ya habĆa leĆdo algo de Simone: āLa mujer rotaā me habĆa sacudido como pocos libros lo habĆan hecho y por meses, estuve obsesionada por esa imagen de la mujer escindida, convertida en fragmentos. Pero el segundo sexo era otra cosa. Algo sublime, durĆsimo y que me cambió la visión sobre la mujer literaria, la real e incluso sobre mĆ misma para siempre. No sólo se trató de que Simone de Beauvoir me demostró que una mujer puede escribirāāāy bienāāāsino que ademĆ”s, escribir sobre la mujer sin romanticismos, sin elegĆas dulzonas.

Simone de Beauvoir
En el libro, ninguna mujer sufrió, se martirizó, se culpabilizó. En realidad, era una obra filosófica muy bien pensada que elaboróāāāal menos, en mi casoāāāun nuevo tipo de mujer fuerte e intelectual que poco o nada tenĆa que ver con la angustia existencial que hasta entonces habĆa creĆdo en la mujer literaria y en la escritora. Aquello fue para mĆ radical.
Pero claro, tenĆa diecisiete aƱos ya, me habĆa enamoradoāāāy desengaƱadoāāāy querĆa una mujer que hablara mi idioma. Que me contara historias sobre mujeres como yoāāāo la mujer que querĆa ser, en realidadāā, que me hablara del amor siendo amor, y del sexo siendoā¦bueno, sólo sexo. Y es que ya casi una mujer, estaba bastante harta de que las mujeres literarias estuvieran tan necesitadas, cansadas, abrumadas y afligidas. Vaya, ĀæNo habĆa nadie en realidad que disfrutara del sexo? ĀæQue le gustara su cuerpo? ĀæQue se sentara desnuda a conversar con su amante? Me llevó unos aƱos conocer a esa mujer extraordinaria que hablarĆa a las mujeres como yo y luego no pude olvidarla jamĆ”s.
Cuando leĆ por primera vez a AnaĆs Nin fue una revelación. No tenĆa idea de quien era, ni por quĆ© escribĆa como lo hacĆa. Ni mucho menos, si las cosas que contaba en sus extensos y meticulosos diariosāāāescritos con tanta belleza que me dejaban sin alientoāāāeran verdad. Pero no me importaba. Me bastaba que Anais no estuviera sufriendoāāāal menos, no exclusivamenteāāāy que fuera una mujer de verdad. Una que le gustara el sexo, para quien el amor fuera imprescindible pero no le robara su identidad. Una mujer fuerte. Me obsesionĆ© con sus libros, sus personajes. Me obsesionĆ© con el pensamiento que tanta libertad fuera posible y que realmente, pudiera ser disfrutada de esa manera.
No lo olvidemos. NacĆ en una sociedad machista. Una donde el largo de la falda produce suspicacia y las niƱas son para las casas y los niƱos para la calle. AsĆ que Anais me enseñó que estaba bien desobedecer, que estaba bien romper las reglas, reinventarte la realidad. Ā”Y cómo disfrutĆ© comprendiendo cada una de sus palabras! Porque Anais no sólo se limitaba a contar la realidad como la veĆa, sino a dibujarla con una sensualidad tan dolorosa que me dejó abrumada, pensando en la vida que me estaba perdiendo, en la vida que querĆa vivir. He llegado a pensar que sin Anais Nin, mi mente como es ahora, no estarĆa completa.
Para entonces, ya comenzaba a escribir. Bueno, en realidad habĆa comenzado a escribir desde que era una niƱa pequeƱita, sólo que ahora sabĆa que no querĆa hacer otra cosa que contar historias. Que narrar el mundo de todas las infinitas formas en que pudieran depararme las palabras. Un camino difĆcil, sin duda. Una idea abrumadora que me hizo cuestionarme sobre no sólo si una pasión podĆa ser una profesión, sino una pasión como la mĆa. Porque no se trataba sólo de escribir, sino de avanzar hacia algĆŗn punto muy profundo de mĆ misma, mirarme en el espejo de las pĆ”ginas escritas y vivir.
LeĆ āUna habitación propiaā de Virginia Woolf casi por casualidad. En realidad, estuve a punto de no leerlo. Mi experiencia con āOrlandoā y āMiss Dallowayā habĆa sido tan dura y desgastante, que habĆa tomado la decisión deliberada de no volver a leer nada sobre Virginia hasta que pudiera dejar de temerle tanto. Me refiero claro, a esa sensación de vaivĆ©n que producen sus libros, a ese absoluto dolor que te provocan las historias de Virginia. Esa claustrofobia emocional que te reduce a pedazos cuando terminas y miras el mundo a travĆ©s de sus ojos. Me preguntĆ© si āUna habitación propiaā serĆa algo semejante. Si serĆa una narración laberĆntica, asfixiante que me sumirĆa en cierta sensación onĆrica, como si el mundo dejara de existir al borde de sus pĆ”ginas.
No lo era. En realidad, era la pieza que necesitaba para asumir que se podĆa vivir para escribir y por la escritura y sobre todo, conocer la historia de alguien mĆ”sāāāy salvando las distanciasāāāque habĆa tomado la misma decisión que yo, de escribir para sobrevivir. En realidad, aprendĆ con āUna habitación propiaā que no se decide escribir, sino que uno asume la profunda necesidad de expresarse de la mejor manera que puede. Que atrapa entre las manos abiertas toda una serie de ideas y ensoƱaciones que se entrecruzan para elaborar una idea sobre tu mente y tu vida a la medida de las palabras. Y para eso, necesitaba independencia, necesitaba saberme libre. Asumir el peso de la libertad. Y no sólo la libertad de decidir para crear.
Virginia me enseñó todo eso. Lo hizo recordÔndome que escribir es una resolución riesgosa, que escribir tiene un precio en salud mental y espiritual. Que escribir es un largo trayecto sin principio y sin final, que las palabras llenan el mundo, lo desmenuzan, lo fragmentan en cientos de partes que luego debes intentar unir lo mejor que puedas. Y cuando sabes eso, no lo olvidas. De hecho, lo recuerdas a cada hora, lo asumes necesario, lo miras como inmediato, lo construyes a toda hora.
PodrĆa decir que hubo muchas mujeres que me educaron en palabras. Tantas, que temo olvidar alguna. Desde Iris Murdoch que supo que escribir era un dolor que nunca sana hasta Doris Lessing que se atrevió a llamarse escritora en un mundo que insistĆa en llamarla sólo mujer. Como Ursula K. LeGuin, que me recordó que la imaginación es un palacio de interminables habitaciones, o Hanna Arendt que recordó que todo lo aparente es frĆ”gil e inexacto.
O mi amada Susan Sontag, frĆa, distante, absolutamente extraordinaria, que viajó del dolor a la belleza con un esfuerzo supremo de su espĆritu creador. Una tras otra, crecĆ no sólo en convicciónāāāquiero crearāāāsino en la necesidad de seguir esa visión de mĆ misma que era difĆcil de concebir y que comenzaba a ser tan clara. Esa belleza interior y posterior, que nace y que se construye en un lugar de nuestro espĆritu, inaccesible y en ocasiones en carne viva. AvancĆ©, con brazos abiertos, no sólo hacia el mundo que decidĆ crear para mĆ, sino hacia algo mucho mayor: mi propia esperanza.
Porque cada una de ellas, me enseñó el valor de pensar. De atreverme a hacerlo siempre con la potencia del dolor que se crea, de la belleza que se admira, del poder que se aspira. Creer, mĆ”s allĆ” de esos temores tĆmidos, mĆnimos y tan hirientes. Tan alto como esa firme certeza de que el camino se sueƱa y se escribe.
Una vez leà que escribir es un sueño del que no se despierta. Durante todo este tiempo de libros y palabras he llegado a creer que mÔs que eso, es un sueño que construyes a tu medida. Que delineas con todo cuidado, que aspiras a diario hasta que logras darle forma. Después de todo, pienso con una sonrisa, llena de palabras, de pÔrrafos a punto de escribir, que soñar es de intrépidos y creer, de quienes asumen el poder de ser algo mÔs que sus temores. Y escribir sin duda, es la aventura mÔs extraordinaria de todas.



