Un fragmento de espejo roto: El paĆ­s de los dolores invisibles.

Un fragmento de espejo roto: El paĆ­s de los dolores invisibles.
julio 15, 2019 Aglaia Berlutti

Hace unos dĆ­as, una amiga extranjera me comentó que le provocaba ā€œuna enorme tristezaā€ que las ā€œvenezolanas sufrieran la crisis y fuera evidenteā€. Me quedĆ© un poco aturdida, mirando su rostro medio desdibujado en la pequeƱa ventana del Skype.

ā€”ā€ŠĀæTe refieres al estrĆ©s y la frustración?ā€Šā€”ā€ŠpreguntĆ©.
ā€”ā€ŠNo, que ya no puedan verse impecables como siempre. Ya sabes, ustedes eran las mujeres mĆ”s bellas del continente.

No supe que responder a ese comentario. Confundida e incómoda, me preguntĆ©ā€Šā€”ā€Šcomo tantas otras veces en el pasadoā€Šā€”ā€ŠcuĆ”l es la percepción que se tiene sobre el gentilicio venezolano. O mejor dicho, sobre esa percepción acerca de lo estĆ©tico que parece que lleva aparejado sin remedio nuestra identidad nacional. Mi amigaā€Šā€”ā€Šeuropea, feminista y que siempre aboga por vencer ā€œla tiranĆ­a de la bellezaā€ā€Šā€”ā€Šdebió notar mi incomodidad y de inmediato, comenzó a disculparse. Intentó explicarme que hay una percepción muy compleja sobre ā€œla autoimagenā€ de la mujer Venezolana y sobre todo, ā€œla forma como la belleza es una expresión de triunfo socialā€. La escuchĆ© en silencio, atenta, en un intento de comprender ese punto de vista externo sobre la mujer de nuestro paĆ­s que siempre me ha parecido angustioso, temible e prejuiciado.

ā€”ā€ŠNo puedes negar que la visión sobre lo femenino en Venezuela atraviesa su triunfo en los concursos de belleza y la especial atención que ponen a su aspectoā€Šā€”ā€Šadujoā€Šā€”ā€Šes como si la autoestima nacional tuviera una relación directa con el aspecto de sus mujeres.
ā€”ā€ŠNo es tan sencilloā€Šā€”ā€Šrespondo con un suspiroā€Šā€”ā€Šno se trata sólo de un asunto estĆ©tico. Es un tipo de presión social que se manifiesta en cientos de maneras distintas.
ā€”ā€ŠClaro, eso lo sĆ©. El paĆ­s de las mujeres mĆ”s bellas.

El epĆ­teto me produce un sobresalto doloroso, sobre todo porque crecĆ­ escuchĆ”ndolo, temiĆ©ndolo y tambiĆ©n al final, comprendiendo que se trata de una rara distorsión sobre la forma en como comprendemos a la mujer y a la sociedad de nuestro paĆ­s. Las mujeres ā€œmĆ”s bellas del mundoā€ son venezolanas, dice un compatriota eufórico y nostĆ”lgico tras emigrar. Las mujeres mĆ”s sensuales, las mĆ”s hermosas y provocativas insisten la prensa de estanquillo, la que consume la imagen de una mujer imposible e idealizada. La mujer venezolana ā€œinolvidableā€ que llena la empobrecida publicidad nacional. El estereotipo se extiende y se difunde en novelas, en el cine nacional, en esa noción levemente quebradiza de la mujer objeto y consumible. Pero eso es parte de la autoestima nacional. O al menos, en eso insiste una cultura obsesionada con el aspecto fĆ­sico y la manera como se supone deben lucir las mujeres del paĆ­s.

Por décadas, se ha insistido un deber ser estético que define a lo femenino no sólo como un objeto hermoso y decorativo, sino ademÔs, una idea confusa sobre lo que la venezolana puede concebirse. Después de todo, somos un país que se toma muy en serio los concursos de Belleza. Tan en serio, como para crear y apoyar prejuicios sobre la imagen de la mujer, quienes somos y quienes aspiramos a ser. Tan en serio como para parecer una parte imprescindible de la forma en que puede comprenderse la sociedad venezolana.

Claro estĆ”, se trata de un fenómeno insólito, extraƱo, imposible de definir de manera sencilla. Nadie que no sea venezolano, comprende muy bien esa presión invisible que llevamos a todas partes como un peso real. La presión de crecer en una cultura hipercrĆ­tica con el aspecto fĆ­sico, que se exige a sĆ­ misma un tipo de percepción estĆ©tica que tiene por Ćŗnico objetivo el consumo, la noción sobre cierta necesidad de construir el valor de la mujer Venezolana a travĆ©s de su aspecto. A pesar de la agudĆ­sima crisis económica, en Venezuela continĆŗan prosperando la noción de la cirugĆ­a estĆ©tica como una necesidad imperiosa, parte de un tipo de prioridad que se hace imprescindible. Mujeres que analizan y cuestionan su valor, a travĆ©s de su apariencia y quizĆ”s, su capacidad para parecerse cada vez mĆ”s a la ā€œmujer venezolanaā€ que habita en cierto imaginario colectivo. La mujer que ademĆ”s de hermosa, es sexualmente agresiva, pero tambiĆ©n sumisa. La mujer ā€œque sabe darse su puestoā€ pero a la vez es independiente y ā€œechada pa’ lanteā€. Un hĆ­brido imposible que se exige, que se convierte en una necesidad imperiosa, en casi un dolor cultural.

HarĆ” un par de semanas, caminaba por el pasillo de un depauperado centro comercial, cuando una mujer que me pareció no conocĆ­a de ninguna parte me saludó con un gesto muy cariƱoso. Desconcertada, me detuve y esperĆ© que se acercara: era una mujer de edad indefinibleā€Šā€”ā€ŠĀætreinta o cuarenta aƱos quizĆ”s?ā€Šā€”ā€Šy de rostro tenso por lo que supuse serĆ­an una serie de cirugĆ­as estĆ©ticas. Solo cuando me tomó de las manos y soltó una carcajada, la reconocĆ­. Se trataba de una de mis compaƱeras de clase del colegio. La Ćŗltima vez que la habĆ­a visto era una muchacha de rostro regordete y amable, nada parecido al de esta beldad impecable que me sonreĆ­a casi con esfuerzo.

– Ā”Estas hermosa!ā€Šā€”ā€Šcomentó. Me dedicó una mirada apreciativa, supongo notando mi cabello desordenado y mis kilos de mĆ”s. Luego me rozó las mejillas con los dedosā€Šā€”ā€Štienes alguna que otra arruga, pero eso lo arregla el Botox en una tarde.

ParpadeĆ©. Ella continuó insistiendo en criticar con una especie de cariƱosa agresividad mi aspecto fĆ­sico y la escuchĆ©, atónita y desconcertada. No supe que responder a esoā€Šā€”ā€ŠĀæhabrĆ” alguna respuesta?ā€Šā€”ā€Šde manera que me limitĆ© a sonreĆ­r, incómoda. SentĆ­ una nĆ­tidaā€Šā€”ā€ŠquizĆ”s exageradaā€Šā€”ā€Šsensación de pĆ”nico ante la mención del tratamiento estĆ©tico de moda para luchar contra los inevitables rasgos de la edad. HabĆ­a conocido a esta mujer en la adolescencia: TendrĆ­a como yo, unos treinta y pocos aƱos. Incluso en los rĆ­gidos estĆ”ndares sobre juventud y vejez, era una mujer joven. Y aun asĆ­, habĆ­a empezado esa lucha sorda y silenciosa contra la edad. La mirĆ© disimuladamente, mientras recordĆ”bamos los aƱos de la escuela entre bromas y chistes. Con el cabello repeinado, la piel extraƱamente bulbosa y los labios hinchados parecĆ­a una versión distorsionada de sĆ­ misma. Pero ella se sentĆ­a satisfecha: me comentó varias veces el tiempo y dinero que habĆ­a ā€œinvertido en bellezaā€ y la sensación de ā€œseguridadā€ que le brindaba sentir que ā€œaĆŗnā€ era joven en el paĆ­s donde cierto tipo de estĆ©tica es un valor cultural que se exige.

– En este paĆ­s se envejece muy rĆ”pidoā€Šā€”ā€Šme explicĆ³ā€Šā€”ā€Šy esa vejez del descuido no se perdona.

Me mordĆ­ la lengua para evitar responder lo que pensĆ© al escuchar su comentario. La vejez no se detiene, tampoco se disimula y ese pensamiento es una de las tantas utopĆ­as que el comercio de la belleza estereotipo insiste en vender. Pero mucho mĆ”s aĆŗn, se trata de un tipo de certeza que en Venezuela es una especie de extraƱƭsima versión sobre el triunfo cultural. A medida que la situación económica, social y cultural del paĆ­s se deteriora, parece muy evidente que hay una percepción sobre la belleza como un gran triunfo alegórico. Mujeres jovencĆ­simas en todos los barrios del paĆ­s, convertidas en trofeos de poder, en madres niƱas. En beldades que utilizan su belleza como una especie de moneda de compra venta para un tipo de bienestar inmediato y poco comprensibles. Pienso en la noción del estrellato inmediato de las participantes en los concursos de belleza. La forma en que nuestra cultura insiste en el mito del triunfo a travĆ©s de lo estĆ©ticamente consumible. Porque en realidad, la belleza a la venezolanaā€Šā€”ā€Šo la necesidad de someterse a ellaā€Šā€”ā€Šes solo un sĆ­ntoma de toda una visión deformada sobre la mujer, la vejez y la belleza. Una de las piezas que forman parte de una compleja maraƱa de ideas culturales que sostienen esa concepción de la estĆ©tica como elemento cultural.

ā€”ā€ŠSĆ© que para ustedes no es sencillo creer cómo se les admira fuera de las fronterasā€Šā€”ā€Šprosigue ahora mi amiga a travĆ©s del Skype, con una sonrisa amableā€Šā€”ā€Špero es un fenómeno. No te lo imaginas como la mujer venezolana incluso fuera de su paĆ­s, persiste en verse llamativa, en utilizar la belleza como una manera de obtener atención y gratificación.

Me lo imagino, claro. Lo vivĆ­ durante buena parte de mi vida. Mi aspecto fĆ­sico nunca coincidió con el que supone debĆ­a tener viviendo en un paĆ­s de reinas de belleza. TenĆ­a el cabello rizado e incontrolable, piel pĆ”lida y pecosa, rodillas huesudas, el cuerpo sin curvas. Tuve que enfrentar a un tipo de prejuicio difĆ­cil de explicar y sobrellevar. De un estigma que te acompaƱa a todas partes, que te deja una huella indeleble, que se convierte en cicatriz. No es fĆ”cil sobrevivir a las risitas, a las burlas. A la presión. Al ā€œdebes verte bonitaā€, al ā€œlĆ”stima que eres asĆ­ de feaā€. A la marginación social, a la humillación sutil. A las miradas crĆ­ticas. Al temor del prejuicio. Al dolor de ser tu misma.

— De niƱita era muy gorditaā€Šā€”ā€Šme contó en una ocasión una mujer a quien conocĆ­ mientras llevaba a cabo una investigación sobre la obsesión nacional para la belleza. Alta y esbelta, hace una mueca de angustia al hablarme sobre sus angustias infantilesā€Šā€”ā€Šhice de todo por bajar de peso. No hubo dieta que no hiciera. Ejercicios, tratamientos. Ā”Chica, pero no bajaba de peso! era como una gran broma cósmica. Obsesionada por la celulitis, la estrĆ­as. A toda hora, por todo. Si llevas pantalones porque se te ven los muslos gruesos. Si llevas faldas porque alguien te verĆ” las piernas pĆ”lidas. Y asĆ­, cientos de cosas. Pasa y pasa y crees que eso es normal. Que de verdad hay algo feo y desagradable en tu cuerpo que debes erradicar.

Mientras la escucho, se le cierra la garganta con un nudo seco, amargo y muy viejo. A mí también me pasó. También sufrí ese acoso silencioso. El de mirarte en el espejo con ojos duros, de apretar la piel con una furia lenta y angustiosa. ¿Por qué me veo así? ¿Por qué no puedo ser otra? Me recuerdo de adolescente, tan preocupada que apenas podía soportarlo, apretando la piel de mi cintura, mirando con furia las rodillas nudosas, decepcionada por el tamaño de mis senos. ¿Por qué no puedo ser bonita? ¿Por qué no puedo ser bella?

ā€”ā€ŠAl final, decidĆ­ irme por lo seguro: un bypass gĆ”stricoā€Šā€”ā€Šme explicĆ³ā€Šā€”ā€Šesa operación me salvó la vida. Me salvó de ser…

De ser…¿quĆ©? Ella suspiró, se miró al espejo del gimnasio. Los ojos muy grandes y tristes. ĀæComo llamas al sentimiento que tu paĆ­s…denigre la forma en cómo te miras a ti misma? Porque se trata de una enorme y profunda decepción. De ti misma, de tu aspecto fĆ­sico pero sobre todo, de algo incontrolable y borroso que no comprendes bien. Ese ā€œalgoā€ que te hace bajita, gorda o flaca, con piel grasosa o muy seca. Con ese elemento que no te permite encajar, que te hace sentirte poca cosa. Esa mirada tan cruel hacia ti misma. Nunca te perdonas, nunca te miras mĆ”s allĆ” del prejuicio. Nunca haces otra cosa que sentir rencor por el cuerpo que no obedece, por la imagen que no aceptas.

— Cuando estuve anorĆ©xica fue como el cielo —me contó unos meses despuĆ©s otra mujer a la que entrevistĆ©. AĆŗn se recuperaba del trastorno alimenticio que casi la mató tres aƱos antesā€Šā€”ā€ŠĀ”En serio! ĀæLo puedes creer? me estaba matando, me estaba muriendo. Nunca me sentĆ­ peor. Pero era bella. Bella para ponerme los pantalones y vestidos que siempre soƱƩ, para que me admiraran los mismos que me criticaban. Ā”Ya no era la gorda! Era la mujer que querĆ­a ser. Una mujer Venezolana.

Quise consolarla pero no supe cómo. Porque nunca pude hacerlo conmigo misma. Me llevó mucho tiempo dedicarme una palabra amable. Aceptar que estÔ bien no tener pechos enormes, cintura pequeña, trasero perfecto. Que estÔ bien y puedo hacerlo, llevar el cabello sin peinar, el rostro sin maquillaje. Que puedo aspirar a ser bella a mi manera, bajo mis propios términos. Que la belleza es un concepto voluble, a medio camino, siempre a punto de construirse. Que la belleza es una opinión, una mirada, una perspectiva. Que la belleza son tantas cosas que la manera como luces sólo es una parte de un todo complejo, profundo y difícil de definir.

Pero eso no te lo enseñan en Venezuela. En Venezuela te enseñan que tu valor depende de como te veas, de como luzca tu cabello, de lo delgada que puedas ser. Del tamaño de tus pechos, del largo de tu falda, de lo deseable que eres. En un país donde las peluquerías son veinte veces mÔs numerosas que las librerías y bibliotecas, la belleza es una tragedia. Una condena. Un rasante de cuanto vales, de lo que puedes hacer. En un país donde un concurso de belleza te abre las puertas que no puede la Universidad, verte impecable, perfecta es un requisito. Una imposición. Un ritual que te marca la piel con cicatrices invisibles. En un país donde la mujer es un accesorio, un objeto comercial, un par de nalgas en la portada de una revista, ser imperfecta una afrenta. Venezuela te enseña bien pronto que la belleza es mÔs importante que la idea que expresas, que la causa que militas, que la forma como funciona tu mente. Venezuela te deja bien claro cada vez que puedes que se trata de como te ves antes de como piensas. Que lo importante es el reflejo de la estética absurda que es parte de la cultura y no tu identidad. La mujer florero, la mujer marca, la mujer estereotipo. La mujer anónima. La mujer sin otra cosa que el producto de una obsesión social.

A veces, camino por las calles de Caracas y miro a todas las mujeres que me rodean. Sonrientes, cansadas, malhumoradas. A las delgadas, las gordas, las morenas, las pÔlidas. Todas las mujeres que luchan a diario, que son reales, de carne y hueso. A las venezolanas de verdad, a las que les sobran kilos pero pocas veces las fuerzas. Las venezolanas que persisten e insisten, a pesar de todo. Y lamento la forma como se nos simplifica. La manera como se banaliza esta feminidad creada a partir de un tipo de dolor difícil de explicar. Y me enfurece la evidencia que con toda seguridad, seguiremos siendo víctimas de esa visión limitada, del prejuicio que aplasta. De la mirada simple que destroza. De esa insistencia en aplastar a la mujer Venezolana bajo una idealización burda y violenta.

Una mƔscara falsa y barata que nadie quiere llevar.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artĆ­culos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.

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