Soltera en la ciudad de la furia.
“¿Y tú qué opinas, Niyireé?”. El reeeeé se repitió como un eco lento y mal grabado en mi cabeza. No tenía la más mínima idea de qué me estaban preguntando. En mi mente —como en los capítulos de Los Simpson— un mono golpeaba platillos en loop, y a lo lejos las voces se deformaban en un “güon, güon, güon”. Era una reunión importante en medio del ruido y el ritmo implacable de la ciudad: debía argumentar, explicar elementos, defender visiones, pero todo a mí alrededor se diluía entre mi útero sangrante y el dolor de cabeza punzante que no me dejaba pensar. Cuando me preguntaron sinceramente no podía articular palabra. En aquella oficina del piso 17, en una esquina de La Castellana, a lo sumo dije “ajá”, luego me levanté, excusándome de tener otra reunión. En mi cabeza, lo único que quería era echarme a llorar.
No podía controlar mi emocionalidad: todo a mí alrededor era difuso y nublado. El sangrado menstrual que, según la Biblia, era culpa de “la primera mujer: Eva”, caía con toda su fuerza. Mi vientre estaba inflamado como si tuviera cinco meses de embarazo. Pero yo debía seguir articulando respuestas, tomando decisiones y argumentando. La incomodidad y el dolor de menstruar no se nombran en la oficina, en la calle ni en los espacios públicos; el cansancio se esconde y la incomodidad se maquilla tras la fachada de “estamos bien”.
No todas las mujeres vivimos la menstruación igual. Para algunas son calambres insoportables, para otras apenas un malestar pasajero; algunas atraviesan dolores físicos incapacitantes, o pasamos por un torbellino emocional. No se trata de un fenómeno aislado: las estadísticas indican que entre el 50 % y 90 % de adolescentes y mujeres en edad reproductiva experimentan dolor menstrual. En promedio, un 59 % reporta molestias, más aún quienes padecen síndrome premenstrual (PMS), endometriosis —que causa dolor crónico y sangrado severo— o condiciones como fibromas, síndrome de congestión pélvica o enfermedad inflamatoria pélvica, según datos de países como España, Australia por nombrar algunos.
Paradójicamente, estas realidades siguen siendo invisibilizadas. Se nos exige concentración, productividad y calma en algo que el mundo laboral, académico y político oculta bajo la alfombra. Lo que es cierto es que, cada mes, el ciclo regresa como recordatorio de que el cuerpo sigue su propio ritmo, aunque el mundo insista en ignorarlo. Sin embargo, no hay espacio para entender la emocionalidad, el dolor o para detenerse a reconocer el cansancio. En cambio, alrededor de la menstruación se han tejido siglos de mandatos culturales: “calla”, “sigue”, “no se nota”, “no existe”, “¿Te vino Andrés?”, “estás histérica, debe ser tu periodo”, “no le pares, está en sus días”, “ay, no seas tan sensible, debe ser la regla.”
A esto se suman los mitos y tabúes culturales que aún pesan sobre nosotras. En textos religiosos, la menstruación se nombra como impureza. En muchas sociedades antiguas y aún hoy, las mujeres son aisladas durante sus días de sangrado y persisten frases que nos reducen a la caricatura de lo “hormonal”, lo “histérico” o incapaces de decidir. La sangre menstrual, que sostiene la posibilidad de la vida, sigue cargada de vergüenza y silencio, como algo “impuro” o “cochino”: “No cocines, la comida se daña si estás menstruando”, “no toques las plantas, se secan”, “no te bañes, te hace daño.”
Los hombres no lidian con esto. No tienen que sostener un cuerpo que sangra y duele mientras deben mantener “la razón” y la compostura. No enfrentan el juicio por ser “irracionales” o “emocionales”. En los espacios de poder, sus decisiones nunca se ponen en duda por algo biológico; nuestra vulnerabilidad, en cambio, se convierte en excusa para desacreditarnos. Pero la menstruación no es ni castigo ni debilidad. Es una experiencia humana que debería vivirse desde la dignidad, el cuidado y la libertad. No podemos seguir sosteniendo un mundo que exige rendimiento perfecto mientras niega los ritmos del cuerpo de las mujeres y las personas menstruantes.
Esos días decidí no manejar a Manuela: el cuerpo me dolía para andar en moto y enfrentar el caos capitalino de la ciudad. En mis actividades físicas le dejé claro a mis instructores hombres lo que me pasaba: ‘Estoy menstruando, hoy le daré poco a poco.’ La respuesta fue empática: ‘¿Estás enferma?’ ‘No, no estoy enferma, solo que hoy necesito cuidado y cariño, así que princéseame.’ Mientras tanto, me atraganté de chocolate; cada torta que pasaba frente a mis ojos era devorada con infinita demencia. Me di a la tarea de bajar el ritmo, de contar lo que me pasaba y la respuesta fue: ‘Te entiendo, mi esposa pasa por lo mismo. ¿Ya estás bien, segura?’ Entonces comprendí que la vida no continúa sin más y hay que nombrar, porque lo que no se nombra no existe. Parte de ser soltera en la ciudad de la furia es decir las verdades, incluso cuando se intentan velar.

