Marzo siempre ha sido un mes de memoria para las feministas. Un mes para recordar que lo que hoy tenemos no fue un regalo, sino el resultado de luchas largas, incómodas y profundamente colectivas. Un mes que gira alrededor del Día Internacional de la Mujer, no como una celebración, sino como un recordatorio de que nada ha estado garantizado nunca.
Sin embargo, este marzo, al menos para mí, se siente diferente y viene con una reflexión que seguramente incomode a muchas partes al mismo tiempo, pero que necesito dejar salir de la forma en que mejor sé hacerlo. Escribiendo.
Porque no solo estamos recordando luchas pasadas. Estamos viendo cómo derechos que parecían consolidados retroceden a una velocidad alarmante. Hemos pasado, en pocos años, de avances significativos a un escenario donde se cuestionan libertades básicas como si nunca hubieran sido conquistadas. Lo que costó décadas organizar, legislar y defender hoy se intenta desmontar en cuestión de meses.
Al mismo tiempo, vemos con temor cómo se destapan redes de trata de personas y explotación sexual de menores que involucran a hombres poderosos: presidentes, artistas, príncipes, dueños de imperios tecnológicos, figuras públicas que han construido su poder sobre estructuras que hoy parecen intocables. Algunos conservadores, otros progresistas, pero que a la hora de vulnerar los derechos de las mujeres, están exactamente del mismo lado.
Y aun así, no pasa nada. O pasa demasiado poco. El escándalo dura unos días y luego el sistema sigue funcionando como si nada hubiera ocurrido. El algoritmo hace su parte. Nos distrae. Llena el debate público de historias absurdas, de polémicas diseñadas para dividirnos, de discusiones virales sobre adolescentes que dicen ser animales. Y, casi sin darnos cuenta, caemos en el juego. Perdemos el foco. Terminamos agotadas discutiendo lo irrelevante mientras las estructuras de poder siguen intactas.
Mientras tanto el feminismo aparece cada vez más fragmentado.
Dividido por generaciones, dividido por corrientes ideológicas, dividido por guerras internas que muchas veces parecen más intensas que la lucha contra el sistema que nos oprime.
Hace unos días publiqué un artículo titulado “No es feminismo”. En él hablaba de cómo el régimen venezolano ha vulnerado sistemáticamente los derechos de las mujeres, de cómo el derecho internacional nos falló, y de cómo muchas voces importantes del feminismo decidieron ignorarlo por razones ideológicas y partidistas.
A partir de ahí comenzaron a llegar mensajes privados a mi cuenta de instagram. Algunos muy violentos y ofensivos, que no vale la pena reproducir. Pero otros venían en un tono distinto: condescendiente. Personas intentando explicarme qué es el feminismo. Recordándome que el feminismo es inherentemente de izquierda y que yo no soy quien para decir qué es o qué no es feminismo, ni quién puede llamarse feminista.
Y es cierto: yo no soy quién para otorgar carnets de feminismo. Nadie lo es. No existe una lista de requisitos para ser feminista. Pero también es cierto que, aunque el feminismo tenga raíces históricas en luchas progresistas y de izquierda, su razón de ser siempre será la defensa de los derechos y las libertades de todas las mujeres, sin importar de dónde sean. además ¿De qué izquierda estamos hablando? ¿De verdad creen que quienes hoy lideran los distintos movimientos de izquierda en el mundo, sostienen valores feministas más allá de la retórica? ¿De verdad ponen los derechos de las mujeres por encima de sus cálculos de poder?
Seamos serias.
La izquierda y la derecha hoy comparten algo peligroso: el extremismo, la lógica binaria, la exigencia de lealtad absoluta. Ambas pueden instrumentalizar a las mujeres cuando conviene. Ambas pueden hablar de nosotras sin necesariamente incluirnos o defendernos.
Y como he dicho un millón de veces, puedes ser feminista y tener una ideología política. Eso no es el problema.
El problema empieza cuando tu ideología política se vuelve más importante que los derechos de las mujeres, porque en ese momento ya no estás actuando en nombre del feminismo. Estás actuando en nombre de tu bando.
Y el feminismo no puede llegar hasta donde llega tu ideología. Porque las ideologías partidistas tienen límites y tienen intereses. El feminismo, en cambio, nació para cuestionar todas esas estructuras, no para arrodillarse ante ellas.
Lo que estamos viviendo hoy no es solo un retroceso externo. También es una crisis interna. Hemos pasado de un movimiento que, aún con enormes diferencias, supo articularse para conquistar derechos históricos, a uno donde cada vez es más común excluir a otras por pensar distinto.
Hablamos de sororidad mientras nos expulsamos, hablamos de libertad mientras intentamos silenciar y hablamos de debate mientras castigamos la discrepancia. En este contexto, el retroceso de derechos se mueve rápido. Organizado con poder político, económico y cultural detrás.
Sería cómodo culpar solo a “los otros”. Pero marzo también debería ser un mes de mea culpa.
¿En qué momento la pureza ideológica empezó a importar más que la estrategia colectiva?
¿En qué momento empezamos a parecernos, peligrosamente, a aquello que criticamos?
El extremismo que hoy define tanto a la izquierda como a la derecha me parece ridículo. Y, además, profundamente inútil. En ninguno de esos extremos veo un pensamiento político que esté poniendo primero, los derechos de las mujeres.
Lo que sí veo es polarización, ruido y violencia discursiva.
Es por eso que mi mayor acto de resistencia hoy es no entrar en esa lógica.
Si no gritar con un extremo me convierte en tibia, entonces me declaro absoluta y orgullosamente tibia.
Porque sostener principios, defender el debate y negarme a responder violencia con más violencia para mi es lo más parecido a la coherencia.
Y eso también va para quienes pretenden dividir el feminismo en bandos irreconciliables. Conmigo no cuenten.
Yo sigo creyendo que el feminismo es, ante todo, una lucha por la vida y la libertad de todas las mujeres. Sin matices partidistas. Sin lealtades ciegas. Sin extremismos que nos debiliten justo cuando más necesitamos fuerza colectiva.
Tal vez este marzo no se trate de repetir consignas, tal vez se trate de recuperar la claridad y de entender que, en tiempos de extremos, sostener la coherencia puede ser el acto más radical de todos.