Por Irene Aguilera Monroy.
Acababa de cumplir 70 años cuando emprendí un viaje internacional. Antes de salir solicité asistencia en el aeropuerto. No porque no pudiera caminar. No porque utilizara bastón. No porque estuviera enferma.
La pedí porque el itinerario implicaba una conexión muy ajustada entre vuelos y sabía que las probabilidades de perder el siguiente avión eran altas. Quería disminuir una fuente de estrés completamente evitable.
Sin embargo, durante el recorrido ocurrió algo que me dejó pensando mucho más que la pérdida de la conexión.
Cada vez que aparecía el servicio de asistencia, alguien me preguntaba por qué lo había solicitado.
—“Pero usted camina perfectamente.”
—“No la veo deteriorada.”
—“¿En qué la podemos ayudar?”
Y el comentario que más me impresionó llegó como un supuesto elogio:
—“Usted no parece de 70.”
Lo que pretendía ser un cumplido terminó revelando un prejuicio.
Porque la frase escondía una premisa inquietante: si no parezco una mujer deteriorada, entonces no debería necesitar ayuda.
Ahí comprendí que el problema no era mi edad.
Era la representación social de la vejez.
La asistencia parecía reservada para quienes exhiben una discapacidad visible. Como si pedir apoyo fuera una confesión de incapacidad y no una decisión inteligente para gestionar un viaje complejo.
Paradójicamente, el objetivo de ese servicio es justamente preservar la autonomía de las personas. Ayudarlas a llegar a tiempo, reducir el desgaste físico y emocional, facilitar desplazamientos que pueden resultar exigentes para cualquiera, especialmente cuando existen largas distancias, cambios de terminal o conexiones ajustadas.
Pero en la práctica descubrí otra cosa.
Descubrí que muchas personas consideran que una mujer sólo “califica” para recibir ayuda cuando el deterioro es evidente.
Como si hubiera que demostrar fragilidad para merecer apoyo.
El costo invisible del “no pareces de tu edad”
Las mujeres conocemos bien este mecanismo. Durante décadas se nos ha premiado por parecer más jóvenes de lo que somos. “No pareces de 50”, “No pareces de 60”, “No pareces de 70”. Son frases que suelen pronunciarse con afecto, pero que contienen un mensaje menos amable: parecer la edad real sería algo negativo.
En mi caso, el comentario tuvo una consecuencia adicional. Invalidó mi necesidad. Si no parecía una mujer de 70, entonces mi solicitud de asistencia resultaba sospechosa. Como si la edad cronológica no existiera. Como si sólo el deterioro visible otorgara permiso para recibir apoyo.
La verdadera autonomía
Existe una enorme diferencia entre dependencia y prevención. Solicitar asistencia no significa renunciar a la autonomía. Muchas veces significa exactamente lo contrario. Es reconocer nuestros límites, administrar nuestra energía, anticipar dificultades y tomar decisiones inteligentes.
La autonomía no consiste en demostrar que podemos hacerlo todo solos. Consiste en elegir los apoyos que necesitamos para seguir haciendo nuestra vida con libertad.
Sin embargo, seguimos atrapados en una mirada binaria sobre la vejez. O eres completamente independiente y no necesitas nada. O estás deteriorada y entonces mereces ayuda. Entre ambos extremos parece no existir espacio.
Una perspectiva de género
Las mujeres mayores cargamos con una exigencia contradictoria. Debemos mantenernos activas, saludables, productivas y “jóvenes”, pero cuando necesitamos apoyo se espera que primero exhibamos signos visibles de deterioro para justificarlo.
Es una forma sutil de edadismo con perspectiva de género. No sólo se juzga nuestra edad. También se evalúa cómo la representamos físicamente. Y si no encajamos en el estereotipo de la vejez frágil, nuestras necesidades pueden dejar de ser escuchadas.
Perdí el avión. Gané una pregunta.
Finalmente perdí la conexión. La asistencia no llegó a tiempo para evitarlo.
Pero el verdadero descubrimiento fue otro.
Comprendí que todavía vivimos en una cultura que entiende la ayuda como una respuesta a la incapacidad y no como una herramienta para sostener la autonomía.
Este episodio no habla solamente de un aeropuerto. Habla de un modelo cultural que sigue asociando el derecho a recibir apoyo con la obligación de parecer vulnerable, especialmente cuando se trata de mujeres mayores.
Y entonces la pregunta deja de ser por qué pedí asistencia. La pregunta que deberíamos hacernos como sociedad es otra:
¿Por qué seguimos asociando el derecho a recibir apoyo con la obligación de parecer vulnerable, especialmente cuando se trata de mujeres mayores?
Tal vez esa sea la conversación que realmente necesitamos abrir.
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Irene Aguilera
Psicóloga, consultora estratégica y coach, con una trayectoria desarrollada en corporaciones multinacionales, agencias de comunicación y proyectos de consultoría en Venezuela y México. Mi experiencia se ha centrado en la planificación estratégica, el comportamiento humano y el desarrollo de oportunidades de crecimiento para personas y organizaciones.
Participo activamente en conferencias, foros y proyectos dedicados a visibilizar el edadismo y promover una nueva mirada sobre la longevidad y la tendencia Silver, contribuyendo a transformar la forma en que la sociedad piensa, siente y conversa sobre el envejecimiento. Esta pasión dio origen a IAMSilver, mi marca y canal de Instagram, un espacio dedicado a celebrar lo plateado, destacar el valor de la experiencia y promover una visión más humana, positiva y contemporánea de esta etapa de la vida. A través de esta plataforma comparto reflexiones, tendencias y conversaciones que invitan a reconocer la longevidad como una oportunidad de crecimiento, contribución y reinvención

