Unos días atrás, antes del terremoto creo, cambió mi vida por completo. Me desperté pensando en el hecho que dentro de unos cuantos años llegaré a los cincuenta, lo que quiere decir — entre otras tantas cosas — que, con buena salud, la línea de mi vida se encuentra ahora muy definida. En otras palabras, tengo por delante la segunda mitad de mi vida, quizás otros cuarenta años más, pero a menos que me convierta en un fenómeno biológico — algo que, con mis hábitos, dudo mucho — mi noción sobre vivir se hace de pronto muy concreta, limitada y restringida. Como si de pronto, un gran letrero luminoso se encendiera en mi mente a una considerable pero perceptible distancia: “El Final”.

Me senté en la cama con un sobresalto considerable. La luz del amanecer se colaba por las ventanas entreabiertas y toda mi habitación tenía un brillo cálido y dorado. Cuarenta años, pensé con cierta sensación de pánico. ¿Apenas cuarenta años? pensé inquieta, mientras me cepillaba los dientes, un poco después. Cuatro décadas. Un tiempo ínfimo en el gran plan de las cosas. Cuatro décadas. ¿Qué ha ocurrido durante todos estos años? ¿Qué he hecho para celebrar mi vida, mi forma de comprender el mundo? ¿He hecho algo realmente valioso como para hacer las paces con este rápido pensamiento de pura finitud?

Durante el día no pensé en otra cosa. Me obsesionó la posibilidad de la muerte — siempre lo hace — pero de pronto, la idea era más real que nunca. Una persistente sensación de vulnerabilidad que me hizo sentir pequeña, frágil, muy cercana al desastre. Lo pienso mientras recorro la ciudad — la más peligrosa del mundo, por cierto — y me desconcierta pensar en la muerte no como un hecho abstracto sino como una idea que me acompaña a todas partes. La vida es una historia que siempre termina mal, decía una de mis tías, profundamente cínica y desencantada de la realidad reconvertida en discurso poético. Recuerdo su frase favorita y ahora, me produce escalofríos. Un leve desasosiego, que no sé muy bien cómo consolar.

Una semana, un cataclismo devastó a mi país y me destrozó en formas que no entiendo del todo. Que todavía no sé muy bien cómo afrontar y mucho menos, manejar. Por supuesto, nunca imaginé que el suelo pudiera enseñarme algo sobre el duelo. Siempre creí que el dolor llegaba con una llamada telefónica en mitad de la madrugada, con el silencio de una habitación vacía o con la noticia de una muerte imposible de aceptar. Pensaba que el duelo era un territorio reservado para quienes perdían a alguien. Me equivocaba.

Hay pérdidas que no tienen un nombre preciso porque no se llevan únicamente a una persona; se llevan la sensación de seguridad, la confianza en el mañana y esa ingenua convicción de que el mundo permanecerá exactamente igual cuando despertemos. El 24 de junio de 2026 comprendí esa diferencia. El terremoto que estremeció buena parte de Venezuela no solo fracturó edificios, carreteras y ciudades. También abrió una grieta invisible en quienes sobrevivimos para contarlo. Desde entonces descubrí que el duelo no comienza únicamente cuando alguien deja de respirar. A veces empieza cuando entendemos que la vida que conocíamos ya no volverá.

Los días posteriores al terremoto estuvieron llenos de un silencio extraño. No era la ausencia de ruido, porque en realidad, jamás me pareció más ruidosa la calle, con mis vecinos volcados en ayudarse entre sí o solo expresar el miedo que nos golpeaba a toda hora. Era otro tipo de silencio, uno que nacía dentro de cada persona. Miraba los rostros de quienes caminaban entre escombros y me daba cuenta de que todos compartíamos la misma expresión: una mezcla imposible de agotamiento, incredulidad y culpa. Culpa por seguir vivos. Culpa por haber llegado unos segundos antes o unos segundos después. Culpa por pensar en comer, dormir o sonreír cuando otros buscaban desesperadamente a quienes amaban. Nunca había entendido que la supervivencia también podía convertirse en una carga emocional. Nadie nos prepara para descubrir que permanecer con vida puede doler tanto como despedirse de alguien.

Durante los días siguientes, intenté convencerme de que debía sentir gratitud. Había conservado mi casa, mi familia estaba a salvo y podía seguir caminando entre calles que, aunque heridas, todavía existían. Sin embargo, la gratitud convivía con una tristeza inmensa que no lograba explicar. Descubrí entonces que el duelo no obedece a una lógica matemática. No disminuye porque alguien haya sufrido más que uno. No desaparece porque existan razones objetivas para sentirse afortunado. El dolor no acepta comparaciones. Cada pérdida encuentra su propia forma de instalarse en el cuerpo. En algunos aparece como insomnio; en otros, como ansiedad, irritabilidad o un cansancio que ningún descanso consigue aliviar. En mí se convirtió en una vigilancia constante. Cada vibración del piso me obligaba a detener la respiración. Cada camión pesado que pasaba frente a mi ventana hacía que mi corazón recordara el movimiento de la tierra. Comprendí que el cuerpo posee una memoria mucho más obstinada que la mente.

Comencé a leer sobre el duelo buscando una respuesta que nadie parecía poder ofrecerme. Descubrí que la psicología habla de etapas, de adaptación, de resiliencia y de reconstrucción. Todas esas palabras eran útiles, pero ninguna alcanzaba a describir la sensación de mirar una ciudad que sigue existiendo mientras una parte de ella ha desaparecido para siempre. Comprendí que el duelo colectivo tiene una naturaleza distinta. No se limita al sufrimiento individual; se alimenta de la memoria compartida. Una calle derrumbada deja de ser únicamente concreto roto. También contiene cumpleaños celebrados, despedidas, besos, discusiones familiares y pequeños momentos cotidianos que jamás volverán a repetirse. Cuando un desastre destruye un lugar, también destruye los recuerdos que vivían en él. Esa es una forma de muerte de la que se habla muy poco, aunque miles de personas la experimenten al mismo tiempo.

Entonces comprendí algo que nunca había querido aceptar: el duelo no consiste únicamente en aprender a vivir sin aquello que perdimos. También implica aceptar que nosotros mismos cambiamos con esa pérdida. Ya no era exactamente la misma persona que despertó la mañana del 24 de junio. Algo en mi manera de entender el tiempo, la fragilidad y la existencia había cambiado para siempre. La tierra dejó de parecerme sólida. El futuro dejó de sentirse garantizado.

Sin embargo, en medio de esa incertidumbre también apareció una certeza inesperada. Mientras observaba a vecinos remover piedras con las manos desnudas para ayudar a desconocidos, vi surgir una forma distinta de esperanza. No era optimismo. Mucho menos ingenuidad. Era la decisión profundamente humana de seguir construyendo incluso cuando todo alrededor parecía recordar que cualquier cosa puede desaparecer en cuestión de segundos. Tal vez esa sea la forma más honesta de enfrentar el duelo: reconocer que nunca dejamos de cargar nuestras pérdidas, pero también descubrir que, aun con ese peso sobre los hombros, seguimos siendo capaces de caminar.

Con el paso de los días dejé de preguntarme cuándo terminaría el duelo. La verdadera pregunta era otra: ¿en qué momento dejaría de reconocerme en él? Existe una idea muy extendida de que el dolor es un visitante temporal, un huésped incómodo que, tarde o temprano, abandona la casa. Yo ya no estoy tan segura. Empiezo a creer que el duelo no se marcha; cambia de forma. Se acomoda en algún rincón de nuestra identidad y aprende a respirar con nosotros. Algunas mañanas apenas susurra. Otras levanta la voz con una fuerza insoportable. Basta un olor, una fotografía, una noticia o un leve movimiento del piso para que todo vuelva. El cuerpo recuerda incluso aquello que la memoria intenta archivar. Hay heridas que cicatrizan sobre la piel y otras que se reconstruyen alrededor del corazón, alterando para siempre la manera en que observamos el mundo.

Pienso mucho en quienes perdieron familiares durante el terremoto. Intento imaginar la violencia de un instante capaz de dividir una vida en dos mitades irreconciliables: antes y después. Ninguna palabra puede reparar ese vacío. Tampoco las promesas de que el tiempo lo cura todo. Nunca me ha gustado esa frase porque convierte el dolor en un problema de calendario. Como si bastara con tachar suficientes días para que el sufrimiento desapareciera. La realidad es mucho más compleja. El duelo no entiende de relojes. Avanza y retrocede. Nos permite respirar durante semanas para luego golpearnos con una intensidad inesperada. Hay personas que lloran inmediatamente. Otras permanecen inmóviles durante meses hasta que, de pronto, una escena cotidiana rompe el muro que habían construido para seguir funcionando. No existe una forma correcta de sufrir. Tampoco una velocidad adecuada para sanar. Cada ser humano encuentra su propio idioma para conversar con la ausencia.

Quizá eso sea lo más difícil de aceptar. Vivimos en una cultura que exige productividad incluso cuando el alma está rota. Nos preguntan cuándo volveremos al trabajo, cuándo dejaremos de llorar, cuándo recuperaremos el entusiasmo. Nadie pregunta cómo se siente una identidad que ha sido atravesada por la pérdida. Nadie parece comprender que el duelo no afecta únicamente las emociones; modifica nuestra percepción del tiempo, del espacio y de nosotros mismos. Después de una tragedia, el futuro deja de ser una promesa y se convierte en una posibilidad incierta. Dejamos de planificar con la misma confianza porque entendemos, de una manera brutal, que todo puede cambiar en cuestión de segundos. Esa conciencia resulta dolorosa, pero también profundamente honesta. Vivimos rodeados de una ilusión de permanencia que el terremoto destruyó sin pedir permiso.

Hubo noches en las que no pude dormir. No porque esperara otra sacudida, sino porque descubrí algo todavía más inquietante: temía acostumbrarme. Me aterraba la posibilidad de que el desastre terminara convertido en una estadística, en un aniversario o en un titular perdido entre otras noticias. Pensaba en las familias que seguirían poniendo un plato menos sobre la mesa, en las habitaciones que permanecerían cerradas para siempre, en los teléfonos donde ya nunca volvería a aparecer el nombre de alguien querido. Comprendí entonces que recordar también es una forma de resistencia. La memoria impide que el dolor sea reducido a números. Cada víctima tuvo una historia, una voz, una colección de sueños incompletos. Cada sobreviviente carga una biografía dividida por el estruendo de aquella mañana. El duelo colectivo comienza precisamente ahí: cuando entendemos que una comunidad entera comparte una misma cicatriz, aunque cada persona la lleve en un lugar distinto.

Hay algo profundamente injusto en sobrevivir. Nunca antes había entendido por qué tantas personas hablan de la culpa del superviviente hasta que empecé a sentirla rozándome los pensamientos. Me preguntaba por qué yo seguía aquí mientras otros habían perdido absolutamente todo. ¿Qué lógica decide quién permanece y quién desaparece? La respuesta, por supuesto, es que no existe ninguna. Los terremotos no distinguen edades, virtudes ni proyectos de vida. La naturaleza carece de intención moral. Somos nosotros quienes intentamos encontrar significado en medio del caos porque aceptar el azar resulta insoportable. Necesitamos creer que existe una explicación capaz de domesticar el horror. Sin embargo, algunas tragedias solo dejan preguntas. Y aprender a vivir con preguntas sin respuesta constituye, quizás, una de las expresiones más difíciles del duelo.

Poco a poco comprendí que sanar no significa olvidar. Tampoco consiste en dejar atrás el dolor como quien abandona un objeto viejo. Sanar es aprender a construir una vida donde la ausencia tenga un lugar sin ocuparlo todo. Es permitir que la tristeza exista sin concederle el gobierno absoluto de nuestros días. Es volver a reír sin sentir que estamos traicionando a quienes ya no pueden hacerlo. Es aceptar que la felicidad y la tristeza pueden convivir en el mismo instante sin anularse mutuamente. Durante mucho tiempo pensé que debía elegir entre recordar o seguir adelante. Ahora sé que ambas cosas pueden ocurrir al mismo tiempo. Recordar también puede ser una forma de avanzar.

Desde el terremoto observo el mundo con otros ojos. La fragilidad dejó de parecerme una debilidad para convertirse en la condición más auténtica de la existencia. Todos habitamos un equilibrio precario que rara vez reconocemos hasta que algo lo rompe. Quizá por eso ahora abrazo más fuerte, llamo con mayor frecuencia a quienes amo y dejo de posponer conversaciones importantes. No porque crea que así venceré a la muerte, sino porque comprendí que la única respuesta posible frente a la incertidumbre consiste en vivir con una intensidad más consciente.

El duelo me enseñó que amar siempre implica aceptar la posibilidad de perder. Y, aun así, sigo creyendo que vale la pena. Porque incluso después de que la tierra tiemble y el miedo encuentre un lugar dentro de nosotros, permanece intacta una decisión profundamente humana: la de seguir amando a pesar de todo. Tal vez esa sea la verdadera reconstrucción. No la de los edificios, que algún día volverán a levantarse, sino la del corazón, que aprende lentamente a sostener el peso de lo que jamás podrá recuperar y, aun así, continúa latiendo.

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Aglaia Berlutti

Autor/a Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento, escritora por obsesión, fotógrafa por pasión, desobediente por afición. Feminista porque no tengo más remedio.

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