En los últimos años hemos celebrado, con razón, el avance de muchas mujeres hacia posiciones de liderazgo. Mujeres que hoy dirigen empresas, influyen en la política, ocupan espacios mediáticos y toman decisiones que antes les estaban vedadas. Sin embargo, este logro colectivo trae consigo una responsabilidad incómoda pero necesaria: revisar los privilegios que algunas adquieren en el camino y la ceguera que a veces los acompaña.

El privilegio no siempre llega envuelto en ostentación. A menudo se manifiesta como acceso, red de contactos, seguridad económica, tiempo, voz amplificada o la posibilidad de equivocarse sin consecuencias devastadoras. El problema surge cuando, una vez alcanzado cierto nivel de poder, se pierde de vista que no todas las mujeres parten del mismo lugar ni enfrentan las mismas barreras.

Esta ceguera ante el privilegio se traduce en frases como “si yo pude, todas pueden”, ignorando contextos marcados por desigualdades estructurales como clase social, raza, ruralidad, maternidad, discapacidad o violencia. También aparece cuando se exige sororidad o solidaridad femenina solo en el discurso, pero no en las decisiones reales de contratación, mentoría o representación.

No se trata de culpar ni de minimizar los esfuerzos individuales. Muchas mujeres en posiciones de poder han trabajado duro, han enfrentado machismo y han roto techos de cristal. Pero el mérito personal no anula el privilegio adquirido, ni exime de la responsabilidad de mirar hacia abajo y hacia los lados.

El verdadero liderazgo femenino no se mide solo por llegar, sino por qué se hace una vez allí. ¿A quiénes se incluye en la conversación? ¿Qué voces se escuchan? ¿Qué oportunidades se abren para otras? Reconocer el propio privilegio no debilita la autoridad; al contrario, la vuelve más ética, más consciente y transformadora.

En sociedades como la nuestra, donde las brechas siguen siendo profundas, el poder femenino tiene la oportunidad de no replicar las mismas lógicas de exclusión que históricamente nos han afectado. La igualdad no se construye solo rompiendo techos, sino también tendiendo puentes.

Si ocupas un espacio de poder, detente un momento y hazte preguntas incómodas. Revisa tus decisiones, tus círculos y tus silencios. Usa tu posición para abrir puertas a las demás, no solo para atravesarlas. Y si aún no estás allí, exige liderazgos femeninos más conscientes, más empáticos y comprometidos con todas las mujeres. El cambio real empieza cuando miramos más allá de nosotras mismas.

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Susana Reina

Autor/a Susana Reina

Psicóloga. Magister en Gerencia de Empresas. Coach Ontológico Empresarial. Especialista en Políticas Públicas con enfoque de Género (UIM-ONU Mujeres) Vicepresidenta de Desarrollo Corporativo Grupo Multinacional de Seguros. Columnista de Efecto Cocuyo. Directora Fundadora de FeminismoINC. Venezolana. Feminista

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