Que una mujer se reconozca feminista me parece importante, sobre todo para tejer redes en el ánimo de construir una sociedad distinta. Pero estimo más valiosas aún, la praxis y la posición que asumimos cotidianamente cada una de nosotras respecto a las prescripciones de género que marcan nuestras vidas. Pienso en particular en las nuevas generaciones de mujeres.

Observo a mi pequeña sobrina que pronto cumplirá dos años, y aunque el mundo al que llega es distinto al de hace medio siglo, todavía estamos en un tiempo histórico que proyecta sobre ella múltiples controles y amenazas. Me refiero en concreto a los riesgos y desventajas que conlleva el formato de feminidad que se le asigna a su cuerpo, a su pequeño cuerpo de mujer. En el imaginario social, la feminidad ha sido y continúa siendo muy vulnerable, frente al rol activo y la agresividad que se legitima para las masculinidades, y que está en la base de la violencia social contra las mujeres (Acosta Reveles, 2026).

Muchas jóvenes se resisten a asumirse como feministas porque el término conserva un estigma; traer el vocablo a colación en las conversaciones sigue generando cierto recelo o es motivo de prejuicios. Claro está, por desconocimiento. Pese a ello, me alegra ver cómo las adolescentes y nuevas adultas se desenvuelven en sus diferentes actividades cada vez más seguras y libres, usufructuando los derechos que se les han prometido, encarnando su dignidad y plenitud humana sin pedir permiso.

Con todo, me interesa insistir en los cuantiosos riesgos e imposiciones que ahora mismo entraña ser mujer, en absolutamente todos los espacios de relacionamiento social. En las familias, los vínculos de pareja, el sistema educativo formal, las calles, los ambientes virtuales, el entorno laboral, deportivo, de negocios, etc.

Que se ha dicho hasta el cansancio es cierto, sin embargo, son cuestiones que se deben polemizar una y otra vez, pues en pleno siglo XXI y en contextos como México, que se presumen democráticos y progresistas, las mujeres permanecemos ajenas a prerrogativas que para los varones son derechos bien asentados. Una serie de privilegios, en realidad, por el hecho de que no aplican a toda la población.

De inicio, las personas de sexo femenino estamos en condición de minoría numérica y con menos voz en los entornos donde se ejerce la autoridad política, económica e intelectual. Nos movilizamos con apego a hábitos sociales que nos ponen en peligro constante, y no por lo que hacemos o somos, sino por lo que representamos. Asimismo, experimentamos discriminaciones y violencias de diferente intensidad por razones de género, y a dónde vayamos el orden cultural sexista no nos favorece.

A base de rutinas continuas de disciplinamiento, las mujeres hemos aprendido que lo mejor es tomar precauciones para resguardar nuestra integridad física, porque en nuestro aprendizaje de la feminidad interiorizamos y encarnamos mandatos añejos que restringen nuestras libertades, y a pesar del progreso en muchos órdenes de la vida, las costumbres de segregación por sexos son persistentes en perjuicio de las mujeres. Por todo lo anterior, debemos escrutar esa normalidad que atraviesa los distintos escenarios que habitamos.

Al interior de los hogares y desde nuestra edad más temprana, niños y niñas nos enteramos que ante la mirada del mundo no somos iguales, y que eventualmente no valemos lo mismo. Y, no tengo reparo en afirmar que las mujeres se nos domestica a través del lenguaje, los juegos y las emociones que modelan de forma diferente cada género. Por ejemplo, cuando se nos imbuye ese sentido de fragilidad o se coarta nuestro desplazamiento por razón de la vestimenta; mediante el imperativo de no levantar la voz y acicalarnos, para ser agradables y bonitas; al entrenarnos para cuidar de los otros con muñecas y pequeños implementos para cocinar. Ese “ser para los otros” del que nos informaba Simone de Beauvoir (1984).

Con base en esos aprendizajes, en vez de sentirnos libres, independientes y osadas, en adelante daremos cada paso con cautela y atentas a los deseos de otros, antes que a los propios. Sabremos que nuestra valía se medirá en relación a nuestra apariencia y al cumplimiento de expectativas de terceros; además, se examinará constantemente, a través de la mirada publica, el ejercicio de nuestra intimidad. Y para que no lo olvidemos, los medios de comunicación nos recordarán sistemáticamente los arquetipos y parámetros de conducta que son aceptables para las mujeres.

Más adelante en nuestras vidas, ya en las relaciones de pareja (por cierto, apuesto que la pareja tradicional es lo menos parejo que existe), lo más probable es que la asimetría hombre-mujer se confirme a través de los roles y las responsabilidades adjudicadas a cada sexo:  servir o proveer, cuidar o ser cuidado, la docilidad o el liderazgo, priorizar lo privado o atender lo público, trabajo invisible y gratuito frente al trabajo reconocido y pagado. La sobrecarga de cuidados gratuitos que se asigna a las personas de sexo femenino, y que por añadidura asumimos como asunto nuestro, también es violencia social. Implica un menosprecio a nuestro tiempo y esfuerzo, subsidia sin recompensa la riqueza nacional, impide generar ingresos propios y no se traduce en un reconocimiento de ciudadanía.

En las escuelas, que deberían ser la mejor oportunidad para la expansión personal y el desarrollo de todas nuestras capacidades, continúa el aleccionamiento de género. En las aulas y patios de recreo se convalida la división de roles entre géneros solo con mirar las zonas de juego o la asignación de tareas distintas para chicas y chicos; aprendemos de la cosificación nuestros cuerpos mediante microagresiones cotidianas, el acoso y a través de la vulneración corporal. Esta última pocas veces sale a la luz pública, pero que estoy convencida de que muchas de nosotras la hemos padecido sin denunciar. También están las bromas y comentarios machistas, risas cómplices ante conductas abusivas, actitudes cotidianas que se minimizan o incluso se solapan. Cuando somos niñas es difícil saber que hacen falta protocolos de sobrevivencia para no ser intimidadas ni tocadas.

La vulnerabilidad suele amplificarse en el espacio vial y los entornos en que circulan personas desconocidas. Salir a la calle en horas inapropiadas, transitar solas por lugares solitarios, vestir de forma inconveniente, beber más alcohol del que está permitido a las damas, no tener recato en el comportamiento… pueden interpretarse como provocación y exponernos a insultos disfrazados de piropos, a miradas lascivas, incluso al contacto físico no consentido. Si nos conducimos en la vía pública con reservas, o incluso con miedo no es gratuito, el temor es justificado cuando se vive en un sistema que acostumbra tolerar las violencias, cuando de mujeres se trata.

Por añadidura, ahora también somos vulnerables a través de una pantalla de celular u ordenador. Porque sí, en el espacio virtual se replican las violencias en forma de ciberacoso, envío de imágenes y mensajes insultantes, la difusión no consentida de imágenes íntimas, o la descalificación y censura hacia las mujeres que escapan a la norma. Afirmar que el ambiente digital se ha convertido un escenario fértil para abusos sexista no es una exageración, existen evidencias de que puede ser la ruta para cometer infracciones de mayor alcance, incluso contra menores.

Las redes sociales son una caja de resonancia más de los parámetros éticos y de valor con los que se conduce una sociedad. Y, la posibilidad atentar contra las mujeres en el anonimato de la virtualidad ofrece más facilidades que hacerlo de frente o a la vista de todos. También en este ámbito, por fortuna, los feminismos han diseñado propuestas que están llegando a las instituciones legislativas y a las políticas públicas para combatir la impunidad.

Las anteriores son solo un puñado razones por las que resulta imperativo revisar y reconfigurar, desde los hogares, los procesos de socialización temprana en torno al género. Todos y todas deberíamos comprometernos en la construcción entornos familiares distintos; en transformar sustancialmente la praxis educativa formal e informal; introducir —mejor que imponer— el trato horizontal y respetuoso en los espacio viales y comunitarios, en el relacionamiento directo y virtual.

Para avanzar en ese camino, claro que necesitamos leyes y políticas públicas con perspectiva de género, con disposiciones capaces de intervenir positivamente en cada uno de los entornos señalados y en muchos otros. Pero, ante todo, es imprescindible adoptar y socializar en el día a día, pautas de interacción social distintas orientadas a un cambio cultural profundo y radical.

El desafío mayor es construir otros modos de relacionarnos, que permitan instalar en la cotidianidad un sentido común distinto al que hoy prevalece, en el cual los sesgos sexistas no gobiernen nuestras reacciones, actitudes y conductas. Esos sesgos que aprehendimos, que nos siguen interpelando y que en cada uno de nosotros y nosotras perviven; no sólo interiorizados, sino literalmente incorporados (hechos cuerpo).

 

Referencias

Acosta-Reveles, Irma Lorena (2026). Componentes de la feminidad que abonan a la violencia social contra las mujeres. Transregiones, Revista de Estudios Sociales y Culturales, 6(12), 95-116. https://doi.org/10.32870/tr.vi12.192

De Beauvoir, Simone (1984). El segundo sexo. Ediciones Siglo XX. https://cursoshistoriavdemexico.files.wordpress.com/2018/09/beauvoir-simone-de-el-segundo-sexo.pdf

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Feminismoinc o de la editora.
Irma Lorena Acosta Reveles

Autor/a Irma Lorena Acosta Reveles

Doctora en Ciencia Política, docente de la Universidad Autónoma de Zacatecas, integrante del Sistema Nacional de Investigadores Nivel II y perfil PRODEP. Especialista en Sociología del Trabajo; Feminismo, Economía Rural y Educación Superior -en lo que concierne a la condición laboral de sus colectivos-. Ha publicado quince capítulos de libros y dieciocho artículos en revistas indexadas.

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