El rol de la mujer en la sociedad ha estado determinado por una construcción de creencias y costumbres que generan obstÔculos para el acceso a oportunidades. La igualdad entre mujeres y hombres es una meta distante, pero no imposible.
El nĆŗmero de mujeres en el mercado laboral se incrementa cada dĆa mĆ”s.Ā En los aƱos 60, sólo 20 % de la población femenina económicamente activa de AmĆ©rica Latina y el Caribe trabajaba o buscaba trabajo; hoy esa cifra alcanza 58 %. Sin duda ha sido un avance, pero los retos persisten.
En la actualidad hay muchĆsimos empleos, pero no se ha logrado salir del prototipo que supere la división sexual del trabajo. La segregación ocupacional destina a las mujeres al empleo en servicios y cuidados; mientras que los hombres obtienen o se reservan los puestos relacionados con poder y toma de decisiones.
Aunque la mujer ha ganado espacio y ha demostrado sus capacidades en el mundo laboral, estÔ presente el techo de cristal «glass ceiling barriers». El término se refiere a barreras invisibles pero eficientes, constituidas por patrones sociales machistas que obstaculizan las oportunidades de las mujeres en todas las esferas de la sociedad, limitando el acceso a cargos gerenciales que representen poder.
Cuando se trata de mujeres y hombres con hijos con menos de 5 aƱos se dispara una brecha, ya que las mujeres dedican el doble de horas no remuneradas a las responsabilidades domƩsticas y de cuidado, aproximadamente 38 horas semanales, mientras que los hombres ocupan 15 horas semanales.
Hay variaciones de un paĆs a otro. Por ejemplo, en Guatemala trabaja y busca empleo un 39 % de las mujeres y en El salvador el 48 %; en PerĆŗ y Uruguay las cifras alcanzan casi un 70 %. Existen, asimismo, diferencias para aquellas mujeres que logran ocupar un puesto de trabajo, las condiciones laborales son precarias y de baja remuneración, tambiĆ©n en su mayorĆa informales.
Pero el sesgo en la remuneración no se limita solamente a reservar mejores empleos o empleos mejor pagados. En el 23% de los casos, en los que los puestos de responsabilidad y de dirección son ocupados por mujeres, éstas reciben en promedio remuneraciones 13% por debajo de sus colegas hombres, por el mismo cargo.
Las desigualdades que enfrentan las mujeres en el mercado laboral van mĆ”s allĆ” de la participación. Incluso teniendo el mismo nivel acadĆ©mico y preparación, las mujeres en la región ganan entre 5 % y 30 % menos que los hombres. Aunque en la actualidad sean mĆ”s las mujeres que se gradĆŗan en carreras tĆ©cnicas y universitarias, los hombres siguen dominando las Ć”reas de trabajo en las que se encuentran los salarios mĆ”s altos, que son los trabajos denominados como CETIN, relacionados con la Ciencia, TecnologĆas, IngenierĆa y MatemĆ”ticas. AllĆ las mujeres representan menos de un tercio (1/3) de los graduados en la región.
En América Latina apenas el 20 % de los cargos de alta gerencia en la administración pública son ocupados por mujeres; y en la empresa privada representan menos del 10 % de las juntas directivas. Aunque la mujer ha ido escalando y ocupando cargos gerenciales, sigue desempeñando el trabajo en el hogar, cocinar, limpiar, cuidar, atender a niñas y niños, ancianos y personas con discapacidad, lo que representa otra jornada laboral. Estos trabajos domésticos afectan el derecho al tiempo libre y crea una desigualdad económica y social importante; asà como la desigualdad en la distribución de roles.
Visibilizar esta situación es muy importante, ya que permite comprender aspectos fundamentales de este fenómeno. En primer lugar, entender que el rol que el sistema económico le asigna a la mujer repercute directa y negativamente en su autonomĆa económica. La economĆa tradicional no visibiliza el trabajo del hogar por no ser remunerado; por lo tanto, no valora la doble o triple jornada que desempeƱan las mujeres.
Por otro lado, cuando la mujer cumple con los estereotipos sociales impuestos, tiene esposo y es madre, ademĆ”s de lograr ocupar altos cargos gerenciales, la sociedad la coloca en una encrucijada; ser ābuena mujerā en su rol de madre-esposa, es decir, dedicarse al trabajo familiar y cuidado del hogar, o ser una mujer autónoma y económicamente productiva, exitosa en el Ć”mbito profesional.
Y es que en el imaginario colectivo machista que predomina en la sociedad, la realización de una mujer se alcanza al ser madre-esposa y esto se nos vende como la Ćŗnica vĆa de la āfelicidadā.



