En dĂas recientes, un futbolista en evidente decadencia profesional decidiĂł reinventarse como gurĂş espiritual de la masculinidad. Como si el machismo necesitara más portavoces, ahora lo visten de autoconocimiento y energĂa divina. Aunque hay mucho que decir sobre lo peligroso de este nuevo empaquetado del patriarcado —que mezcla espiritualidad, misoginia y negocio—, lo más preocupante, lo que de verdad doliĂł, fue leer los comentarios de tantas mujeres aplaudiendo sus palabras.
“No dijo nada violento”, escribĂan muchas. “Solo hablĂł de los roles de toda la vida”, justificaban. “Yo soy feliz siendo ama de casa y que mi esposo sea el proveedor”, afirmaban otras. Y es aquĂ donde hay que hacer una pausa.
Elegir ser ama de casa no es el problema, siempre y cuando sea una decisiĂłn tomada desde la libertad y no desde la imposiciĂłn cultural. Y aĂşn más importante; siempre que ese rol sea reconocido social, econĂłmica y polĂticamente como lo que realmente es: trabajo. Porque cuidar, limpiar, criar y sostener emocionalmente a una familia no es un “instinto natural”, es labor, esfuerzo, tiempo. Y negar su valor es otra forma más de violencia.
Lo verdaderamente preocupante es que estos modelos de vida sean presentados como los Ăşnicos válidos, como verdades universales que deben aplicar a todas las personas, especialmente a las mujeres. Cuando una opciĂłn se impone como norma, ya no hay libertad: hay presiĂłn, control y castigo para quien se atreva a desviarse y como parece que todavĂa hay gente que no entiende el daño que hacen los estereotipos y roles de gĂ©nero, va a tocar explicarlo otra vez.
Los roles de gĂ©nero no son simplemente “modelos de vida”. Son estructuras que han limitado histĂłricamente las posibilidades de millones de personas (hombres y mujeres). Son las reglas no escritas que nos dicen desde pequeñas que debemos ser sumisas, cuidadoras, sensibles, bonitas, calladas. Son las que dictan que los hombres deben ser proveedores, duros, racionales, exitosos, y que no deben llorar. ÂżY quĂ© pasa cuando alguien se sale de ese guiĂłn? Rechazo, burla, violencia.
Y para rematar, ahora nos bombardean con otro elaborado disfraz del machismo: el de las “energĂas con gĂ©nero”. Esa narrativa que nos dice que las mujeres deben cultivar su “energĂa femenina” —sumisa, receptiva, dulce, maternal— mientras los hombres se reconectan con su “energĂa masculina” —firme, protectora, proveedora, lĂder espiritual—. Y claro, todo esto envuelto en frases bonitas, incienso y cuencos tibetanos de soundtrack, sabidurĂa ancestral lista para llevar. Pero no nos confundamos: por más aroma a sándalo que le pongan, sigue siendo el mismo discurso de siempre. Es el machismo de toda la vida, solo que ahora se presenta como “sanaciĂłn”. ¡QuĂ© descaro!
Detrás de cada “las mujeres son asĂ y los hombres son asá”, hay siglos de opresiĂłn, de control, de castigos sociales y fĂsicos. Los estereotipos son herramientas de poder. Son excusas para invisibilizar, para infantilizar, para controlar cuerpos y decisiones. Son el argumento detrás del acoso callejero (“es por cĂłmo se visten”), del techo de cristal (“ellas no aguantan tanta presiĂłn”), de la brecha salarial (“es que ellas tienen hijos”), de la violencia fĂsica y psicolĂłgica (“ella lo provocó”), del feminicidio (“ ella eligiĂł mal”).
Por eso, cuando se denuncia pĂşblicamente este tipo de discursos disfrazados de sabidurĂa espiritual o de “opiniĂłn personal”, no se está atacando la libertad de expresiĂłn. Se está ejerciendo una forma necesaria de prevenciĂłn y contenciĂłn de violencias basadas en gĂ©nero. Porque permitir que estas ideas se normalicen y se reproduzcan sin cuestionamiento es abrir la puerta a la discriminaciĂłn, al silencio forzado, a la violencia.
Claro que me preocupa y me llena de rabia que haya hombres promoviendo este tipo de discursos, pero que a estas alturas, todavĂa queden mujeres que los repitan y los defiendan, es demasiado doloroso. No porque no tengan derecho a opinar, sino porque evidencia hasta quĂ© punto la cultura patriarcal nos ha convencido de que debemos conformarnos con las migajas y agradecerlas. De que la libertad no es para nosotras, sino la obediencia.
Decir que los roles tradicionales “no tienen nada de malo” es ignorar que esos mismos roles han sido usados históricamente para negar derechos, justificar abusos e impedir que las mujeres elijan otros caminos. Cuando la única opción aceptada es una sola, entonces ya no es una opción, es una trampa.
El problema no es que seas ama de casa. El problema es que el mundo te diga que eso es lo que debes ser para sentirte completa. Y que si no lo eres, entonces estás rota, eres egoĂsta, eres menos mujer o estas erradicando la masculinidad — lo que sea que eso signifique —.
Por eso, aunque suene repetitivo, es necesario seguir diciendo que los estereotipos y roles de género más que una forma de violencia, son la estructura que la sostiene.