Por Viviana González.
En Santiago de Chile, a casi cinco mil kilómetros del epicentro de los terremotos que sacudieron Venezuela, un mes después todavía hay réplicas.
Algunas ocurren bajo la tierra. Otras, mucho más lejos.
Durante estas semanas me había inhibido de escribir sobre el terremoto en Venezuela. Pensaba que ese dolor era un dolor ajeno. El dolor de muchas compañeras. No quería apropiarme de una voz que no me correspondía.
No quería transformar la tragedia de otras personas en material para una columna.
Sin embargo, a partir de una de esas conversaciones permanentes que mantenemos las blogueras de Feminismos Inc., hice algo bastante más sencillo que escribir: pregunté.
Le pregunté a una mujer venezolana que atiende un comercio cerca de mi casa qué había ocurrido con su familia. Pareció sorprendida de que alguien se lo preguntara.
Después me contó que su familia había resultado muy perjudicada y que ella y sus hermanas estaban haciendo una nueva colecta. Ya habían reunido dinero una primera vez, pero no alcanzaba. Ahora estaban juntando más y recibiendo también ropa de abrigo.
Todo era necesario para ayudar a sus familiares en la zona del terremoto.
Después hablé con una periodista venezolana que ha trabajado conmigo en varias oportunidades. Me contó que estaban haciendo lo mismo: reuniendo dinero, organizando ayuda, buscando la manera de hacer llegar lo necesario. “ una se sienta culpable” ( de no poder ayudar ). “Esta situación solo afloró lo peor y lo mejor de la humanidad, porque hay un grupo que sí está haciendo de todo para ayudar a revertir esta situación” precisó.
A mayor o menor escala, todas las mujeres venezolanas con las que hablé durante estos días me dijeron algo parecido.
Estaban haciendo colectas, rifas, campañas y recaudaciones solidarias para sus familiares, sus amistades o sus comunidades en Venezuela.
Esta es la cadena de las mujeres. Y no, no estoy diciendo que los hombres no sean solidarios. No estoy afirmando que sean solamente las mujeres quienes se movilizan cuando ocurre una tragedia. Estoy diciendo que la capacidad de las mujeres para organizarse me conmueve cada vez.
Una llama a otra. Una hermana se comunica con la hermana que vive en otra ciudad. Una vecina pregunta qué hace falta. Una amiga presta una cuenta. Otra organiza una rifa. Alguien reúne ropa. Alguien cocina para vender. Alguien publica un mensaje. Alguien conoce a alguien que puede llevar una caja.
Y así comienza a formarse una red. Una red que no siempre aparece en las noticias, que no lleva uniforme ni entrega balances oficiales, pero que mueve dinero, alimentos, ropa, medicinas e información entre países y continentes.
En Chile, Venezuela y las personas venezolanas suelen ser motivo de titulares. Casi nunca positivos. Se habla de migración, delincuencia, fronteras, expulsiones, permisos y crisis. Se habla mucho sobre ellas y ellos, pero bastante menos con ellas y ellos. Me avergüenzo de eso.
Por ello, quizás, aquella mujer se sorprendió cuando le pregunté por su familia.
El Gobierno de Chile expresó su solidaridad y envió ayuda humanitaria y brigadistas especializados. No sé si es suficiente. No me consta.
Lo que quiero contar es algo que ocurre debajo de los grandes anuncios y lejos de las cámaras. Cuando hay una tragedia en cualquier lugar del mundo, las mujeres que están afuera también comienzan a moverse. No pueden detener el temblor. No pueden reconstruir por sí solas las ciudades ni levantar todos los edificios derrumbados. Pero llaman, preguntan, juntan, organizan, convencen, trasladan y sostienen.
A casi cinco mil kilómetros del epicentro, las réplicas continúan.
Algunas réplicas son mujeres organizándose para que otras personas puedan volver a ponerse de pie.
***
Viviana González
Coautora de Meno es +, el podcast y el libro.

