Por Alicia Marín.
El feminismo es hoy uno de los movimientos sociales con mayor capacidad de influencia y, al mismo tiempo, uno de los más estigmatizados en el debate público. No se trata de una percepción subjetiva, sino de un dato medible. El estudio Las mujeres y los hombres, hoy: ¿igualdad o desigualdad? (2023), dirigido por la divulgadora Laura Sagnier con el apoyo de la consultora PRM Market Intelligence, revela que el término “feminismo” genera rechazo en el 42% de las mujeres y en el 62% de los hombres.
La cifra no indica desacuerdo con la igualdad, sino incomodidad ante la palabra que la nombra. Este rechazo explica por qué cualquier ambigüedad en torno al feminismo en el espacio público se convierte en un debate.
Un ejemplo claro es la reciente entrevista de Rosalía en Radio 3 Extra, emitida en el especial Rosalía por Rosalía. La artista afirmó: “Me rodeo de ideas femeninas. No me considero lo suficientemente perfecta como para estar dentro del ismo, pero sí me inspiran”. La frase bastó para detonar una conversación polarizada: ¿distancia estratégica del feminismo o posicionamiento personal?
Por un lado, la polémica evidenció que no es necesario cumplir con un ideal de perfección para defender la igualdad, cuestionando la exigencia de coherencia absoluta que a menudo se impone a las mujeres en el espacio público. Al mismo tiempo, reapareció el debate sobre la necesidad de contar con referentes que se declaren abiertamente feministas, especialmente en un contexto de retroceso de derechos.
Dentro de la trayectoria de Rosalía, esta declaración adquiere una dimensión especial. LUX, su cuarto álbum, se construye sobre genealogías femeninas que atraviesan culturas, épocas y tradiciones espirituales. Figuras como Juana de Arco, Simone Weil o Rabia al-Adawiya no aparecen como referencias decorativas, sino como mujeres que transformaron su tiempo desde espacios históricamente silenciados. Rescatar esas figuras y otorgarles centralidad implica una relectura feminista del pasado, aun cuando no se exprese en términos militantes.
Otros ejemplos en la cultura pop muestran un patrón similar. En 2012, la revista Fucsia recogió declaraciones de artistas como Katy Perry, quien dijo: “No soy feminista, pero creo en la fuerza de las mujeres”, o Taylor Swift, quien entonces explicó que no se identificaba como feminista porque no hacía diferencias de género en su trabajo.
Con el tiempo, algunas de estas figuras han matizado sus declaraciones y mostrado una relación más consciente con el feminismo. Sin embargo, incluso a día de hoy, muchas actrices, escritoras y creadoras de contenido prefieren referirse a “historias humanas” o “temas universales”, evitando una identificación política explícita.
Además, en un ecosistema mediático global, decir “soy feminista” no tiene el mismo impacto en todos los mercados. Para una artista con proyección internacional, como Rosalía, la ambigüedad se convierte en una estrategia de supervivencia: posicionarse implica perder audiencias; no hacerlo, asumir la crítica.
Surge entonces una pregunta clave: ¿dejar de usar la palabra feminismo resuelve realmente la desigualdad de género? En sus conclusiones, Sagnier (2023) señala que “si se quiere acelerar el ritmo al que se van reconociendo las desigualdades, parece que tiene sentido dejar de lado el concepto de ‘feminismo’ y centrar el foco en trabajar para resolver las desigualdades entre mujeres y hombres”.
Sin embargo, esta estrategia esquiva el conflicto real. La desigualdad no es solo un conjunto de comportamientos individuales que pueden corregirse con buenas prácticas, sino una realidad sostenida por estructuras sociales, políticas y culturales que necesita ser nombrada para poder transformarse.
Así, el feminismo se constituye como un marco político que identifica las causas de la desigualdad —relaciones de poder, patriarcado, jerarquías de género— y propone soluciones colectivas para combatirlas. Hablar de igualdad sin nombrar al feminismo despolitiza el problema y lo presenta como una suma de situaciones aisladas, en lugar de un sistema complejo arraigado en la sociedad.
A esta omisión se suma, además, una distorsión semántica que asocia el feminismo con un odio hacia los hombres, dificultando una comprensión realista del movimiento. En este escenario, la etiqueta feminista se convierte en un factor de riesgo reputacional para figuras con alta visibilidad, generando rechazo independientemente de los valores reales que sostienen al movimiento.
Esta tensión se intensifica debido a la expectativa social sobre las figuras públicas. Se espera que eduquen, se posicionen y representen causas colectivas. Sin embargo, la mayoría de las celebridades accede al espacio público con objetivos profesionales —cantar, actuar o crear—, no para ejercer como activista. No existe una obligación formal de asumir un posicionamiento político, pero la visibilidad conlleva un impacto mediático inevitable.
Surge así la paradoja: evitar decir “soy feminista” no contribuye a normalizar el término, pero exigir a las celebridades que actúen como referentes morales incuestionables tampoco ofrece una salida. La exposición mediática no convierte automáticamente a una persona en militante, pero tampoco es inocente: toda palabra —y todo silencio— produce efectos en el debate colectivo.
En consecuencia, la sociedad exige posicionamiento, pero penaliza a quienes lo adoptan. El feminismo corre entonces el riesgo de convertirse en una marca; el empoderamiento pierde su dimensión política y el discurso público se vuelve cauteloso para evitar conflictos.
En este contexto, surge lo que teorías feministas y medios como Las Volcánicas denominan feminismo adyacente: un discurso que celebra a mujeres fuertes, visibles y exitosas, pero evita cuestionar las estructuras de poder, las desigualdades de clase, raza y género, así como las violencias sistémicas que el feminismo identifica y combate. El resultado es un relato seguro, estéticamente potente y políticamente diluido.
Recuperar la dimensión política de la palabra feminismo es esencial para derribar estigmas y garantizar que la igualdad no se limite a un relato simbólico, sino que impulse cambios reales. El desafío no recae únicamente en las decisiones de las artistas, sino en un sistema cultural que premia el empoderamiento desprovisto de política. El feminismo no necesita iconos perfectos, sino discursos que conserven su capacidad transformadora incluso cuando incomodan.
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Alicia Marín
Periodista de investigación y divulgadora feminista.
Formación en comunicación con enfoque de género y violencia contra las mujeres.
Analizando la actualidad y las desigualdades desde una mirada crítica y feminista.

