Por: Rina Díaz.
Hace unos meses, un artículo en Vogue España sugería que “ahora da vergüenza tener novio”. La frase era provocadora, casi irónica. Pero lo que está ocurriendo no es un fenómeno superficial ni una pose generacional. Es un proceso social más profundo: lo que antes era necesidad ahora es elección y eso está cambiando muchas de las coordenadas con las que entendíamos las relaciones.
Durante siglos, la pareja heterosexual simbolizó para muchas mujeres una especie de contrato de supervivencia. No solo afectiva, sino también social, simbólica y económica. Estar acompañada significaba seguridad; la soltería, en cambio, se vivía como amenaza. “¿Y si te quedas sola?” era la pregunta que cerraba tantas conversaciones familiares y decisiones vitales. Permanecer en pareja no siempre respondía al deseo, sino a la necesidad de estabilidad en un mundo que ofrecía pocas alternativas para la autonomía femenina.
Hoy ese mapa empieza a reescribirse. No de manera homogénea ni lineal, pero sí con señales cada vez más visibles de transformación. Recuerdo con claridad un taller de Poder Violeta en el sector La Arenera, en el municipio Baruta de Caracas. Fue uno de esos encuentros donde la reflexión no se queda en la teoría, sino que emerge desde la vida de las mujeres en carne y hueso, desde las preguntas concretas que atraviesan su cotidianidad.
Al final del taller abrimos un espacio de conversación libre. No se trató de debates abstractos sobre amor o autoestima. La pregunta que apareció fue práctica, urgente y profundamente política: ¿Cómo hacer para no depender económicamente de una pareja cuando ya no se quiere seguir en una relación donde el amor se ha agotado o donde incluso hay violencia?
Lo que esas mujeres estaban expresando no era un ideal feminista aprendido en libros. Era una pregunta concreta que conectaba sus relaciones afectivas con sus posibilidades materiales de libertad. No querían estar solas por ideología; querían poder irse cuando la relación les dolía más de lo que las sostenía. Querían que la decisión de quedarse o marcharse fuera realmente una elección y no una imposición silenciosa de la dependencia económica.
En medio de esa conversación surgió una idea que parecía sencilla, pero que contenía toda una política de la vida cotidiana: muchas querían comenzar pequeños emprendimientos, apoyarse entre ellas para generar ingresos y construir autonomía. No estaban pensando en grandes empresas ni en narrativas heroicas sobre el emprendimiento. Estaban imaginando formas posibles de independencia que les permitieran decidir sobre sus propias vidas sin tener que sacrificar su bienestar emocional.
Lo que se escuchó en ese círculo no es una excepción aislada. Refleja una tendencia que atraviesa a muchas mujeres en América Latina. Según un informe reciente sobre emprendimiento femenino difundido por Infobae, el 72 % de las mujeres emprende con el objetivo de generar más ingresos, y un 39 % lo hace específicamente para alcanzar independencia económica y no depender de terceros para sostenerse. Ese dato revela algo fundamental: para muchas mujeres, el emprendimiento ha dejado de ser un pasatiempo o una narrativa inspiracional y se ha convertido en una estrategia concreta de autonomía.
Cuando la estabilidad material deja de estar condicionada por otra persona (usualmente un hombre en relaciones heterosexuales) la lógica del vínculo cambia. La pregunta ya no es quién puede sostenernos, sino quién puede caminar a nuestro lado. La pareja siempre ha de ser un espacio que debe aportar bienestar, acompañamiento y reciprocidad y no una estructura de supervivencia.
En ese contexto, lo que empieza a transformarse no es la capacidad de las mujeres de amar o de vincularse emocionalmente, sino las condiciones bajo las cuales deciden permanecer en una relación. Durante mucho tiempo, muchas mujeres se han enamorado genuinamente, han apostado por construir vida en pareja y han sostenido vínculos desde la afinidad emocional y el deseo de compartir un proyecto común. Sin embargo, también es cierto que, en nombre de ese amor, muchas aprendieron a tolerar dinámicas que las desgastaban, ya fuera por presión social, por miedo a la soltería o por dependencia económica. Lo que empieza a cambiar ahora es el margen de tolerancia frente a esas desigualdades: cada vez más mujeres reconocen que amar no debería implicar quedarse en relaciones que erosionan su bienestar o su autonomía.
El modelo tradicional, donde se supone que él provee y ella sostiene emocionalmente y es responsable de los cuidados empieza a mostrar sus grietas.
Durante mucho tiempo se asumió que el valor de las mujeres estaba ligado a su capacidad de comprender, sostener, cuidar y aguantar. Hoy cada vez más mujeres cuestionan ese guion. No porque rechacen el amor, sino porque ya no están dispuestas a que el amor implique renunciar a su bienestar o a su dignidad.
Este escenario también revela un desfase cultural que a veces se interpreta erróneamente como una guerra entre sexos. Pero lo que estamos viendo no es una confrontación entre hombres y mujeres, sino una diferencia entre las expectativas actuales sobre los vínculos y las formas en que muchos de esos vínculos siguen siendo construidos.
Durante décadas, las mujeres fueron socializadas para gestionar emociones, identificar tensiones en las relaciones, buscar apoyo y trabajar procesos internos y colectivos. Muchas han pasado por espacios terapéuticos, círculos de reflexión o procesos de autoconocimiento que les permitieron nombrar dinámicas que antes permanecían invisibles. Aprendieron a reconocer violencias sutiles, a poner límites y a exigir relaciones más justas.
Muchos hombres, en cambio, fueron educados bajo mandatos distintos. El sistema patriarcal les enseñó a proveer antes que a sentir, a resolver antes que a escuchar, a resistir antes que a vulnerarse. No se trata de una incapacidad individual, sino de una socialización que durante mucho tiempo no les exigió desarrollar herramientas emocionales para construir vínculos más equitativos.
Esa diferencia produce asimetrías que hoy muchas mujeres ya no están dispuestas a sostener. Por eso frases como “prefiero sola que mal acompañada” han dejado de ser un consuelo resignado o un eslogan de autoayuda para convertirse en una declaración de autonomía. Elegir la propia estabilidad emocional por encima de la inercia de una relación, negarse a reproducir dinámicas desiguales y construir redes económicas y afectivas más allá de la pareja tradicional son decisiones que tienen un profundo contenido político.
Trascender la idea de que la soltería es un fracaso no es un capricho posmoderno. Es el resultado de décadas de luchas feministas que ampliaron el horizonte de lo posible para las mujeres. Gracias a esas transformaciones, hoy muchas pueden preguntarse con mayor libertad qué vínculos desean sostener y cuáles ya no están dispuestas a aceptar.
Quizás, entonces, la pregunta no sea por qué hay más mujeres dispuestas a estar solas. Quizás la pregunta sea qué ocurre cuando las mujeres finalmente tienen la posibilidad real de elegir.
Porque no es que ahora dé vergüenza tener pareja, es que ya no estamos dispuestas a sostener vínculos que nos invisibilizan o nos reducen a contratos de necesidad.
Y eso, aunque todavía conviva con muchas desigualdades y resistencias, es sin duda, una gran transformación política.
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Rina Liseth Díaz Sánchez es abogada, coach internacional y activista feminista. Es Directora General de Poder Violeta Venezuela, iniciativa que promueve el liderazgo femenino y la incorporación de la perspectiva de género en la solución de problemáticas sociales. Actualmente cursa el diplomado “Experta Internacional en Violencia Sexual en contextos de paz y conflicto armado” en la Universidad de Andalucía, España. Su trabajo articula incidencia, formación y acción comunitaria con enfoque en derechos humanos y justicia social.

