Sobre autocuidado, libertad y el derecho de las mujeres a no desaparecer.
A Gloria Steinem, quien nos enseñó que las mujeres podemos volvernos más radicales con la edad.
Por Irene Aguilera Monroy.
Hay una idea dentro del feminismo que me interesa discutir, precisamente porque creo profundamente en él. Es la idea de que, para ser una mujer verdaderamente feminista, tendríamos que desmarcarnos de todo aquello que durante siglos se utilizó para someternos: la belleza, el maquillaje, el vestido, el cabello, el cuerpo y hasta el deseo de gustar. Entiendo perfectamente de dónde viene esta postura. Durante demasiado tiempo se nos enseñó que nuestro principal valor estaba en ser bonitas, agradables y deseables; que debíamos responder a una determinada imagen para merecer reconocimiento y que nuestro cuerpo era, de alguna manera, un territorio sobre el que los demás podían opinar, juzgar y decidir.
Pero creo que aquí necesitamos hacer una distinción. Una cosa es rechazar la obligación de ser bella y otra, muy diferente, renunciar al derecho de sentirnos bellas. Una cosa es cuestionar los patrones estéticos que nos han impuesto y otra pensar que, para liberarnos de ellos, tenemos que abandonar nuestra apariencia. El feminismo no debería decirnos cómo tenemos que vernos. Debería defender nuestro derecho a decidir cómo queremos vernos.
Por eso quiero reivindicar el autocuidado como una responsabilidad humana y también política. No como una obligación más que añadir a la interminable lista de cosas que se espera que hagamos las mujeres, sino como una forma de autonomía. Cuidarnos significa reconocer que nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra salud y nuestro bienestar tienen valor. Y eso incluye, naturalmente, los cuidados físicos que nos ayudan a sentirnos bien con la versión de nosotras mismas que queremos habitar. Puede significar cuidar nuestra alimentación, mover el cuerpo, atender nuestra piel, nuestro cabello o nuestros dientes, descansar, hacernos nuestros controles médicos, vestirnos de una manera que nos represente o ir al estilista porque nos gusta salir de allí sintiéndonos bonitas. No hay nada inherentemente antifeminista en ninguna de esas decisiones.
La pregunta importante es otra: ¿para quién lo estamos haciendo?
No es lo mismo maquillarse porque creemos que, sin maquillaje, no valemos lo suficiente, que maquillarse porque disfrutamos del ritual, del color, de la transformación y de la mujer que vemos en el espejo. No es lo mismo teñirse el cabello porque tenemos miedo de que los demás descubran nuestra edad, que teñírselo de rojo, de rubio, de azul o de rosa porque ese color expresa cómo queremos sentirnos. No es lo mismo someter nuestro cuerpo a una vigilancia permanente para responder a un canon que apropiarnos de nuestra imagen y decidir qué queremos hacer con ella.
Ahí es donde, para mí, aparece el verdadero sentido político del autocuidado: en la posibilidad de que la decisión vuelva a estar en nuestras manos.
Las mujeres hemos vivido durante siglos bajo una paradoja cruel. Se nos exigía ser bonitas, pero se nos castigaba por ocupar demasiado espacio en nuestra propia belleza. Teníamos que arreglarnos, pero no demasiado. Ser atractivas, pero no provocadoras. Ser femeninas, pero no presumidas. Mantenernos jóvenes, pero sin parecer obsesionadas con la edad. Y, sobre todo, teníamos que gustar. La belleza funcionaba como una especie de capital social femenino y, al mismo tiempo, como una herramienta de disciplina.
Por eso resulta tan revelador que una de las formas históricas de desacreditar a las feministas haya sido presentarlas como feas. La caricatura de la feminista “bigotuda”, descuidada o poco femenina no era inocente. Había detrás de ella una idea muy poderosa: si una mujer se atreve a cuestionar el orden establecido, podemos descalificarla atacando aquello que supuestamente más debería importarle, su apariencia. Es como decirle: puedes tener ideas, puedes protestar, puedes reclamar derechos, pero si además eres fea, entonces tu rebeldía resulta todavía más ridícula.
Es un mecanismo antiguo y profundamente sexista. Porque presupone que una mujer necesita ser bonita para ser escuchada y que, si deja de serlo, pierde parte de su legitimidad. La respuesta feminista no debería ser demostrar que las feministas también pueden ser bonitas. Debería ser mucho más radical: una mujer no tiene que ser bonita para tener valor, pero tampoco tiene que renunciar a serlo si disfruta siéndolo.
Gloria Steinem entendió muchas de estas contradicciones. Su propia figura pública, una mujer hermosa, exmodelo, empática y carismática, estuvo permanentemente atravesada por la mirada sobre su apariencia, a pesar de que su verdadero trabajo estaba en otro lugar: en las ideas, en el activismo, en la defensa de los derechos de las mujeres y en la transformación cultural. Los medios no sabían cómo encasillar a una mujer activista radical que lucía un aspecto “moderno” y magnético”. Eso es luchar contra estereotipos desde lo más profundo de nuestra psique.
Y quizás por eso me gusta especialmente una frase suya que adquiere una dimensión todavía más interesante cuando pensamos en las mujeres mayores: “Women may be the one group that grows more radical with age.” Las mujeres podemos volvernos más radicales con la edad. Ella mencionaba la idea de un “ejército de mujeres de cabello gris” más apoyando la metáfora que lo físico. De hecho, declaraba que todo lo que las mujeres quisieran hacerse en aras de su autonomía y deseo era necesario lo cual implicaba “salir del closet de la edad” con su correspondiente liberación.
Me gusta pensar que una de las formas de esa radicalidad puede ser aprender finalmente a cuidarnos sin pedir permiso.
Porque el autocuidado no termina en la superficie del cuerpo. Quizás esa sea la parte que más nos interesa como mujeres maduras. Cuidarnos también significa cuidar nuestra vida psicológica. Significa aprender a reconocer cuándo una relación nos hace daño, cuándo una amistad dejó de ser recíproca, cuándo estamos siendo manipuladas, cuándo una persona nos humilla, nos traiciona o nos hace sentir permanentemente insuficientes. Significa dejar de confundir amor con sacrificio permanente y lealtad con tolerancia ilimitada. A veces cuidarse es ponerse una crema; otras veces es bloquear un número de teléfono. A veces es reservar una cita en el salón de belleza; otras, cancelar una relación que se ha convertido en una fuente permanente de sufrimiento.
Y esto también es feminismo.
Durante mucho tiempo a las mujeres se nos educó para cuidar a los demás antes que a nosotras mismas. Aprendimos a detectar las necesidades de todos, a anticiparnos, a sostener emocionalmente a la familia, a comprender, perdonar y dar segundas oportunidades. Muchas mujeres llegamos a una edad avanzada siendo extraordinariamente competentes para cuidar a los demás y bastante menos entrenadas para preguntarnos qué necesitamos nosotras.
Por eso creo que el autocuidado debe ser entendido como una responsabilidad humana y política. Humana, porque tenemos la responsabilidad de preservar nuestra vida, nuestra salud y nuestra dignidad. Política, porque una sociedad que educa a las mujeres para abandonarse en nombre del cuidado de los demás reproduce una forma de desigualdad. Una mujer que aprende a decir “yo también importo” está haciendo algo mucho más profundo que comprarse una crema o ir a la peluquería: está modificando una relación histórica con el propio deseo.
Y aquí aparece otra forma de control que todavía persiste en muchas relaciones. Hay mujeres que han aprendido que arreglarse puede generar problemas. Mujeres a quienes un hombre pregunta para dónde van cuando se ponen un vestido bonito, para quién se maquillaron, por qué se arreglaron tanto o quién las va a ver. Mujeres que terminan sintiendo que ponerse bonitas es una provocación, una amenaza o una invitación a los celos. La investigación sobre control coercitivo reconoce precisamente conductas mediante las cuales una pareja intenta determinar cómo debe vestirse una mujer, cómo puede llevar el cabello o cómo puede presentarse ante los demás.
No se trata de convertir esto en un discurso contra los hombres. Se trata de defender algo mucho más elemental: nadie debería tener que pedir autorización para habitar su propio cuerpo. Una relación sana no debería exigirnos disminuir nuestra apariencia para tranquilizar la inseguridad de otra persona. El amor no debería pedirnos que dejemos de ser visibles.
Y esta cuestión adquiere una dimensión particularmente importante cuando hablamos de mujeres mayores.
Porque hay una edad en la que la sociedad parece retirar silenciosamente el permiso para ser visibles. Después de cierta edad se espera que una mujer deje de preocuparse por su apariencia, que se vista discretamente, que no llame demasiado la atención, que acepte sus canas, sus arrugas, su cuerpo y su ropa como señales de una retirada inevitable. Existe una especie de mandato social según el cual, llegado cierto momento, una mujer debería preguntarse: “¿Para qué me voy a arreglar?”
La pregunta que yo quisiera hacer es exactamente la contraria: ¿por qué habría de dejar de hacerlo?
La investigación sobre envejecimiento femenino ha mostrado cómo las normas de belleza centradas en la juventud pueden producir sentimientos de exclusión y llevar incluso a algunas mujeres a limitar su manera de vestir o de participar socialmente. Pero también hay mujeres que resisten esas normas y encuentran nuevas maneras de relacionarse con su apariencia. Un estudio reciente sobre mujeres de entre 54 y 76 años resulta particularmente interesante porque distingue entre beauty work, el trabajo de belleza orientado a cumplir con un ideal impuesto, y beauty care, el cuidado de la apariencia vivido como una elección propia.
Para mí, esa diferencia lo cambia todo.
No se trata de parecer jóvenes. Se trata de seguir sintiéndonos nuestras.
Tengo 70 años y desde este lugar de la vida puedo decir algo que quizá algunas personas consideren incómodo: yo no quiero desaparecer. No quiero convertirme en una mujer invisible porque mi edad ya no encaja con el imaginario publicitario de la belleza. No quiero que mi edad me quite el derecho a la coquetería, al color, al perfume, al vestido, al deseo o simplemente al placer de mirarme al espejo y gustarme.
Prefiero una mujer de 75 años con el cabello rosa, si así se siente feliz, a una mujer de 75 años que se ha vuelto invisible porque alguien le hizo creer que ya no corresponde arreglarse. El cabello rosa no es el problema. El problema sería que esa mujer sintiera que no tiene derecho a llevarlo.
Y aquí es donde quisiera hacer una defensa apasionada de las mujeres plateadas. Nosotras no tenemos que elegir entre envejecer con dignidad y seguir siendo coquetas. No tenemos que escoger entre aceptar nuestra edad y cuidar nuestra apariencia. No tenemos que demostrar nuestra liberación abandonándonos físicamente. Podemos tener canas y maquillarnos. Podemos tener arrugas y llevar un buen vestido. Podemos tener 70 años y usar tacones o tenis. Podemos dejar nuestro cabello blanco o pintarlo de rosa. Podemos querer adelgazar o aprender a amar nuestro cuerpo tal como es. Podemos cambiar de opinión. Podemos probar una nueva imagen. Podemos seguir experimentando con nosotras mismas.
La edad no debería convertirnos en una versión disminuida de quienes fuimos.
Quizás una de las formas más hermosas de envejecer sea precisamente seguir teniendo curiosidad por nuestra propia imagen, seguir preguntándonos quién somos ahora y cómo queremos expresarlo. Porque nuestro cuerpo cambia, pero nuestra capacidad de desear no tiene por qué desaparecer. Y nuestra necesidad de reconocimiento tampoco. Somos seres sociales: necesitamos sentirnos vistos, pero también necesitamos aprender a vernos nosotras mismas con una mirada menos cruel.
Por eso me gustaría que ninguna mujer terminara de leer este texto sintiendo que debe ir inmediatamente al estilista. No quiero sustituir un mandato por otro. No quiero que el autocuidado se convierta en una nueva obligación. Si una mujer es feliz con el cabello al viento, la cara lavada y unos pantalones cómodos, maravilloso. También eso puede ser autocuidado. Además, podemos tener muchas versiones de nosotras, pero nunca perder la libertad de vernos como deseamos.
Lo que quiero defender es algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: que la decisión sea nuestra.
Que ninguna mujer deje de arreglarse por miedo a que la llamen superficial.
Tengo amigas muy “revolucionarias “que cuando se arreglan el cabello se justifican, con cierto discurso culposo: “bueno…, es que estaba horrible, no voy nunca, pero tuve que ir” …
¡Que ninguna mujer se arregle obligada por miedo a dejar de ser deseable!
Que ninguna mujer mayor crea que ya es demasiado vieja para ponerse bonita. Que ninguna mujer sienta culpa por disfrutar de su cuerpo, de su ropa, de su cabello o de su imagen. Y que ninguna mujer tolere que otra persona le haga sentir que cuidarse es una traición a sus principios feministas.
Gloria Steinem habló también de radical self-care, del autocuidado radical, de la necesidad de aprender a tratarnos tan bien como tratamos a los demás. Me parece una idea especialmente poderosa para las mujeres que hemos pasado buena parte de nuestra vida cuidando.
Quizás ha llegado el momento de incluirnos en la lista.
Cuidarnos no significa convertirnos en el centro del universo. Significa reconocer que también somos parte del universo que cuidamos.
Cuidar nuestro cuerpo es decir que nuestra vida importa. Cuidar nuestra salud mental es decir que nuestra paz importa. Alejarnos de quien nos destruye es decir que nuestra dignidad importa. Arreglarnos porque nos gusta cómo nos vemos es decir que nuestro placer también importa.
Y una mujer mayor que sigue cuidándose, vistiéndose, pintándose, amándose y ocupando espacio está diciendo algo todavía más radical: todavía estoy aquí.
No me he retirado de la vida. No me he vuelto invisible. No he entregado mi cuerpo a la “edad”. Obviamente me veo diferente, pero hay que hacer el ejercicio permanente de aceptar y amar los cambios.
Cuando veo mis fotografías me pregunto: ¿Quién es esta señora?
Pero, sigo siendo yo.
Quizás ese sea, después de todo, uno de los actos feministas más íntimos que podemos hacer por nosotras mismas: no abandonarnos.
No abandonar nuestro cuerpo. No abandonar nuestra salud. No abandonar nuestra vida emocional. No abandonar nuestra curiosidad. No abandonar nuestra sensualidad. No abandonar nuestra alegría.
Y mañana, cuando te mires al espejo, si te dan ganas de “ponerte bonita”, hazlo.
Ve al estilista. Píntate los labios. Ponte ese vestido. Acomódate el pelo. Déjate las canas o cámbialas de color. Ponte perfume. Ponte unos aretes maravillosos.
O no hagas absolutamente nada de eso.
Pero que la decisión sea tuya.
Porque el feminismo no vino a quitarnos el espejo. Vino a quitarnos la obligación de mirarnos a través de los ojos de los demás.
Y quizá, después de toda una vida aprendiendo a cuidar a otros, haya llegado finalmente el momento de mirarnos con ternura y decirnos:
Estoy aquí.
Todavía me gusto.
Todavía me cuido.
Todavía me deseo una buena vida.
Y no pienso desaparecer.

