Por Diana Merchán Pérez-Perazzo.

La democracia se sostiene sobre el debate público: la confrontación de ideas, la revisión de decisiones y la evaluación de estrategias. Ese es el terreno legítimo de la política. Sin embargo, cuando la crítica abandona ese espacio y se convierte en agresión personal, lo que emerge no es una discusión democrática, sino la persistencia del machismo como mecanismo de control.

La reciente descalificación dirigida a Dinorah Figuera, Presidenta de la Asamblea Nacional de 2015, a quien se le llamó «meretriz», no es un hecho aislado. Es la expresión de una violencia política de género que busca reducir a las mujeres a estereotipos, negarles legitimidad y expulsarlas simbólicamente de los espacios de decisión. Ese ataque no solo pretendió herir a una dirigente; pretendió recordarnos a todas que nuestra presencia incomoda.

Lo sé porque lo he vivido. Las mujeres en política rara vez somos cuestionadas por nuestras ideas. Se nos cuestiona por existir en un espacio históricamente reservado para otros. Se nos exige demostrar nuestra capacidad una y otra vez, superar estándares que jamás se aplican a los hombres, justificar nuestra presencia incluso cuando ya hemos demostrado con trabajo, formación y compromiso que pertenecemos a estos espacios.

Pero estamos aquí. Y no estamos por casualidad. Estamos porque hemos cargado sobre nuestros hombros el peso de una crisis que ha golpeado con especial dureza a quienes cuidan, organizan y sostienen. En cada comunidad del país, las mujeres han sido la primera línea de respuesta frente al colapso institucional: buscando agua, medicinas, alimentos; acompañando a quienes sufren; articulando redes de apoyo donde el Estado dejó vacíos. Y, además, no hemos desmayado en levantar la voz por los presos políticos, en exigir su libertad y en denunciar cada injusticia que pretende silenciar a quienes luchan por un país democrático. Ese trabajo, silencioso y decisivo, no lo borra ningún insulto.

Por eso es necesario afirmar algo con claridad política: entre las mujeres no hay competencia desleal; hay compromiso democrático. Podemos disentir en estrategias, podemos debatir con firmeza, podemos tener visiones distintas sobre el camino a seguir. Pero ninguna diferencia justifica que se normalice la violencia verbal, la misoginia o la descalificación como herramientas de debate. Defender la democracia implica también defender la dignidad de quienes participan en ella.

A quienes intentan sacarnos del espacio público mediante agresiones, les respondemos con hechos: seguimos trabajando, seguimos construyendo, seguimos liderando. Cada ataque confirma la urgencia de nuestra lucha y fortalece nuestra convicción. No nos intimidan; nos recuerdan por qué estamos aquí y por quiénes seguimos adelante.

Nosotras no nos vamos. Nosotras no nos callamos. Nosotras vamos a transformar la política.

Las mujeres políticas en Venezuela llegamos, estamos, no nos vamos y no nos callamos.

Porque cuando las mujeres hacemos política, incomodamos. Y cuando incomodamos, transformamos la política desde la raíz.

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Diana Merchán Pérez-Perazzo
Dirigente política y defensora de derechos humanos centrada en el liderazgo femenino y la equidad. Desde el exilio, impulsa agendas políticas por el rescate democrático y la inclusión de las mujeres en espacios de decisión. Feminista con una firme vocación de transformación social.
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