Estamos a pocos días del mes de noviembre, de las fiestas decembrinas de navidad y fin de año, que suele ser una época de compras para regalos, estrenos, juguetes, y en el plano económico, uno de los sectores de mayor auge es el textil. Pero ¿Qué tipo ropa compramos? ¿Cuánta ropa compramos anualmente? ¿Qué le enseñamos al comprar ropa a nuestras hijas e hijos? Porque las normas de género presionan a las niñas, mujeres jóvenes y mayores a centrarse en la apariencia, la moda y la belleza, y por lo tanto, a consumir en exceso, impactando en el comportamiento de las mayores consumidoras compulsivas de la moda, que es una forma de expresar riqueza, posición social e identidad individual, la vestimenta indica su estatus social.
La industria de la moda contemporánea constituye uno de los engranajes más voraces del capital global, lejos de ser un ámbito neutro dedicado únicamente a la estética o la funcionalidad, el sistema textil acelerado, también conocido como fast fashion o moda rápida, opera mediante la articulación de dos dinámicas estructurantes, como es la explotación laboral intensiva en el Sur Global, sosteniendo una división sexual e internacional del trabajo manifiestamente feminizada, y la depredación sistemática de los bienes comunes de la naturaleza (Herrero, 2019; Svampa, 2019). Frente a este escenario, la moda sostenible surge no solo como una alternativa de consumo responsable, sino como un campo de disputa político y ético que exige ser analizado desde una epistemología feminista crítica.
El modelo de producción de la moda rápida se cimenta sobre la precarización de millones de trabajadoras, según datos de la Clean Clothes Campaign (2020). Más del 80% de la fuerza laboral en la confección textil a nivel mundial son mujeres, concentradas predominantemente en países del Sur Global como Bangladesh, Camboya, India y zonas francas de América Latina. Precisamente esta feminización de la mano de obra no es casual; responde a la instrumentalización patriarcal de roles de género que naturalizan la docilidad, la minuciosidad del cuidado y la aceptación de salarios de subsistencia bajo la premisa del «ingreso complementario» (Federici, 2013; Mies, 2019).
La moda rápida de bajo costo, está evolucionando como ultrarrápida, teniendo un impacto a nivel ambiental con la contaminación, emisiones de gases, residuos textiles, la producción de ropa en masa, la compra constante dejando montañas de ropas desechadas, pero también tiene un impacto social, evidentemente para realizar una prenda de ropa a bajo costo se explota laboralmente a otras personas, incluyendo niños, niñas, mujeres, que trabajan horas en condiciones extremas para fabricar la ropa a bajo costo, situación que nos debe llevar a reflexionar hasta qué punto estamos frente a la trata de personas, mientras otras personas compran la ropa impulsivamente sin importarles la explotación a la que se encuentran expuestas las mismas.
Comprender que somos corresponsables de lo que compramos, con nuestro dinero podemos llegar a mantener y reproducir industrias de explotación de personas, por ello es importante una moda sostenible en la que se respete la dignidad humana, no podemos seguir naturalizando y convalidando con nuestra compra la explotación.
Las condiciones de trabajo en los talleres de confección abarcan jornadas extenuantes, ausencia de libertad sindical, exposición a químicos nocivos para la salud y situaciones reiteradas de acoso y violencias sexuales. El colapso del edificio Rana Plaza en Bangladesh en 2013, donde murieron más de 1.100 personas, en su gran mayoría mujeres jóvenes, evidenció de forma trágica la jerarquía de vidas desechables sobre la que se erige la acumulación del capital textil (Bair et al., 2017).
A la par de esta injusticia social, la industria textil representa la segunda más contaminante del planeta, por abarcar el uso intensivo de pesticidas en los monocultivos de algodón sintético hasta el vertido de micro plásticos y tintes tóxicos en fuentes hídricas comunales, la producción desmedida destruye los territorios que sustentan la vida, por ello desde el ecofeminismo se señala que la lógica que explota los cuerpos de las mujeres es idéntica a la que expolia los ecosistemas: una racionalidad androcéntrica y biocida que antepone la ganancia privada a la sostenibilidad de la vida (Puleo, 2019; Shiva, 2016).
El análisis feminista de la moda debe atender, asimismo, a su dimensión simbólica, porque la moda rápida no solo produce indumentaria deshechable; produce identidades, subjetividades y mandatos corporales, la aceleración de los ciclos de consumo impone la obsolescencia programada no solo de la ropa, sino de la propia apariencia (Sassatelli, 2012).
Este engranaje se articula con la tiranía de la belleza normativa, la industria textil perpetúa estándares corporales homogeneizantes, eurocéntricos y gordofóbicos que disciplinan los cuerpos femeninos, generando insatisfacción crónica e hiperconsumo como mecanismos de validación y aceptación social (Wolf, 2020). Es así como la prenda de vestir deja de ser una herramienta de cobijo y expresión para convertirse en una tecnología de control patriarcal que evalúa a las mujeres en función de su adaptabilidad a la tendencia del momento.
Frente a la crisis socio ecológica del sector, el mercado ha respondido mediante estrategias de greenwashing y femwashing, en las que corporaciones transnacionales lanzan líneas «conscientes» o «ecológicas» mientras mantienen intactas las estructuras de explotación en sus cadenas de suministro y promueven volúmenes de producción incompatibles con los límites planetarios (Kaufman, 2021).
Una verdadera moda sostenible articulada desde el feminismo no puede limitarse al consumo individual ni a la adquisición de prendas «éticas» de alto costo accesibles solo para elites urbanas, por ello, reducir la sostenibilidad a una elección de mercado reproduce lógicas de clase y elude la responsabilidad colectiva de la sociedad.
Pensar la indumentaria desde una ética ecofeminista del cuidado implica reconfigurar nuestra relación con los objetos y los bienes comunes (Puleo, 2019), al politizar el acto de vestir, se entiende que cada prenda lleva inscrita la carga de trabajo humano y los recursos ecológicos empleados en su elaboración. Valorar los saberes tradicionales y locales, reivindicando las prácticas de confección, reparación, intercambio y reciclaje textil históricamente sostenidas por redes de mujeres y comunidades indígenas como actos de resistencia frente a la estandarización mercantil (Shiva, 2016).
Exigir justicia laboral y ambiental, demandando marcos regulatorios que garanticen salarios dignos para todas las personas, condiciones de trabajo seguras y el cese de la contaminación territorial por parte de las transnacionales. Así como desmantelar los mandatos estéticos, transitando hacia una relación con la ropa basada en la comodidad, el afecto, la durabilidad y la autodesignación corporal, fuera de los dictados del mercado o la estética normativa.
Finalmente, la moda sostenible reconcebida desde la teoría y la praxis feminista, se transforma en un vector de emancipación, autonomía e independencia de las mujeres, vestir con sentido político significa habitar el cuerpo sin presiones ni la tiranía de la norma y exigir un sistema socioeconómico que ponga la dignidad humana, el cuidado de la vida y el planeta en el centro del desarrollo.
Referencias bibliográficas
Bair, J., Miller, D., & Dickson, M. A. (Eds.). (2017). Workers’ rights and labor compliance in global supply chains: Is a social label the answer? Routledge.
Clean Clothes Campaign. (2020). Fashioning a just recovery: How the fashion industry must change after COVID-19. Clean Clothes Campaign. https://cleanclothes.org
Federici, S. (2013). Revolución en punto cero: Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Traficantes de Sueños.
Herrero, Y. (2019). Sujetos arraigados en la tierra y en los cuerpos: Hacia una antropología ecofeminista. Revista de Economía Crítica, (27), 59–75.
Kaufman, L. (2021). Greenwashing and the limits of corporate social responsibility in the global apparel industry. Environmental Politics, 30(4), 512–531.
Mies, M. (2019). Patriarcado y acumulación a escala mundial (2.ª ed.). Traficantes de Sueños.
Puleo, A. H. (2019). Claves ecofeministas: Para rebeldes que aman a la Tierra y a la vida. Cátedra.
Sassatelli, R. (2012). Consumo, cultura y sociedad. Amorrortu Editores.
Shiva, V. (2016). Las guerras del agua: Privatización, contaminación y lucro (2.ª ed.). Siglo XXI Editores.
Svampa, M. (2019). Las fronteras del neoextractivismo en América Latina: Conflictos socioambientales, giro ecoterritorial y nuevas dependencias. Calas.
Wolf, N. (2020). El mito de la belleza: Cómo las imágenes de belleza se utilizan contra las mujeres (3.ª ed.). Editorial Planeta.

